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Odio al chota

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Por Zahira Cruz

Publicado: miércoles, 9 de mayo de 2018

El Primero de Mayo, llegando al estacionamiento del tren urbano en Sagrado Corazón, tuve un incidente sospechoso de esos que provocan que se te prendan todas las señales de alerta. Entrando al lote para dejar el carro, nos detiene el nuevo celador —que el día antes no trabajaba allí— y nos pregunta: ¿para la marcha o para CESCO?. Lo miré con cara de incrédula, pero aún así le respondí que iba a usar el tren. El hombre insistió: si pero, ¿para la marcha?. Entonces me arisqué porque enseguida sentí tufo a represión y carpeta. ¿Qué te importa a ti para dónde vamos?, le reclamé de mala manera —porque estoy harta de que el sistema insulte nuestra inteligencia pasándonos por seguridad y orden lo que es burda represión—. El hombre, ya medio incómodo, añadió a su interrogatorio que los manifestantes tenían un espacio designado para estacionar y que su trabajo era ese..., ¿identificar a los manifestantes?, le pregunto. Solo cumplo órdenes, pero si es por mi, pape, —exclama mirando a mi marido, que va de copiloto—, estaciónense donde quieran. Eso hicimos. Nos estacionamos libremente y marchamos libremente, como debe ser.

Pero este incidente se me ha quedado rondando en la cabeza toda la noche y, de un momento a otro, me descubro con resentimiento reflexionando en torno al chota, al soplón, a la rata, siendo todos la misma cosa, delatores. Me han dicho que en la cárcel, como mínimo, les cosen los labios con alambre dulce. De siempre he escuchado historias sobre el alto precio de soplar, incluso, en ocasiones, cuando menos te lo esperas, algún graffiti que reza “Muerte al chota”, te lo recuerda. Entonces, me pregunto, qué sería de la historia del mundo sin esta figura tan protagónica en los eventos políticos. Por ejemplo, en El vano ayer (2004), novela de Isaac Rosa —galardonada con el Premio Rómulo Gallegos en 2005–, encontramos una sección dedicada al ‘chivato’. Rosa, mediante un tono irónico, hace una genealogía y hasta una descripción física —que se asemeja a la de un roedor— de este personaje y su papel protagónico en la historia civil y militar española. Destaca, además, el daño que ocasionan las prácticas soplonas. Por ejemplo, en el lugar de trabajo “causan enfrentamientos, disoluciones, intrigas y una general desconfianza defensiva que impide acciones conjuntas del cuerpo asalariado” (77). Nos recuerda que el chivato no ha desparecido de las escuelas ni de la comunidad de vecinos en donde contamos con la “vecina cotilla del patio” o “el vecino-mirilla”, y “el tipo “portero”, tradicionalmente considerado como la especie de chivato por antonomasia, y tradicionalmente aprovechado por su potencial informativo por las autoridades” (77). 

Lo que sucedió en el estacionamiento del tren el Primero de Mayo, lo interpreto como una sutil manifestación de esa represión a la que estamos siendo sometidos y que, ingenuamente pasamos por alto. Bien pudo ser cierto que el trabajo asignado al celador no fuera identificar los vehículos de los manifestantes, pero también es cierto que el hecho de que yo esté paranoica no quiere decir que no me están persiguiendo.

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