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Estación a la deriva (VII)

Icaro
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Por Noel Luna

Publicado: miércoles, 18 de julio de 2018

DAME EL TACTO QUE GUARDAS EN TU OLVIDO. / Quiero hundirle recuerdos. En su historia / habrá tal vez un poco de memoria / y algunas otras cosas que no han sido, / pero ello poco importa. Dame el tacto / que pierdes cada noche de reposo / y alguna cosa haré, tan cauteloso, / que ha de volver a ti perfecto, intacto. / No pienses que es por mí; es por los otros, / aquellos que no saben de nosotros / y no imaginan cuál es el destino / de una caricia en mayo. Aquella tarde / es un fuego dormido en donde arde / con lenta calma el pan, el pez y el vino.

 

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ESCRIBIR UN SONETO DONDE QUEPA EL MUNDO y toda la soledad del mundo. Escribir un soneto de nada. Escribir un soneto pensando que es el primero y el último, pero que en él no haya prisa. Escribir un soneto con ganas de que no sea un soneto, sino la coincidencia extraña del sentido y la música casi oculta e imperceptible. Escribir un soneto con ganas de que quede, y que cada palabra sea un enigma, un arcano, y que la sintaxis sea producto de la necesidad en tal medida que Dios se reconozca en ella, y que se mire en ella, y que llegue el momento en que ya no distinga su piel intacta de las líneas exactas del soneto. Escribir un soneto con la alegría inagotable de estar escribiendo un soneto, y punto.

 

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EN ESTE CUADERNO NO HAY LÍNEAS DISCERNIBLES, sólo un enorme vacío. En sus pliegues ocultos se acomodan las sales, los números, las tardes. Las palabras no estallan; se van acumulando y van trazando rostros que apenas se perciben, y acaso trazan rutas que ya no van a ningún lado. Este cuaderno es una casa de citas atestada de oscuras sensaciones. Yo llego y lo recorro con mis ojos y pregunto si me esperan. Así pierdo las páginas que corren por mis manos. Este cuaderno no dice lo que sabe y es como un adivino caprichoso que calla sus virtudes, y me deja con ganas tremendas y silencios. Algunas veces vengo corriendo a contarle algo con una fuerza extraña, pero tan pronto lo abro y contemplo tanta ausencia se me acaban las palabras, las que puedo decir y que no digo, y comienzo a divagar, pero todo es un dolor y un extravío, y mis pasos se pierden en la casa. Este cuaderno es esa casa que todos han pisado alguna vez, pero de la que acaso no todos han salido. Las páginas contienen sus fantasmas, que luchan por salir. Este cuaderno lo sabe y no le importa; sólo quiere más tinta, más sangre de las manos, que le agoten el vacío, que le deshagan tanta ausencia, pero el precio es la ausencia misma del que pisa, de quien entra en la casa. Este cuaderno es la casa del silencio.

 

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LLEVAMOS TRES DÍAS EN ESTOCOLMO y todo ha estado tan callado que he comenzado a extrañar el oscuro movimiento de París. Hay razones de peso para estar aquí, y no en Barcelona, adonde quería ir. El dinero se va agotando. Aquí nos ofrecen techo y comida gratis; en Barcelona habría que pagarlo todo, y entonces habría que acortar el viaje. Ayer visitamos la parte más antigua de la ciudad, comenzada a levantarse en los siglos XII y XIII. La arquitectura es de una sobriedad que a veces asusta: líneas simples, sin ninguna ornamentación. Rectitud por todas partes, y un viento frío que incluso en julio recorre las calles. En el empedrado de sus calles angostas recordé el Viejo San Juan, en cuya Calle Sol alguien me espera. Caminamos y caminamos. Desde uno de sus puntos más altos pudimos ver las islas –Estocolmo es un archipiélago– y me sentí cercanamente lejano, como si algo de esas calles fuera conocido. Tal como lo imaginé, Estocolmo es una ciudad muy tranquila. A ratos asusta su silencio, en el que somos, de una manera fatal, nosotros mismos.

 

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HOY EL DÍA HA SIDO ESTUPENDO, en una intimidad distante del bullicio parisino. En la mañana, mucho café y conversación. Pasamos la tarde en Gamla Stan. Comida sabrosa a las 8:00 pm: sopa de calabacines y pan. De postre, pie de manzana y helado caseros. Luego incontables copas de vino tinto español con una encantadora pareja uruguaya que viven aquí mismo, en la Universidad de Estocolmo, en cuyo recinto nos alojan. Larguísima conversación sobre literatura, música, política y filosofía. Volvimos ya muy tarde al apartamento. Ahora despierto bastante aturdido y de momento creo estar en mi cuarto, en San Juan, rodeado de mis libros, con la destartalada computadora esperando, como antes, con las teclas ávidas del tacto de los dedos que transcriben sueños perdidos en la noche ida. Pensé que pronto escucharía a mi madre recorriendo el pasillo. Pensé que mi padre trabajaba afuera, repartiendo correspondencia en el campo. Pensé que mi hermano andaba por Cayey, su esposa y su hija en Cidra, y mis hermanas durmiendo. De pronto sentí toda la paz del mundo y me volví a dormir.

