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La sociedad Secreta de Isabela en 1868

Los conjurados
Foto por: Imagen de Iván Figueroa
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Por Francisco Moscoso

Publicado: lunes, 15 de septiembre de 2014

Introducción

En Historia de la insurrección de Lares (1872) José Pérez Moris y Luis Cueto González y Quijano dedican el capítulo II a las “Sociedades Secretas”. Pérez Moris era un conservador español y director del Boletín Mercantil, periódico defensor de la dominación colonial de España sobre Puerto Rico. Cueto era un oficial del “segundo Cuerpo Administrativo de la Armada”. Publicaron la obra para llamar la atención de las autoridades españolas acerca del trasfondo histórico del anhelo por la Independencia de los habitantes de Puerto Rico y de la “amenaza” que para ellos aún representaba el independentismo, aunque el Grito de Lares hubiese sufrido un revés.

Ellos subrayaron la importancia de las sociedades secretas como bases organizativas del movimiento revolucionario. Parte de la información sobre la revolución de 1868 la obtuvieron de varias (no todas) de las 52 piezas, o expedientes, con centenares de documentos en cada uno que las autoridades pusieron a su disposición. Después de decretarse la amnistía para los insurrectos el 25 de enero de 1869, según dijeron los autores, el Gobierno no les brindó más datos pues deseaba que lo sucedido debía “yacer en el más profundo olvido”. El olvido y no la memoria o conciencia histórica, precisamente, es una de las armas ideológicas de los conquistadores coloniales, imperialistas y clases gobernantes en diferentes épocas. 

Algunas de las piezas documentales se han reunido en el Expediente sobre la Insurrección de Lares, 1868-1869. De ello existe un juego de seis rollos de micropelículas preparado por el National Archives de Washington, D, C., que es el que he estado utilizando en mis investigaciones. Hay copia de estas micropelículas en el Centro de Investigaciones Históricas de la UPR-Río Piedras; y los originales están custodiados en el Archivo General de Puerto Rico.

Buena parte de detalles sobre el evento revolucionario y de las organizaciones independentistas proviene de testimonios de prisioneros involucrados, ya sea por sus relatos casuales o inadvertidos, o delaciones. Lo poco que sabemos de la organización patriótica del 68 en Isabela resulta de los testimonios de Manuel María González y, especialmente, de Eusebio Ibarra. Manuel María González presidía la sociedad secreta de Camuy. Su apresamiento sorpresivo en la mañana del 21 de septiembre fue lo que desencadenó las acciones de represión, por una parte, y la determinación de otros líderes de adelantar el levantamiento armado para el 23 de septiembre de 1868 (Grito de Lares), en vez del día 29. Ibarra era Alférez adscrito al cuartel de milicias de San Sebastián y tomó parte en la Batalla del Pepino del 24 de septiembre de 1868. Días después fue capturado.

Pérez Moris y Cueto señalan que luego de su arresto, en los primeros interrogatorios a que fue sometido ante el coronel español Manuel Iturriaga, Comandante del Cuartel Militar de Arecibo y Nicasio Navascués y Aisa, Juez encargado del proceso judicial contra los presos, Manuel María González negó todo lo que se le imputaba y no dijo nada. Pero un mes más tarde, el 20 de octubre, tras morir varios de sus compañeros en prisión y encontrarse enfermo, decidió “ampliar su declaración”, expresando estar “movido por su propia conciencia”. Sean las que fueran las circunstancias, entre otras cosas les dijo que la organización de Camuy trabajaba “siempre en dependencia de la de Lares”. De la sociedad secreta de Lares - Centro Bravo No. 2 - emanaban noticias y directrices revolucionarias. Fue en ese contexto que a González le instruyeron a informarse sobre el estado organizativo de Isabela y a entrar en contacto con Celestino Ruiz, uno de los Agentes principales del Comité Revolucionario, es decir, la alta dirección presidida por el Dr. Ramón Emeterio Betances. 

