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Topografía: Exorcismo para un poeta melancólico (fantasía)

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Por Carlos R. Alberty Fragoso

Publicado: miércoles, 9 de agosto de 2017

Mi vecino, el poeta, está mal. Sufre de melancolía. Me lo encontré hace unos días en el largo pasillo del edificio mirando el fin del atardecer. La imagen es peligrosa, pensé. Hermano, me dijo, estoy sufriendo. Ella me ha abandonado. En este punto ya había caído la noche y nos fuimos a su apartamento. Al comienzo, se negó a revelar detalles, pero con el vino, poco a poco, se fue soltando. Estuvo un rato diciendo cosas absurdas: que a veces tiene la sensación de haberla besado pero todo le parece irreal, que no puede acostarse con ella porque es imposible etc. Todo me sonaba muy extraño así que decidí averiguar el asunto hasta el fondo. Le solté rápidamente varias preguntas. ¿Pero cómo la conociste, de dónde vino, cuál es su historia, es de aquí? Hermano, –me dijo– abriendo los brazos y con los ojos ahora un poco rojos por el vino: ¿No entiendes? Es la musa, se me fue la musa. Supe de inmediato que esto era peor de lo que yo creía. Un poeta puede pasar hambre, enfrentar la miseria y hasta la persecución política. Pero se derrumba si pierde la musa. Entonces le dije que era necesario idear de inmediato un riguroso plan de terapia para enfrentar la difícil situación. Pero cómo, cómo, me decía, llevándose las manos a la cabeza. 

Me contó que se la pasaba imaginando diálogos con ella en los que le preguntaba por qué se había ido, cuándo regresaba, qué significaba su silencio, si su partida se debía a una falta suya como poeta. Incluso le pedía que por lo menos se comunicara por correo electrónico o le enviara algunas frases en un mensaje telefónico porque no soportaba no saber de ella. Cuando oí lo del correo y el teléfono me preocupé más todavía porque sé que los poetas pueden tener un pie en la fantasía pero se supone que mantengan el otro acá, en la realidad. Decidí que empezáramos cuanto antes la sesión de terapia. Le dije: Vamos a intentar sacarte la musa o aliviarte de su ausencia precisamente aumentando el dolor hasta que ya no sientas más. ¿Pero tú crees que ella es una muela que se puede sacar así como así? me respondió medio herido. Digamos que es una metáfora, le dije. El tratamiento incluye música, vídeos y la redacción de cartas. Puso cara de duda diciendo no sé, no sé. Bueno, le dije, ¿te quieres aliviar, sí o no? Sí, claro, pero hay algo dulce en esta herida. Siento que la tengo cerca aunque no esté conmigo. Exclamé ¡ay, los poetas! y nos servimos otra copa de vino.

Empezamos con las cartas. Yo había leído en algún libro de autoayuda sobre el valor terapéutico de la redacción, así que como parte de la terapia le pedí a mi vecino que escribiera un breve mensaje a la musa, y esto fue lo que escribió: “No quiero importunarte. Pero no recibir noticias de ti me desespera. Ya sé que no tengo ningún derecho a pedirte que me escribas. Pero como no sé la razón de tu silencio me desespero. Sólo te pido que no cerremos ninguna puerta.” Le dije que el mensaje era misterioso, críptico, a lo que me respondió: “Ella entenderá muy bien.” Como en los secretos entre poeta y musa no me entrometo dejé el tema. Pero le pedí que escribiera otro mensaje por si ese no lo aliviaba lo suficiente, y éste fue el resultado: “Es ridículo. He llegado a sentirte a mi lado varias veces. Si estoy con otros es gracioso sentirte conmigo sin que se den cuenta de que estoy absurda e invisiblemente acompañado. Ahora creo que estás aquí aunque sé que no es así. Mi amigo me quiere curar, pero él no sabe, no sabe.” Vaya. A mí no me metas en problemas, le dije riendo.

