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Bienvenidos a la historia del espía

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Por Pepe Liboy

Publicado: miércoles, 9 de mayo de 2018

El escritor pensó en un cuento nuevo. Ya nada se le daba. No podía narrar nada, no tenía una noción clara de las cosas. Su madre le pedía que escribiera cuentos para niños, pero ni modo. Tampoco iba a los recitales de poesía. Se le perdían los detalles de los sitios, San Juan ya no tenía sentido. Había tratado de sostenerse económicamente vendiendo calendarios, pero pronto ya nadie le quiso comprar calendarios. Ya no tenía dinero para nada, ni para cigarrillos. Bueno, anteriormente había estado así, antes de que naciera su hijo. Vivía en un apartamento en aquel entonces. Todavía podía escribir algunos cuentos, pero pronto la gente se fue alejando de su persona. Así que no había nada. La nada. Entonces, nada. Ni la muerte ni el desprecio. Claro, que pensó en un nuevo tipo de historia. Historias de su abuela, ¿qué tal? Historias sobre su padre. Bueno, en fín, nada. Tantos detalles no convienen. Tantos perros, tantos muebles. Uno monólogo quizás, ¿quién querría representarlo? Entonces, como es natural, se viró sobre la cama.

Sí, pensar en la cama. Por la mañana, su hermano salió a comprarse una crema. Unos tabaquitos, los Don Bienve, era su ilusión en aquel momento de su vida. De una época en la que los tabacos eran más baratos. Pero salido al revés. No pensando en ello. Moviéndose acaso, un poco a la derecha. Te voy a tirar una foto, y ya eso sería todo. Lo importante era tomar nota de estas cosas. ¿Quién le escribía en aquel entonces? Una poeta, un actor. Ellos le mandaban mensajes. El escritor imaginaba, por su lado, que el actor no era el actor ni la poeta la poeta. “Estos cuentos no convienen”, se dijo. “Nadie tiene interés en lo que escribo, nadie se fija”. Pero no era tan grave en el fondo. Terminar un cuento como este sería un reto. Pues no se llegaba a ninguna parte. Lo otros cuentos eran viñetas. Pequeñas imágenes religiosas.

Entonces empieza el cuento. Ohh... Es como una montaña lo que se acerca. Ahí viene. Nota ese detalle. ¿Qué haremos cuendo venga el cuento? ¿Qué haremos cuando todo termine? Cuando se pueda decir: el autor, el autor terminó una historia. Y es cierto que así vienen muchos. No es nada grave. El cuento está saliendo como un recien nacido. Primero, la cabeza. Asoma la cabeza. Se puede ver el pelo mojado. El color gris ceniza, pues aún no respira por su cuenta. En el seno de su madre, ¿qué tánto lo esperó? El cuento viene así. Bueno, eso dicen los cuentistas. No se puede ser tan crítico. No se puede esperar interminablemente. Hay que pasar esa selva tupida de palabras preliminares. Alguna historia tienes que contar. Algo se te tiene que ocurrir. Algo tiene que haber pasado. Siempre pasa algo.

Digamos que se te ocurre la historia de Nayda. Se trata, por supuesto, de una niña que estudió en una escuela de espías industriales. ¿Cómo la vamos a hacer? Pues todo comienza brevemente. Una muchacha retardada mental. Eso es lo primero. Descubre que la ex mujer del escritor le escribe mensajes a su nuevo novio, que le contesta con una dirección de e-mail que da la impresión de que es el escritor, y no el nuevo novio, quien le contesta. Así empezó el cuento de Nayda más o menos, y todavía no lo ha terminado. Porque le faltan detalles, porque la historia no es verosímil.

Pero ya siente pereza el escritor. Ya no quiere narrar los detalles. Ya no le interesa la historia, ni el suspenso. No es exactamente pereza. Es falta de interés. ¿Cómo esperas que se interesen en tus historias si tú mismo no tienes interés en ellas? Se pregunta esas cosas, y otras, esa mañana en que su hermano ha salido a comprarse una crema en la panadería. Y pensando en el pan caliente, todo lo ha olvidado. Mañana quizás. Puede ser que mañana quiera seguir. Hoy no. El tabaquito Don Bienve, eso es todo. Sí, puede ser que mañana quiera seguir. Olvídate de todos esos profesores que no te otorgaron el título para que dieras clases, olvídate de todo lo que te pasó cuando eras estudiante. Mejor déjalo todo olvidado. Déjalo todo abandonado.