En un primer momento, aparentemente a finales de junio o durante julio de 1868, Manuel María González se entrevistó con los paisanos de Isabela, “don Corsino y don José Ramón González, los que le manifestaron que aun cuando había partidarios de la causa, no se había establecido la sociedad ni contaba con elementos”. Unas semanas después, en fecha precisa desconocida, se estructuró la organización.

 

Sociedad secreta de Isabela

Otros datos salieron a relucir tras la derrota de la revolución y el encarcelamiento de centenares de personas de todas las clases sociales. Las autoridades obtuvieron valiosa información de Eusebio Ibarra, quien era uno de los que conocía a revolucionarios claves, como Manuel Rojas quien dirigía la organización de Lares. Sus delaciones llevaron a la identificación del núcleo central de los involucrados en Isabela.

La Sociedad Secreta de Isabela estaba integrada por Celestino Ruiz; los hermanos José Ramón, Gregorio y Andrés Corsino González (en algún momento identificado sólo como Andrés Corsino); don Juan Evangelista del Toro, quien vivía en el camino a Aguadilla; “el doctor Ruiz”, don Adolfo Ruiz Rivero, oriundo de Isabela y residente de Aguadilla; don Juan de Dios Díaz García, cura párroco del pueblo; don Eduardo Heyliger, oriundo de Santa Cruz, y Juez de Paz de Isabela; y tres miembros de la familia Domenech: don Juan María, don José del Pilar y don Santiago. Tiburcio, nacido en Isabela y esclavo de don Juan Jualve [sic., Juarbe] también figura entre los arrestados.

El profesor Manuel A. Domenech Ball, del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras es descendiente de los patriotas indicados. Gracias a su gentileza me comunicó que sus tatarabuelos se remontan a las primeras décadas del siglo 19. Uno de los presos, Juan María Domenech fue alcalde y se honra su nombre en una avenida de Isabela. Además, el amigo Manuel es autor de la tesis de maestría titulada, Los pequeños y medianos propietarios en Isabela, 1845-1876 (Departamento de Historia, UPR-Río Piedras, 1993); importante investigación para conocer el trasfondo socioeconómico del pueblo y sus barrios.

Condicionado por el estado de investigación, esto es, por los documentos que he podido leer y estudiar hasta ahora, por lo pronto y de forma preliminar compartimos algunos hallazgos relacionados con los hermanos Gregorio y José Ramón González, y al juez Heyliger.

 

Interrogatorios

Como resultado de la información suministrada por Ibarra, a los hermanos González y a Heyliger les formularon algunas preguntas comunes, procurando que alguno expresara algo que corroborara lo que las autoridades sabían incluso por otros testimonios y se incriminaran.

A los tres preguntaron (1) si pertenecían a la sociedad secreta; (2) la relación que tenía con la de Lares; (3) si además estaba en comunicación con las de San Sebastián y de Furnias, barrio en las montañas de Mayagüez; (4) si conocían a los mencionados antes, excepto a los Domenech sobre los que no preguntaron; y (5) si el Juez y el Cura eran “contribuyentes”. Aquellos patriotas negaron saber al respecto.

Los hermanos Gregorio y José Ramón eran isabelinos, hijos del estanciero don Juan Evangelista González y doña Catalina Rodríguez.; eran dos de seis hermanos y hermanas. José Ramón tenía 38 años (n. 1830) y Gregorio cumplió 34 (n. 1834). El mayor se identificó como agricultor, y el segundo como “labrador en terrenos de su padre” y estaba casado, a su vez, con media docena de hijos. Eran blancos y católicos y ambos sabían leer y escribir. Una hermana estaba casada con el agente revolucionario Celestino Ruiz, quien ocupaba el puesto de Subdelegado de la Marina.