 

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BUSCO UNA PIEDRA GRANDE Y PESADA para llevarla en un bolsillo. Quiero una piedra sin forma, capaz de ser todo para todos, y ya no tener que explicar por qué es mi piedra y no otra. Aún no la encuentro, pero mi piedra me espera. La busco al borde de ríos y caminos. La busco en la orilla de la playa, donde suelo imaginar que se ha escapado, o que la furia indistinta de las olas la atrapó. Busco una piedra sin nombre que me quepa en el bolsillo y en cuyo peso fatal quepa mi mano. Podré tocarla cada tarde, y en la aurora mirarla como un loco. Podré ponerla en mi mesa para que me acompañe al escribir, y llevarla conmigo a tierras lejanas para poder sentir que estoy en casa, que nunca me fui, y que todos secretamente me conocen y me esperan. Jamás seré un extraño, y al mirarme en el espejo no sólo veré un montón de líneas deformes, sino un rostro querido y conocido, unos ojos que han visto la belleza, una boca que ríe y unas mejillas bañadas de sales y deseos y recuerdos. Busco una piedra que me salve para llevarla conmigo a todas partes y mostrársela a todos. Si la encuentro, el problema sería que querré regalarla al primero que sonría, y así se perderá esa piedra que he buscado, y volveré a buscar y buscar, tal vez hasta perderme, o que la piedra me encuentre a mí.

 

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TE HAS DETENIDO AL BORDE DEL ABISMO. Una mano procura el equilibrio, la otra se introduce en el bolsillo y da a la luz el rostro del espejo. Preguntas por ti como estando ausente. Finges ya no estar y no saber, y el espejo te cree y el cristal salta y colma tu pregunta con un grito fatal de despedida. Ya la mano no busca el equilibrio. El cristal va cayendo y va cayendo. Entonces ya no sabes ni recuerdas si saltaste al vacío o sólo decidiste no mirar.

 

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ÍCARO // Hoy es el día. El cielo espera, abierto. / Ya debo alzar el vuelo de estas ruinas. / Mi padre tiembla: teme que haya muerto / la última esperanza en que se inclina. / Hoy es el día. Asesiné la espera. / El cielo es un borrón que se deshace. / El sol codicia el tacto de la cera. / Mi padre tiembla. Algo no le place. / No queda tiempo. Ya debo marcharme. / Mi cuerpo siente le han nacido alas. / Augurios tristes –aves– cosas malas. / Algo, tal vez la muerte, ha de encontrarme. / Ya poco importa. Debo alzar el vuelo. / De lo demás no sé. Me espera el cielo. (Estocolmo, 4 de julio de 1995)

 

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EN LA UNIVERSIDAD DE ESTOCOLMO vuelvo a pensar: acercar las manos como si en el tacto nos jugáramos la vida, y sentir que cada dedo es camino a la piel. Romper el frío de golpe, y de golpe fundirse en otras manos y otro cuerpo, y sentir entonces que nacimos sin nombre, y que estamos hechos para no ser. Pero cómo decir, como Pizarnik, que partió de mí un barco, llevándome.

 

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ALZAR LA COPA, ENCONTRARLA VACÍA. / El vino se derrama en otra parte / y yo, con sed, he asesinado el arte / de estar así callado cada día. / Por eso me desangro. Todavía / palpita en mí la furia de dejarte / tan seca, boca, y no poder saciarte / es no poder sentir lo que sentía. / Ausencia es mi prisión. El vino cesa. / Las horas no promulgan su sorpresa / y en una copa caben soledades / tan vastas como el mundo. No preciso / si lo que pierdo es sólo el paraíso / o sólo vanidad de vanidades.

 

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LA PÁGINA ES HABITABLE sólo como palimpsesto. Abundan la tachadura, la descontextualización, los errores, las imprecisiones y los plagios. Todo está fuera de lugar, incluso yo, en este frío Estocolmo que, sin disgustarme, no es el lugar que prefiero. Cada pieza habita un extravío. Lo que importa no es perderse, sino qué ruta insospechada nos acecha.

 

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LA PIEDRA QUE BUSCABA me la acaba de traer un niño, y sin saberlo, sin sospecharlo, he sonreído. La pongo de inmediato en mi bolsillo. Siento que llevo a Estocolmo conmigo, y que en cualquier parte del mundo, este niño llamado Patrick me ha hecho sonreír.

 

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