Bookmark and Share Bajar en formato PDFComentariosVer foto galería

C.1989 (tercera entrega

Ver foto galeríaVisita la foto galería (1)
Perfil de Autor

Por Cristina Pérez

Publicado: miércoles, 18 de julio de 2018

Hoy volví y que con el mismo sueño. Lo mismo pero no. Era otra cosa. Era el mismo de antes. El sueño que no se me aparecía ya desde entonces. Entonces. No sé. En algún momento ya no vino más. Y anoche es que le dio por volver a la sustancia. Era otra cosa anoche, eran muchos militares. Parecían, además, benignos. Eran jóvenes. Había mujeres. Bien vestidas dentro de lo que cabe. Verde olivo pero sin manchas ni nada, algo sencillo, y pensado, quizás lo diseñé yo misma desde por allá desde esos territorios del no se sabe, o quién más podría haberlo hecho. Pero sí, ahí estaban. Qué más prueba. Entonces. Llevaban faldas pegadas y quizás un adorno liso como sobre el pecho, nada elaborado pero ese color terracota, será. 

Venían a poner orden. Un orden. Alguno. Algún orden en algún lugar. Estaría desordenado. O no. No estuve allí antes para ver a qué venía lo de su llegada. No he encontrado cómo llegar al lugar que está justo antes del sueño. Cosas mías. El miedo habrá sido lo que había primero, y los venía llamando a que se hicieran el viaje largo y veloz desde las regiones. Pero ahora pasaba todo al revés. Ahora no era como antes porque ahora vino a ser el miedo lo que los trajo. El miedo no los temió, a ellos, no, a ellos los trajo. Y eso entonces será porque el miedo ya estaba aquí plantado desde hace. Ya estaba el susto. Venía haciéndose cosa fija entre nosotros.

No me fijé si llevaban botas y los rifles no llegaron a componerse en la imagen. Ahora otro asunto es lo que ellos tendrían en mente. Y con qué derecho tenían mente esas cosas de sueños, e incluso algo dentro de ella, de la mente insustancial, si cabe la pregunta. Con qué derecho los sin sustancia están cobrando realidad, y con ideas. Porque a algo habrán venido, las muy arregladitas con sus colores de tierra. Y que no me entero de las razones. Que no me dan las dimensiones del sueño para verles la maña. Que ahí se plantan como foto muy unidimensionales, sin pasado y sin causa y como si con ellos no fuera lo de venir a joder. Y que yo sé por dónde viene la cosa, pero también me detengo en el detalle de que se ven bien limpias. 

Ellas, ellas son lo mismísimo que la ola, lo único que verde olivo y terracota y mujeres. La ola es el otro sueño y al final viene a ser todo lo mismo, si es que le buscamos bien la vuelta. O ya si nos ponemos en esas, también viene a la mismidad el sueño en el que me corren por calles oscuras que seguro acaban mal como de cunetas y sangre y finales de verdad últimos y también da lo mismo ese otro sueño, el de la maleta que se me olvida pero no hay manera de buscarla, es tarde y el avión arranca no se sabe a dónde y ahí me voy tan ligera como sin nada, arrepentida, o ya para irnos a todas, lo mismo que abrir la boca en el sueño para gritar que me ayuden que ya me muero que me hacen algo, que no, que no y que de ese grito no salga ni el sonido debilucho de un suspiro. Ah, pero el de la ola era bien persistente. Así que para ir atando cabos sueltos volvemos al tema de mi mamá. 

De alguna manera o de otra manera la ola nunca terminaba de arroparme. Estaba siempre mi mamá cerca y ella como que la detenía o algo y hasta ahí llegó la angustia de tsunami. Pero ya ahora esto es lo inseguro que fue siempre, la tierra y el cielo al descubierto y todo lo demás tan sólo allí, puesto como por el viento y en un soplo. Y no he vuelto a soñar con esas olas, que era una pesadilla que me venía mucho cuando recién me mudaba a las grandes ciudades, las dos veces, mucho al principio. La ola la ola la ola que venía y se lo iba a llevar al mundo ese del sueño y eso era por un lado también un alivio, si todo no estaba la verdad como para aferrarse. 