Los carceleros españoles se enteraron de que como a las 11 de la noche de un día no especificado de finales de septiembre Ruiz había salido al balcón de su casa “dando gritos y vivas a la Libertad y a la República”. Los González intentaron proteger a su pariente político respondiendo por separado, en interrogatorios del 28 y 29 de octubre ante Navascués, que su “precipitado cuñado” estaba “mal de la cabeza”. Tratando de desvincularlo de los sucesos del 23 y 24 de septiembre, dijeron que Ruiz había ido con su familia a Mayagüez; sólo que uno expresó que a ver a una hermana enferma de los González, y el otro manifestó que a ver a un hijo “enfermo en el Colegio”. Declararon que entre ellos sólo mantenían “relaciones de parentesco”, nada de política.

José Ramón González no negó conocer a algunos de los mencionados de la sociedad secreta, pero nada más. Durante la insurrección aseguró haber estado “en sus faenas agrícolas al frente de los peones Etanislao Rosado, Miguel [Barrilla, o Parrilla], Ramón Medina y cuatro esclavos en su propiedad del barrio de Mora. Los González de Isabela representan un microcosmos de varios de los componentes sociales que participaron en la revolución de 1868: agricultores, jornaleros y esclavos. Dijo que “oyó de público” sobre el levantamiento y que cuando lo supo “ya había tropas por Isabela y otros puntos”. No negó haber conocido a Ibarra cuatro años antes cuando “se encontraba de Alférez de Milicias en Isabela”. También admitió que conoció hacía un tiempo a Manuel María González en Aguadilla, pero que no tenía “tratos” con ninguno.

Navascués lo puyó con la interrogante de peso pesado, siguiente: si sabía que “Don Ramón Emeterio Betances y don Segundo Ruiz han conspirado para preparar la revolución en esta Ysla a fin de proclamar la independencia y la República y la destrucción de todos los intereses políticos y materiales peninsulares”. José Ramón se cantó ignorante de lo expuesto. 

A Gregorio, en particular, le preguntaron si la sociedad secreta de Isabela “se hallaba en armonía” con la sociedad Centro Bravo No. 2 (Lares), Lanzador del Norte (Camuy) y Capá Prieto (Furnias). No reconoció la existencia de la sociedad isabelina y, por tanto, ignoraba lo que se le preguntó, dijo que el día 23 revolucionario estaba en su casa, de lo que su esposa Pilar Maldonado podía dar fe. Y que el 24 fue citado como testigo en un Juicio Verbal relacionado con la sociedad mercantil Domenech y Ferrer ante el juez Heyliger; regresando a su casa a las 2 de la tarde, “de donde no salió”.

Por otro lado, en su interrogatorio en la cárcel de Arecibo, el 24 de octubre de 1868, el Juez pesquisador indagó sobre el conocimiento y relaciones que el hacendado Eduardo Heyliger tenía con las personas denunciadas. Admitió sin inmutarse, mas procurando distancia tácticamente, que “los conoce sin que tenga intimidad con las mismas con excepción del padre cura, a quien trata con más frecuencia o confianza como vecino”. En mi opinión, creo que ripostó además, y para protegerse, que también tenía amistad o conversación con oficiales del Batallón de Valladolid y que sobre su “conducta política” podían informarse con el alcalde de Isabela, don Manuel Otero y con don Juan Abreu.

Una semana después, en Isabela a Otero y Abreu le tomaron declaraciones. El alcalde, un gallego, consignó que era íntimo de Heyliger y que “este señor es un vecino honrado y pacífico de este partido”. Y que había vivido en Isabela desde hacía un tiempo, con su familia y hacienda, “sin que jamás le haya oído ni conocido ideas que pudieran en lo más mínimo inclinarse a trastornar el orden público”. Abreu, propietario puertorriqueño y casado, ratificó la anterior apreciación.

