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Ricardo, Marx y Google

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Por Francisco A. Catalá Oliveras

Publicado: miércoles, 5 de julio de 2017

En 1817, hace justo doscientos años, David Ricardo publicó Principios de Economía Política y Tributación, uno de los libros más citados por Karl Marx en El Capital, cuyo primer volumen se publicó cincuenta años después, en 1867.

En la disciplina de la Economía continúan teniendo vigencia varios aportes teóricos de Ricardo, entre otros la teoría de la renta y la teoría de la ventaja comparativa. Por ello, los economistas neoclásicos se consideran sus herederos. No obstante, no heredaron ni la teoría del valor-trabajo ni la centralidad de las clases sociales en su análisis. Esta herencia le correspondería a Marx. Así lo reconoce éste.

Dice Marx refiriéndose a la economía clásica de Inglaterra: “Su economía política clásica aparece en un período en que aún no se ha desarrollado la lucha de clases. Es su último gran representante, Ricardo, quien por fin toma conscientemente como eje de sus investigaciones la contradicción de los intereses de clase, la contradicción entre el salario y la ganancia y entre la ganancia y la renta del suelo…”

Al elaborar su teoría del valor-trabajo y su tesis de explotación, Marx cita a Ricardo en varias instancias. Baste una: “En el valor de las mercancías no influye solamente el trabajo directamente aplicado en ellas, sino también el que se invierte en las herramientas, instrumentos y edificios de que se vale ese trabajo”.

De vivir hoy día, ¿a qué le estarían dando particular importancia tanto Ricardo como Marx? ¿Qué destacarían en su objeto de estudio? Las contestaciones categóricas a tal tipo de interrogante no son prudentes. Lucen pretenciosas. Sin embargo, no sería muy aventurado apostar a que en sus investigaciones sobresaldría la inteligencia artificial y todo el fenómeno de la revolución cibernética en que los seres humanos del siglo 21 están inscritos. Después de todo, fueron temas análogos los que les interesaron en el siglo 19.

Ricardo dedica un capítulo de su obra al tema de la mecanización y al riesgo de que la misma, al convertir en superflua a parte de la fuerza obrera, deteriore la condición del trabajador. De esto no debe inferirse que se opusiera al uso de las máquinas, sino que estaba consciente de los nuevos retos que el adelanto tecnológico conlleva.

Marx, que le dedica más tiempo y más páginas al tema, parte de su conocida premisa de que “la burguesía no puede existir sin revolucionar permanentemente los instrumentos de producción”. Dice, de manera sencilla pero elocuente, en el primer volumen de El Capital: “La moderna industria no considera ni trata jamás como definitiva la forma existente de un proceso de producción. Su base técnica es, por tanto, revolucionaria…”

Las relaciones sociales del siglo 20 cuajaron en la fragua de la innovación tecnológica: luz eléctrica, producción en masa, automóviles, aviones… Imagine el lector, para apercibirse del contenido revolucionario, el impacto del automóvil en la vida cotidiana, en la organización del trabajo, en el uso del espacio, en el proceso de urbanización y en el diseño de edificios y viviendas. Ahora, la internet ha enredado a todo el mundo en una red informática descentralizada y los robots se están convirtiendo en protagonistas de los procesos manufactureros. Son las nuevas generaciones de las máquinas de Ricardo.

No es por casualidad que recientemente se informó que la lista de las empresas mejor cotizadas la encabezan: Alphabet (compañía matriz de Google), Amazon, Apple, Facebook y Microsoft. Durante los primeros tres meses de este año (2017) la ganancia neta colectiva de estas cinco empresas superó los $25,000 millones.

La información es poder. No es poco el que tienen éstas y otras empresas que dominan la red. Como acertadamente resumiera la revista The Economist: “Google puede ver lo que la gente busca, Facebook lo que comparten y Amazon lo que compran”. 

Se trata de un mundo extraordinariamente complejo y dinámico. La empresa Uber, por ejemplo, se conoce por su servicio de taxi a buenos precios. Pero su valor estimado en $68,000 millones responde eminentemente a que cuenta con el mayor fondo de información sobre oferta (conductores) y demanda (pasajeros) de transportación personal.

Por cierto, hace un año Uber compró la empresa Otto, perteneciente al campo de las camionetas autónomas (sin chofer), lo que ha provocado un confrontamiento legal con Waymo, la unidad de carros autónomos de Alphabet (compañía matriz de Google). El conflicto tiene que ver con alegados robos de secretos tecnológicos. Para complicar más el asunto se informa que Alphabet es una de las principales accionistas de Uber.

Los flujos de información crean nuevos procesos productivos, nuevas maneras de organizar el trabajo, nuevas infraestructuras, nuevos instrumentos financieros, nuevos negocios, nuevos monopolios, nuevas maneras de hacer política, nuevas formas económicas, nuevos patrones de explotación y nuevas normas de interacción social. ¿No creen que todo esto estaría bajo el radar de Ricardo y Marx?

No se debe pasar por alto que el avance tecnológico no necesariamente se acompaña de progreso social. La política laboral de muchas de las empresas de punta no es aleccionadora. De hecho, Google ha estado enredada en alegaciones de discrimen y hostigamiento sexual, lo que ha provocado que sea investigada por el Departamento del Trabajo de Estados Unidos.

El bicentenario de los Principios de Ricardo y el sesquicentenario del primer volumen de El Capital de Marx deberían servir para estimular el análisis sobre el reto que supone el cambio tecnológico y la importancia que tiene orientarlo hacia la solución de problemas en lugar de convertirlo en fuente de problemas. A la altura del siglo 21, en la llamada era digital, sigue siendo un tema central el vínculo de las máquinas con las formas que asumirá la actividad económica, la estructura de propiedad, la distribución de riqueza e ingresos y todo el andamiaje de relaciones sociales. Preocupa, sobre todo, su influencia sobre el trabajo. En el fondo, de lo que se trata es, parafraseando un viejo refrán, de reconocer que el capitalismo, aunque se vista de seda, capitalismo se queda.

 

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