Opinión / Editorial

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Puerto Rico al desnudo

Publicado: miércoles, 5 de julio de 2017

El rechazo por parte de la Junta de Control Fiscal (JCF) de la versión del presupuesto presentada por la Legislatura y la imposición de su propia versión como presupuesto final para Puerto Rico durante el año fiscal 2017-2018 es un acto colonial humillante y descarnado. Ciertamente el País tiene razones sobradas para desconfiar de una legislatura presidida por Thomas Rivera Schatz y Johnny Méndez, quienes no bien habían juramentado, corrieron a instalar a sus “panas” políticos derrotados y a otras figuras públicas de pocos méritos, pero cercanas a ellos, en el registro de contratantes del Senado y la Cámara con pagos fabulosos por servicios no especificados ni justificados. Esa fue la misma legislatura que aprobó una partida de más de $7 millones para el fracasado plebiscito de estatus que acabó de enterrar la estadidad.

Pero la acción de José Carrión III y sus pares de la JCF, actuando con el aval y por encomienda del Congreso de Estados Unidos, revive un diferendo histórico que no ocurría en Puerto Rico desde 1909 cuando, al cabo de una pugna similar, el entonces presidente de Estados Unidos William Taft recurrió a la corte de su país para que se aprobara el presupuesto recomendado por el gobernador Regis Post y el Consejo Ejecutivo nombrado bajo la Ley Foraker. Esto, por encima del rechazo de nuestra entonces legislatura- la Cámara de Delegados- a la que la propia ley orgánica le había otorgado la facultad de aprobar el presupuesto. 

En ambos casos, ayer y hoy, la metrópolis se impuso ante el “impasse”. La primera vez les quitó a los nuestros el poder de aprobar el presupuesto. Ahora, sencillamente les tiró su propuesta al zafacón y aprobó una versión con $319 millones menos, entre estos $12 millones que se había aumentado en su presupuesto la propia Legislatura. 

Si alguna duda quedaba en alguien de la naturaleza abiertamente colonial, despótica y antidemocrática de la JCF, lo ocurrido el pasado viernes debe haberla disipado. Pero, contrario a los delegados boricuas de 1909 que dieron la buena pelea por los derechos de nuestro pueblo, los de hoy –aparte de la pataleta inicial de Rivera Schatz y la charada de la supuesta citación a Carrión III– se han plegado sin chistar a los designios del ente metropolitano. 

En la misma reunión de la JCF donde se atendió el presupuesto, también se impuso el interés de la metrópolis en el caso de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE).En una decisión 4-3 donde los tres estadounidenses- Andrew Biggs, David Skeel y Arthur González- y la nacida en Puerto Rico Ana Matosantos constituyeron la mayoría se rechazó el acuerdo de reestructuración negociado por la administración de García Padilla y sus asesores Alix Partners y se acordó someter a la AEE al proceso de quiebra bajo el Título III de la Ley Promesa. 

Con esta decisión, también se pretende retornar al pasado, cuando la energía eléctrica en Puerto Rico era provista por compañías privadas y su acceso estaba limitado a ciertas áreas urbanas y pobladas del País. Esa situación cambió con la entrada del gobierno de Puerto Rico al control de la producción y distribución de energía, lo que resultó en la electrificación de la isla entera hasta en sus lugares más remotos. 

Otro paradigma de nuestro país que se derrumba por virtud de la voluntad e intereses actuales de la metrópolis. No podemos olvidar que inscrito en la Ley PROMESA, que dio vida a la JCF, está el interés de grandes conglomerados estadounidenses por los recursos naturales y energéticos de Puerto Rico. 

Ante el embate de PROMESA y de la Junta de Control Fiscal se cae ante nuestros ojos el mito del “gobierno propio” tan largamente defendido por décadas por Washington y los gobiernos coloniales de turno. Se cae ante la inacción y complacencia del gobierno electo de Ricardo Rosselló y el Partido Nuevo Progresista (PNP), quienes alimentan su fantasía de que, al final del camino, “los americanos” nos aceptarán como sus iguales. Como el rey del cuento, nos hemos quedado desnudos a la vista de todos, menos de los que se niegan a ver lo que, a todas luces, es evidente. 

 

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