Luego pasamos a la fase de la música. Nada más conveniente que algunas de las arias más famosas de Puccini: Che gelida manina, E lucevan le stelle, Nessun dorma etc. Las voces de los tenores nos llevaron a Gardel, El día que me quieras, Volver . . . Y por ahí seguimos: Reloj, con Lucho Gatica, Mundo raro de José Alfredo Jiménez. Luego buscamos voces boricuas: Amor perdido, con Daniel Santos, Tú me haces falta, con José Feliciano, Usted es la culpable, con Gilberto Monroig etc.

Cuando llegamos a Yolanda de Pablo Milanés y María del Carmen de Noel Nicola el poeta se mostró algo contrariado. Yolanda era esposa de Milanés, y se dejaron. Y María del C. es ideología hecha a la medida del deseo masculino todavía tradicional. Sin embargo, es como la pareja para el “hombre nuevo”. Barbi y Kent disfrazados de revolución. Eso le incomodaba. Hombre del pasado, sentía los tirones de la atracción y de la autocrítica. Me reí pero me quedé pensando. El comentario era raro porque él debía saber que las musas femeninas son ficciones masculinas, como la suya, pero, en fin, . . . desvaríos y contradicciones de un poeta despechado. A mí me gustan las dos canciones, a pesar de los reparos ideológicos o biográficos. Es interesante el contraste entre la Yolanda real y la María del C. inventada. Tal vez la musa de mi amigo, como imagen, tenía algo de las dos y por eso el conflicto de sentimientos. Yolanda le abre el pecho y le desnuda con siete razones (y se va) y María del C. le mira el anillo en la mano derecha y sonríe despacio (pero no existe). Demonios, –prosiguió el poeta– es para desconchinflarse, como le oí decir a alguien hace tiempo. 

Luego nos fuimos a yutub y eso fue –por poco– el acabóse.

Bastó ver y escuchar a la Durcal y al Sabina en Y nos dieron las diez, a C. Veloso en Cucurrucucú paloma, y a Silvia Pérez en el Pequeño vals vienés, para echarnos a llorar. En un momento, loco de desesperación, mi amigo corrió a la cocina, buscó un cuchillo y ya se disponía a cortarse las venas cuando lo detuve gritándole como en un conjuro de exorcista: ¡Deténte! ¡Por la musa que quieres, no te cortes! ¿Cómo vas a escribir cuando vuelva? Recapacita. Y lo convencí. Y seguimos con nuestro ritual. Esta vez, volvimos a los discos de 33 revoluciones. El apartamento del poeta se convirtió en cafetín sagrado con vellonera directa al corazón. 

La terapia fue un fracaso. Yo, como exorcista, había sido vencido por la musa del poeta. Ya casi amaneciendo, los dos abrazados llorábamos la ausencia de la pérfida y hermosa dama que nos había abandonado mientras cantábamos “Entre suspiro y suspiro” con Jorge Negrete a todo volumen y pulmón. No sé cuántas botellas vacías había encima de la mesa. El concierto acabó abruptamente cuando oímos golpes en la puerta. Los vecinos ojerosos e indignados estaban allí con la policía. Nadie entendía ni podía entender la fallida sesión de terapia que llevábamos. No conocían a la musa. Si la hubieran conocido tan bien como nosotros, todavía estaríamos cantando. 

Esa noche, gracias a la melancolía de mi vecino, redescubrí y reviví lo que ya sabía: la ausencia alimenta la pasión. Y yo, no sé si por contagio del amigo o sólo por seguirle la corriente, también me enamoré. Ya hemos vuelto a ver Doctor Zhivago y a analizar La voz a ti debida, de Pedro Salinas. Y aquí estamos ahora, otra vez, solos, el poeta y yo, mirando el atardecer, en espera de la musa.

 

El autor es profesor de la UPR en Río Piedras y poeta.

 

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