Evidentemente, viviendo en el Puerto Rico del despotismo colonial militar de España del siglo 19, donde estaba prohibida toda expresión libre de ideas y organización política contraria al yugo colonial, desprovisto de los derechos civiles más elementales, los patriotas de Isabela, como los de todo el País, tuvieron que hacer malabares para curtirse en la actividad clandestina revolucionaria. Convivir en la sociedad de la manera más normal, tomando todos los cuidados y precauciones, para no dar a conocer sus ideales y acciones donde y ante quien no convenía, y evitar ser anulados por la represión estatal.

 

Careo Ibarra – José Ramón González

El Juez Navascués empleó el método de carear en persona a los presos, para que hablaran uno frente al otro y estudiar también desde este ángulo sus respuestas y comportamiento. De esta manera los prisioneros podían mantenerse inexpresivos y calmados o revelar algo, aunque involuntariamente, sólo con sus miradas o movimiento corporal (el “body language”).

Eusebio Ibarra y José Ramón González fueron puestos uno frente al otro, ante Navascués, en la cárcel de Arecibo el 2 de noviembre de 1868. Los refirieron a las declaraciones previas, la de Ibarra prestada ante el fiscal militar José Perignat el 9 de octubre y la de José Ramón del 28 de octubre. Ambos se reafirmaron en lo declarado. Pero Ibarra insistió en que “supo por d. Gregorio González que el mismo, d. Corsino de igual apellido, Dr. Ruiz, Toro, d. Juan de Dios Díaz y el Juez de Paz, eran socios de la delegación establecida en Isabela, y dependiente de la de Lares. Habiendo sabido especialmente por d. Manuel Rojas que d. Celestino Ruiz era el agente principal de la delegación, y que en ella había bastantes socios”. Añadió que tanto el cura como el juez figuraban como “socios contribuyentes”. 

Por parte de José Ramón González , “se dijo que era incierto lo que dice su careante, que es como tiene manifestado, no le cuida más que del cuidado de su casa y de su familia”. Terminado el careo, el juez Navascués expidió un Auto ordenando la prisión incomunicada del reo.

 

Careo Ibarra – Gregorio González

El mismo 2 de noviembre Ibarra y Gregorio González fueron confrontados igualmente, reafirmándose en sus primeras declaraciones. Ibarra declaró que luego de establecida la sociedad secreta de San Sebastián su careante llegó al Cuartel de Milicias y fue presentado por Juan Nepomuceno Méndez, también conocido por su pseudónimo revolucionario de “Bronce”. Este último lo hemos encontrado identificado como Juan Nepomuceno Méndez Acevedo, oriundo de Moca y vecino del Pepino y, contradictoriamente como Juan Nepomuceno Otero.

Ibarra sostuvo que Gregorio se personó “a dar noticias de los adelantos que se hacían en la Isabela” y que en dicha reunión delante de los capitanes del cuartel, comprometidos con la causa revolucionaria, identificó como integrantes a los ya citados; y que el juez Heyliger contribuyó con 250 pesos. Probablemente ese tipo de suma era para la compra de armas. Pues Ibarra recordó entonces que don Juan Evangelista del Toro “recibía revólveres por conducto de Mayagüez y conductor de caudales públicos”. 

Gregorio González calificó de “inexacto” las expresiones de Ibarra y que no había estado en la Casa del Rey del Pepino (el cuartel). Admitió conocer a “Bronce” Méndez pero que el trato que tuvo con él fue sobre una venta de un caballo. 

“No pudiéndose adelantar más en esta actuación”, consigna el final del careo, igualmente el juez Navascués mandó a Gregorio a la “cárcel incomunicado”.

 

Isabela en el Grito

Así pues, Isabela también se cuenta entre los pueblos, sobre los que se ha podido documentar algo, que formaron parte del movimiento revolucionario y el grito de libertad puertorriqueña de 1868. ¿Qué sucedió con los presos?

