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Opinión / Siete días

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El mundo en llamas

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 30 de junio de 2015

Si buscamos un título para lo ocurrido en el mundo en las pasadas semanas (esto se escribe el 28 de junio de 2015) el más apropiado sería, con permiso de Juan Rulfo, El mundo en llamas. Porque se prendieron muchos fuegos por todos los continentes, particularmente en Europa y América, unos para destruir y otros para purificar. Hubo llamas que flamearon para destruir la intolerancia y otras que quemaron la decencia. Unas que ardieron para alumbran lo nuevo y otras que abonaron sobre la maldad acumulada.

Empecemos por el viejo mundo y el norte de África donde el fanatismo religioso – una nueva versión igualmente brutal del que hace siglos, rezándole a otro dios, quemaba gente para purificarla– volvió a azotar. En Francia el fanático de turno decapitó a su víctima y luego se retrató con su cabeza, una escena que dramatiza lo poco que ha avanzado la humanidad en dos mil años. (En el Viejo Testamento hay escenas similares.) En Túnez la carnicería fue mayor. Allí las balas llegaron desde el mar matando a los que buscaban sol. Más al este, en Kuwait y Siria, la sangre, como siempre siguió corriendo. Allí lo común, casi el estado natural, es que corra. Y en el teatro sirio los más desangrados fueron los kurdos, el grupo nacional que parece estar peleando sólo contra la brutalidad del Estado Islámico (EI), pagando en ocasiones un alto precio por su heroísmo.

La masacre allí no tiene fin porque nadie más que los kurdos parece estar dispuesto a arriesgarse. Estados Unidos, que en primera instancia fue el creador de la maldad al lanzar su guerra contra Irak en 2003, ataca desde lejos al EI, poniendo el énfasis en matar a sus dirigentes. ¿Acaso avanzaron algo contra Al Qaeda tras matar a Osma bin Laden? Aquello fue en 2011 y desde entonces la situación ha empeorado, pero insisten en el magnicidio como táctica, mientras el heroísmo de los kurdos, que ponen los muertos, les alivia el problema.

En la vieja Europa las noticias nos hablan de otra situación dramática, no sangrienta como los ataques islamistas, pero también dolorosa. Es la que vive Grecia a la que los países ricos de la Unión Europea, con Alemania a la cabeza, quieren hacer escarmentar a fuerza de imposiciones. Aun cuando resulta evidente que las extremas medidas de austeridad que le recetaron desde hace dos años han profundizado la crisis económica, le exigen más. Cualquier nueva ayuda, les dicen a los griegos, tiene que acompañarse con nuevos impuestos y más recortes a las pensiones y beneficios sociales. En esta ocasión el gobierno de Alexis Tsipras respondió convocando un  referéndum para que sea el pueblo el que les diga a los alemanes, igual que en 1944, que no acepta más castigo. Hace 70 años los griegos hablaron con las armas, ahora será con votos.

En América también hemos tenido llamas, tanto destructoras como purificadoras, sobre todo en Estados Unidos. Las destructoras flamearon en el sur donde el profundo odio racial parece ser eterno. Ese odio, traspasado de generación en generación a lo largo de dos siglos, tiene que ser de verdad extremo para que conduzca a un asesinato masivo sin ampararse en pretexto alguno, porque los nueve ciudadanos negros de Carolina del Sur fueron masacrados mientras rezaban. Los policías blancos que, guiados por el mismo odio racial, matan jóvenes negros siempre dicen que su víctima estaba delinquiendo. El asesino de Charleston, en cambio, no buscó acomodo alguno. Su odio era tal que podía prescindir de excusas. Los mató porque eran negros, punto. ¡Y sólo tiene 21 años!

Tras esa expresión irracional de odio, en algunos lugares del sur se dispusieron a quitar los símbolos que lo alimentan, como es el caso de la bandera confederada. Está muy bien que la manden a los museos, donde únicamente debiera ser tolerada, ¿pero qué van a hacer con los cientos de monumentos a los "héroes" esclavistas que abarrotan los lugares públicos? Su mera presencia es evidencia dramática de que el odio racial está muy lejos de ser superado y la masacre de Charleston demuestra que se ha hecho muy poco por combatirlo.

Hay, sin embargo, otra intolerancia –de ordinario menos brutal, pero intolerancia al fin– que sí empieza a ceder en Estados Unidos. Me refiero al rechazo y la violación de derechos de la población homosexual. (Lo de "menos brutal" en ocasiones no es tal, porque han sido muchos los asesinatos y golpizas motivadas por el odio hacia estos grupos.) Finalmente el Tribunal Supremo de Estados Unidos emitió su decisión afirmando que al negarse el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo se viola la Constitución. La decisión era esperada y lo que sorprende, junto a su tardanza, fue lo cerrada de la votación, 5 a 4, es decir, por el mínimo.

Estados Unidos se estaba quedando atrás y al final actuó. Ya casi toda Europa, incluyendo a la católica España y la aún más católica Irlanda, reconoce derechos plenos a la población homosexual, incluyendo el matrimonio. En el caso irlandés la decisión fue producto de un referéndum, decidido por amplia mayoría, a pesar de la intensa campaña de la poderosa Iglesia Católica. En América el derecho se reconoce en varios países y menos de un mes antes de que se expresara el foro judicial estadounidense el Tribunal Supremo de México tomó una decisión similar por amplia mayoría. Pero aun cuando la decisión del foro de Washington llegó un poco tarde y arrastrando los pies, sin duda es bienvenida.  Su aplicación en Puerto Rico –porque la ley de allá es la que manda aquí– es inmediata.

Las llamas que empiezan a quemar (todavía falta mucho) la intolerancia y la violación de derechos contra este segmento de la población, son bienvenidas. Las otras, las que nacen del odio y la ignorancia, deben ser combatidas porque destruyen y provocan un inmenso dolor.  Desafortunadamente éstas son las que flamean en casi todo el mundo.

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