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CLARIDADES: El amor por el colonizador y el odio hacia sí mismo

Publicado: miércoles, 5 de julio de 2017

La primera tentativa del colonizado es cambiar de condición cambiando de piel. Un modelo tentador y muy próximo  se le ofrece y se le impone: precisamente el del colonizador. Éste no sufre de ninguna de sus carencias, tiene todos los derechos, goza de todos los bienes y se beneficia con todos los prestigios; dispone de riquezas y honores, de la técnica y la autoridad. Finalmente, es el otro término de la comparación, el  que aplasta al colonizado y lo mantiene en la servidumbre. La ambición primera del colonizado será igualar a ese modelo prestigioso, parecérsele hasta desaparecer en él.

De este procedimiento, que en efecto supone la  admiración por el colonizador, se ha deducido la aprobación de la colonización. Pero por una dialéctica evidente, en el momento en que el colonizado transige en mayor medida con su suerte, se rechaza a sí mismo con mayor tenacidad. Es decir que rechaza, de otro modo, la situación colonial. El rechazo hacia sí y el amor por el otro son comunes a todo candidato a la asimilación. Y los dos componentes de esta tentativa de liberación están estrechamente ligados: el amor por el colonizador se halla subtendido por un complejo de sentimientos que van desde la vergüenza hasta el odio por sí mismo.

Lo extremo de esta sumisión al modelo es ya revelador. La mujer rubia, aunque fuera insípida y de rasgos comunes, parece superior a toda morena. Un producto que fabrica el colonizador, una promesa hecha por él, se reciben con confianza. Se copian estrechamente sus costumbres, sus vestidos, su alimentación, su arquitectura, aunque fueren inconvenientes para el lugar. El matrimonio mixto  es el fin último de este impulso para los más audaces. 

Este arrebato hacia los valores colonizadores no sería tan sospechoso, sin embargo, si no comportase un reverso semejante. El colonizado no busca solamente enriquecerse con las virtudes del colonizador. En nombre de aquello en que desea convertirse, se encarniza en empobrecerse, en separarse con pesar de sí mismo. Volvemos a encontrar, bajo una forma diferente, un rasgo que ya señaláramos. El aplastamiento del colonizado está incluido entre los valores de la colonización. Cuando el colonizado adopta esos valores, adopta entre ellos su propia condena. Para liberarse —al menos así lo cree— acepta destruirse. El fenómeno es comparable a la negrofobia de los negros, o al antisemitismo de los judíos. Hay negras que se desesperan por desrizar sus cabellos, que vuelven a rizarse siempre, y torturan su piel por blanquearla un poco. Muchos judíos, si pudieran, se arrancarían el alma; esa alma de la que se les dice que es irremediablemente mala. Se le ha declarado al colonizado que su música es un maullido de gato; su pintura, jarabe azucarado. Él repite que su música es vulgar y su pintura repugnante. Y si a pesar de todo esta música lo conmueve, si lo emociona más que los sutiles ejercicios occidentales a los que halla fríos y complicados; si esa unisonancia de colores cantarinos y ligeramente ebrios regocija su vista, es contra su voluntad que esto sucede. Se indigna por esto contra sí mismo, lo oculta a los ojos de los extranjeros, o afirma repugnancias tan fuertes que resultan cómicas. Las mujeres de la burguesía prefieren la alhaja mediocre proveniente de Europa a la joya más pura de su tradición. Y son los turistas los que se maravillan ante los productos del artesano secular. Finalmente,  negro, judío o colonizado, hay que parecerse cuanto sea posible al blanco, al no judío, al colonizador. Del mismo modo como mucha gente evita exhibir a sus parientes pobres, el colonizado enfermo de asimilación oculta su pasado, sus tradiciones, todas sus raíces, por fin, que se han tornado infamantes. 

 

Fuente: Retrato del Colonizado – Albert Memmi

 

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