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Con-textos: Dos fantasmas

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Por Reinaldo Pérez Ramírez

Publicado: miércoles, 9 de agosto de 2017


“No es verdad que el futuro modifique el pasado,pero sí es verdad que modifica el sentidoy la percepción del pasado.”

Javier Cercas

El monarca de las sombras 

 

“Los sindicatos evalúan estrategias”, dice el titular de El Nuevo Día del 6 de agosto de 2017, apenas un par de días luego de que la Junta de Supervisión Fiscal decretara una reducción de jornada laboral para todos los empleados públicos y anticipara una confiscación del Bono de Navidad, así como la de una porción de las pensiones que actualmente reciben cientos de miles de empleados jubilados del servicio público, incluyendo maestros y policías. En el contenido de la noticia, las estrategias: establecer una “estrategia de movilización” … y “organizarse políticamente para cambiar el rumbo del Gobierno”. Aunque como en tantas ocasiones en el pasado participaré en esas iniciativas, no puedo dejar de pensar y mucho menos puedo dejar de compartir esos pensamientos en el espacio generoso que me ofrece CLARIDAD. Pienso que, como ha estado ocurriendo en gran parte del mundo industrial –sobre todo en el desarrollado o en vías de desarrollo debido a la velocidad vertiginosa del cambio tecnológico y sus efectos sociales e individuales– a los sindicalistas se nos ha roto el espejo en el que nos mirábamos. No hemos trascendido el Siglo XX (ni tal vez el XIX) en nuestros modos organizativos y en nuestra acción social y política que enfrenta paradigmas nuevos que no hemos logrado entender. Es más; pienso que en ocasiones ni siquiera nos percatamos (me incluyo) de qué está ocurriendo. Hasta ahora, ello nos ha llevado a ser consistentes en nuestra propia inefectividad. Cada día hay menos trabajadores organizados en el país. La mayoría de los que lo están, son del sector público en una dinámica que muchas veces sólo logra nuestra sobrevivencia. Es una relación ambigua de complacencia entre unionados y Sindicatos. Las lealtades recíprocas, al cabo de muchos años de comodidad institucional en la que no hemos fomentado una educación sindical más allá de aprender a manejar querellas, no son firmes.

Podré sonar demasiado pesimista. Algunos incluso me reprocharán. Pero me incluyo en el reconocimiento tardío de que no identificamos, ni estudiamos, ni combatimos a tiempo el profundo impacto que el espectáculo propiciado por el neoliberalismo supranacional, realmente globalizado, más financista que industrial–productivo, ha producido en el entramado social y en la psiquis individual, sobre todo en las generaciones más jóvenes de trabajadores, sindicalizados o no, empleados o no. Pienso que al no haber detectado, analizado y combatido a tiempo estos cambios de paradigma, hemos perdido un tiempo precioso y estamos en desventaja ante un enemigo omnipresente, informe, sin fronteras, indefinido, poderoso.

El mundo del trabajo y sus organizaciones está en una encrucijada en la que dos fantasmas dominan revoloteando en la nube de una virtualidad que se convierte en realidad real para nuestra gente. Esos fantasmas son la austeridad, que consiste de una falacia que nos imponen y nuestra propia sensación de impotencia, que si bien está diseñada por el mismo poderoso estamento financista que domina la economía mundial, es en parte autoasumida. Al no haber estado suficientemente alertas al cambio tecnológico y sus efectos y al aceleramiento creciente de la desigualdad que éste provoca, nos sentimos abrumados y en consecuencia, atados de manos, impotentes. Por eso, nuestras respuestas son las mismas cuyos orígenes se remontan a dos siglos.

El neoliberalismo, en su versión última, supra-post-modernidad, nos convierte en individuos responsables de nuestro propio destino. Nos conminan a Facebook, Twitter, Instagram, etc., a proyectar imágenes fabricadas de cómo queremos ser vistos. Nos obligan a “existir” allí, a riesgo de no ser parte del mundo real. Crean una realidad que aceptamos. Nuestra empatía se reduce a ser “aceptado” como “amigos” en el mundo virtual. Eso nos deja una profunda sensación de soledad que a su vez es artificialmente manipulada para que vayamos a comprar en Walmart y en MacDonalds, a riesgo de no existir.

Por otro lado, nos induce a no luchar; a combatir cualquier manifestación colectiva de resistencia como la que representan los Sindicatos y otras organizaciones sectoriales que resisten a nuestro lado. Parafraseo a Margaret Thatcher: “No hay sociedad, sólo hay individuos.”

Yo no tengo las respuestas ni las fórmulas. Pero sí sé que hay que añadir formas nuevas de combatir ambos fantasmas/falacias. La austeridad es un eufemismo para el empobrecimiento creciente y galopante de los trabajadores. Es algo que no hemos logrado transmitirle a nuestra gente. Tenemos que adoptar contenidos nuevos para la educación/formación de trabajadores jóvenes. Tenemos que trascender nuestras propias organizaciones. Tenemos que aprender a hacer alianzas permanentes, colaborativas, supra–sindicales, multisectoriales; tenemos que extirpar la tendencia al protagonismo, la autocomplacencia en la sobrevivencia institucional. Pero sobre todo, tenemos que convencernos de que nuestra sensación de impotencia es en parte autoinfligida y que las formas organizativas van a tener que cambiar, incluyendo nuestros Sindicatos.

En el contexto colonial exacerbado por nuestra situación actual, eso es muy difícil. Pero si nos quedamos solamente en las estrategias del pasado y lo percibimos con idealismo, nos arriesgamos a convertirnos en fósiles. 

 

Comentarios a: rei_perez_ramirez@yahoo.com

 

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