La ola que se va y los militares que han vuelto. Es en parte una tranquilidad que vuelve. Que ya por el simple hecho de llevar conmigo tantos años es una pesadilla como autóctona y que sabe mucho al recuerdo. Viene de vuelta como que es un anuncio de que ya te creías que te habías quedado sin miedos, pero no, que quién te fuiste a creer que eras, ni tan grande ni tan pequeña y que así tampoco se puede vivir olvidando. Vinieron sólo a manera de aviso. Las mensajeras de los trajes olivo. Las mensajeras del orden vinieron. Sólo vinieron silenciosas y en lo oscuro, no hicieron nada más que venir. Como diciendo esto en principio para avisar, que aquí estamos, que en cualquier momento, que ojo. La verdad es que ni nada dijeron. Es el orden. Son los cuerpos ordenados y el comentario sin palabras de que aquí estamos para ordenar, que no necesitamos permiso, que aquí somos ley. Todo eso con la mirada y con los cuerpos y con los uniformes y con lo que yo le añado, el detalle del adorno terracota y todo lo que no traspasa la barrera al despertar. 

Parecían benignas pero a quién le importa, nadie se va a creer el cuento rosa en estos tiempos. Y el que me lee que se detenga y que se pregunte y que diga, si esto no ha sido un sueño que ha tenido y si no es que será un sueño de todos. Una pesadilla que hemos tenido en sintonía y que ni lo sabíamos, es que dice que los sueños casi todos se olvidan nada más abrir los ojos, y que se tome también en cuenta el impedimento de que al que va por ahí con un propósito no le van a interesar las pesadillas ajenas. Pero que me diga, si me equivoco, si no era que los militares, desde hace, estaban escondiéndose en el terreno seguro y tramposo de nuestros sueños. 

Parecía por un momento que yo estaba hablando de mí misma y que esto era como hacer terapia con los miedos de alguien más. No pero eso es trampa y pasa que ahí está la tela amplia en el fondo común que es como un cielo que amenaza con caerse o doblarse en varios pliegues y si se dobla nadie me va a decir que no es como una ola decidida a arroparlo todo. Estábamos todos en el mismo barco mirando cocodrilos de fauces bien abiertas, o ballenas asesinas, o nos subimos todos en los mismos coches destinados a explotar y a hacer añicos la ciudad de fuego. Llevamos todos arrastrando esta carne atravesada con objetos que punzan que alguien improvisó para arma blanca cualquier cosa es buena, y también nos hemos ido caminando con la imagen fija de la pistola apuntándonos de frente. O si no por qué nos fuimos como nos fuimos los que nos fuimos y por qué se quedaron como se quedaron los que se quedaron. 

Si ya lo dije. Teníamos el recuerdo futuro del orden silencioso y estático de las mensajeras verde olivo. Y lo que pasó es que hubo quien, sin darse mucha cuenta, decidió alcanzar el recuerdo desde antes con las manos en la maza, con cuchillo en cada mano no se fuera a quedar corto de ataque y para empezar a atacar nunca es muy temprano. Y se soltó. La lluvia de las balas como si fuera cosa de ponerle mantequilla al pan cada mañana antes de salir por la puerta. Y a cada uno nos cayó alguna lanza, algún casquillo, si tan siquiera un roce pero las más de las veces en los lugares clave. 

Nadie no lo supo. Y que no venga con ideas como excusas, que el cuerpo es más que eso, y que el cuerpo sueña y sueña lo que teme. Y que si nos despertamos es porque ya estamos sabiendo demasiado como para. Cada mañana sabiendo más. El asunto es saber lo que se sabe que no es así como un asunto inmediato y ya estamos, no. Toma tiempo y toma sueños y toma despertares. Las de verde olivo se venían cuajando y lo veníamos sabiendo, que son materia de vieja historia, de un fondo confuso en el que ponerle orden a las cosas se traduce a la ligera en matar buena parte de esas cosas para que se facilite el asunto. Así que vinieron a matar a los que se estaban matando.

  (0) Comentarios




claritienda La Patria Va