Sin embargo, el cuento quiere ser. Algo marcha bien. Pues, bien. Seguir con la historia de Nayda. Juan Carlos te decía que era espía, cuando vendías stereos en la juventud. No pensabas que te gustaría la literatura. Bueno, porque no te habían sacado de todas partes. Entonces, la literatura es un consuelo. Pero, ¿qué hay de Nayda? La poeta te pregunta mucho de ella. Todo el mundo, dos personas, quiero decir, se interesan por la historia. Dices que es espía industrial. Pistas que te han llegado a la casa. Que vino a verte una niña con retraso mental que usaba su nombre. Familias la habían llevado al notario para que usara ese nombre cuando estaba contigo en el apartamento. Y es ridícula esa idea de tener un apartamento cuando los padres de uno están tan cerca. Idea de mujeres, y uno las deja hacerlo. En una isla tan pequeña, quiero decir. Y se te ocurre decir que Nayda es espía. Ahora bien, ¿por qué se te ocurre esa idea? Es el bebé de cuento que nace, uno sencillamente no controla el azar, pues la historia no tiene por qué tener sentido. ?

La muchacha retardada que vino a verte no se parecía a la muchacha Nayda que estudió contigo en la Universidad, cuando tu compañero te decía que ella era espía. O por lo menos, que se fijaba en los demás. No tienes por qué ser tan dramático. Bueno, es la historia de la espía industrial. Bienvenidos a la historia de la Espía Industrial. No haremos otra. Esa es la que vamos a terminar. Pero, ¿por qué no la terminas? Bienvenidos, bienvenidos, pasen todos. ¿Qué es lo que pasó?

Llegó a la casa del escritor una niña con retraso mental. Usaba el nombre de una antigua compañera de estudios del escritor, en aquella época en que todavía era joven y vendía stereos. En una época buena. La actual no tan buena. No ha dinero, no hay nada. Y llega a su casa esa muchacha con el nombre de la otra. Bueno, eso es lo que le ha dado motivo al escritor para pensar que Nayda es espía. Se le injerta en el medio una explicación.

¿Por qué piensas que Nayda es espía? Es un incidente de tu vida, de cuando eras estudiante, que una muchacha estuvo contigo para desarrollar una cepa de células madres. Las células madres tienen una peculiaridad. No son como los embriones. Si una mujer da a luz un embrión, el nene se parece a la mujer que lo otorga, pero con las células madres no es así. Sucede lo contrario. El nene se parece a la mujer que recibe la cepa, es decir, que pasa lo contrario. Este incidente, justamente, es el que te hace pensar que Nayda estaba detrás de un hijo tuyo. Ya queno quiso alumbrar la cepa. Esperaba alumbrar un embrión.

Cuando la nene retardada llega a la casa del escritor, piensa que Nayda toma represalias. Ya que si le entrega la cepa a la nena retardada, va a nacer un nene retardado con la cepa de la donante. Y fundamentalmente, esa es la historia de la espía. Ya ha tenido el escritor que dar algunas explicaciones de orden técnico, ya ha tenido que explicar algunas cosas, cuando en los cuentos, por lo general, se sugiere todo. Pero le sucede eso. Tiene que dar explicaciones todo el tiempo, tiene que sentarse a enseñar biología.

Y no es que esté mal, realmente mal. La historia de Nayda no termina. Todo sucedió azarosamente. La nena con retraso sabía que la donante, la esposa del escritor, ya no estaba con él. Pero se consolaba recibiendo por e-mail mensajes de un nuevo novio que tenía una dirección con el nombre del escritor. La nena retardada espiaba la cuenta de la ex mujer. Pensaba que el escritor todavía le escribía. Ello le dio dolor al escritor, que no tenía computadora. Y así empieza la historia con la nena retardada. No sabía qué hacer con ella.