Lo que sabemos de momento respecto a algunos principales integrantes de la sociedad secreta es lo que sigue. Los hermanos Gregorio y José Ramón González, el juez Eduardo Heyliger y Juan Evangelista del Toro, permanecieron encarcelados en Arecibo hasta la amnistía a finales de 1869. Andrés Corsino González fue liberado de la cárcel de Aguadilla antes a finales de 1868. 

 José Pilar Domenech fue retenido prisionero en Aguadilla también hasta la amnistía del 69. Guiado por un acta de defunción de la madre de José del Pilar, y otros recuerdos familiares, el profesor Manuel Domenech tiene la noción que éste se vio forzado a emigrar a la República Dominicana. Puedo añadir que ése fue el camino que tuvieron que seguir revolucionarios de otros pueblos (Aurelio Méndez, Adolfo Betances, por ejemplo). Juan María y Santiago Domenech, presos en Aguadilla, fueron liberados antes. Celestino Ruiz estuvo en la cárcel de Arecibo, también suelto con anterioridad a la amnistía.

Desconozco qué sucedió con el Dr. Ruiz Rivero. Así mismo, sobre el esclavo Tiburcio ya identificado, y Guillermo “oriundo de África” (¡eso es bien grande!, así es que de esa manera representa a todos los esclavos arrancados de sus patrias) y esclavo de don Aniceto Pérez no se ha encontrado información adicional.

Todavía hay otros nombres sueltos relacionados con Isabela sobre los que hay que intentar descubrir más. Dionisio Barreto, isabelino, preso en Aguadilla fue excarcelado antes del 69. Eugenio Bernal y Manuel Caribe, oriundos de Isabela, salieron con los últimos prisioneros en enero de 1869. 

Rodulfo Echevarría, nacido en Isabela, integrante del Centro Bravo No. 2 de Lares, fue uno de los condenados a muerte junto a Manuel Rojas y otros revolucionarios responsabilizados por sus hechos más desafiantes de armas. La sentencia fue conmutada en el contexto de la amnistía general. Lamentablemente es muy escaso lo que sabemos de él.

La amnistía no vino de gracia. Fue el resultado del análisis político llevado a cabo por las autoridades españolas en Madrid y en San Juan, tras constatar el sentimiento general antiespañol, la multiplicación incesante de los involucrados y el número de presos que aumentaba cada día, las manifestaciones desafiantes populares y peticiones al gobernador exigiendo conmutación de penas de muerte y amnistía, y las diligencias de solidaridad de Betances desde la isla de San Thomas (donde estaba preso por la autoridades danesas), y de Eugenio María de Hostos y otros puertorriqueños prominentes ante el presidente español, general Francisco Serrano, con quien se reunieron con sus demandas libertadoras en Madrid, en enero de 1869.

Isidro de la Cruz y Marco Cortés Ríos, oriundos de Isabela, vecinos de San Sebastián, son parte de los 85 mártires puertorriqueños del Grito de Lares fallecidos en las cárceles (número conocido hasta ahora) de Aguadilla y Arecibo, debido a las golpizas, malos tratamientos y/o epidemias, en noviembre de 1868. Sobre la nómina preliminar de los prisioneros, consúltese el folleto Los Presos y los Mártires del Grito de Lares, 1868-1869, publicación del Ateneo Puertorriqueño (2005). 

Un atormentado Manuel María González sobrevivió la enfermedad (no sabemos si se sobrepuso a sus angustias de “conciencia”) y también permaneció encerrado hasta la determinación de excarcelación de 1869. Al principal delator Eusebio Ibarra, lo desaparecieron.

Isabela forma parte de la heroicidad revolucionaria puertorriqueña. Aquí, con Claridad y En Rojo, siempre presentes en la conmemoración del Grito de Lares, modestamente homenajeamos a los patriotas de 1868 del antiguo pueblo de La Tuna.

 

*El autor es historiador, Departamento de Historia, UPR- Río Piedras; Comentarios a: fmoscoso48@gmail.com.

 

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