Aunque nuestros padres viven cerca de nosotros, y no tiene sentido tener un apartamento. Aunque si tenemos un apartamento, vienen nuestros padres a averiguar cómo nos va, el pueblo le había conseguido el apartamento a la nena. Forzoso para el escritor cuidarla, otorgarle la cepa incluso, aunque la pierda. Pero afortunadamente, la nena no quería ser madre. De aquella época en la que fue vendedor de stereos, le quedaba una amiga. Una amiga de Carolina.

La amiga de Carolina era una muchacha que usaba el nombre de la donante. Cuando vio que habían dejado al escritor con una nena retardada que no deseaba ser madre, la amiga de Carolina se ofreció a ser la madre de la cepa. Entonces, como es natural, no perdería el trabajo que había hecho con la donante cuando era estudiante. Pero, ¿quién era Nayda? El escritor no sabía.

Y ahí viene el cuento. Es un nene, es un nene. La amiga de Carolina lo ha cargada nueve meses. Son las etapas finales del trabajo. Primero se asoma la cabeza y puede ver el pelo. Puede ver el color gris ceniza de la piel, ya que no respira aún. El escritor reflexiona. La extraordinaria generosidad de esa amiga que le ha ofrecido ser la madre de su hijo. ¿Qué harán con el nene luego? El escritor ya no piensa en eso. El nene viene en camino. Todo ha terminado. Un leve dolor de cabeza, pues no sabe quién es Nayda. Aparentemente, habría sido la madre si su esposa hubiera donado un ser completo. Pero una cepa no. Ser en parte la madre del nene, no. Eso lo ha hecho la amiga. Y puede ver a su amiga cuando lo alumbra. Relámpagos a lo lejos. Todo ha terminado.

 

II

No he terminado la historia de la espía. Un día, un sólo día, y casi un sueño. Nayda está en una casa de Isabela en donde guardo algunos muebles una colección de tocadiscos. Ya el nene ha nacido. Nayda administra la propiedad, que no es mía. Nuestra relación es distante. Nayda es como una casera, lo que es raro. Tu alma en tu almario. Nadie se imagina que ahora todo esto es un sueño. Tan distante la persona, que ya no tiene una realidad corpórea. Pero seguimos adelante. Quieres contar un cuento largo y necesitas seguir. ¿Cómo seguir? Te preguntas eso, pues no tienes más nada qué hacer. Ya no se te ocurre nada. La descripción de un paisaje te cansaría. Insertar ahí el nombre: Nayda. Como en un formulario. Pues, no tiene sentido, ya todo esto lo has hecho, lo has vivido. Le digo a Nayda que me voy a llevar los tocadiscos para San Juan. Ella, por otro lado, no tiene nada que ver conmigo ya. Su presencia animal no me dice nada. Así tendría que terminar todo. 

Varios sueños se suceden. Un agricultor quisiera ser cazador. Persigue una presa y los ganaderos lo detienen. Otro. En la Universidad, siempre ahí. Ya casi ni lo recuerdo. Pero trata de máquinas. Los recuerdos de los sueños. Y casi no hay nadie en ninguna parte. Cuando dicen “action writing” es que no hay nada qué decir seguramente. MI amigo fue así. Se fue un día. Ya no había más nada qué decir. Nada qué hacer. Si recordaba un cuento, se iba para su casa o se mudaba lejos. Me escribía desde allá porque había fundado una casa editorial. Poco a poco no tenía nada qué hacer, ni qué decir. A mi hermano le recetaron un glucómetro. Había que aprender a usarlo. Cuando yo trataba de escribir una historia como antes, no tenía nada en la cabeza y ya me iba para mi casa. Lo fuí terminando así. No pensaba nada, no se me ocurría nada. No había nigún argumento al que yo pudiera hechar mano. Ayudé a mi amigo con un argumento. Todavía la embriología era un tema de interés, y se lo dije. Pero a poco no había nada qué decir.

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