Camino de libertad

Nacionales / OSCAR LOPEZ

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Oscar López Rivera

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Perfil de Autor

Por Luis Nieves Falcón

Publicado: lunes, 3 de diciembre de 2012

Nació en San Sebastián hace 51 años.  A la edad de nueve años emigró con sus padres  y fue a vivir a Chicago, en el barrio puertorriqueño.  Hijo excelente que recibe la medalla de bronce por su valor en Vietnam.

Allá en Vietnam comienza a comprender la injusticia de la guerra y, a través de la bandera puertorriqueña, empieza a tomar conciencia de su ser puertorriqueño y de su Patria- “¡Puerto Rico! La tierra /donde tiene clavada/ la profunda raíz/ de cuanto en él se encierra”.1

Regresa a los Estados Unidos y al ver las condiciones de pobreza en que viven sus hermanos puertorriqueños se dedica a la tarea de luchar por mejorar sus condiciones de viviendas, educación y salud.  Observa, también, que los negros, los hispanos en general y los nativos americanos comparten la misma opresión.  Les da la mano en sus luchas respectivas.  Pero, el racismo le sale por donde quiera y sus esfuerzos por modificar las condiciones sociales lo convierten en sujeto de la persecución oficial.

Decide luchar por la independencia de Puerto Rico convencido de que la falta de poderes de su Patria para decidir los asuntos vitales del país es lo que causa las condiciones deplorables de su gente en la Isla y en la metrópoli.

A esa lucha se dedica en cuerpo y alma; a ella dedica su vida y su hacienda.  Es que el dolor  de los que sufren en su Patria y en las comunidades norteamericanas él lo sufre muy hondo.  El dolor diario de su gente es su dolor diario.

Perseguido, capturado, juzgado, sentenciado y encarcelado: “Un puño ensortijándose lo encierra/ en otro puño sordo de armonía/ y luego como cosa sin valía/ al país de las sombras lo destierran”.2   
    
Comienza la agonía del martirio carcelario.  Su dolor y sufrimiento encorva el dolor y el sufrimiento de todos los  prisioneros políticos puertorriqueños.  Lleva 31 años encarcelado sentenciado a cumplir 70 años de prisión.

Su sentencia es 13 veces más larga que la de una persona convicta por crimen organizado y extorsión; 8 veces más larga que la persona condenada por ultrajar violentamente a una mujer; 7 veces más larga que la condena impuesta al que comete asesinato en primer grado; y, 5 veces más larga que la impuesta a un convicto de robo armado o robo de banco.

Pero Oscar no ha matado a nadie; no ha agredido violentamente a nadie.  Su delito: defender la independencia de su Patria.

Con esa condena, “su voz es voz de una cadena/su palabra ha dejado de ser libre/¡pero el grito no deja de ser grito!” 3

Es un grito que retumba y nos conmueve porque a la larga condena se une el exilio de su Patria y de sus familiares.  La lejanía de la cárcel sólo permite la infrecuente visita de sus familiares.  Su madre no podrá verlo ya más.  Mita, ha perdido sus facultades mentales.  Pero en los breves momentos de conciencia, grita: “¡No me maten a mi hijo! Y, llorando le pregunta a Mercedes, su hija: “¿Tú me vas a traer a Oscar?”  Para seguidamente, desgarrada en llanto, responderle ella misma: “Yo sé que tú no lo puedes traer”, y relapsa nuevamente al mundo de la inconciencia.  Fallece sin volver a verlo.

Esos 31 años de encarcelamiento, han sido 31 años de trato injusto y degradante durante  los cuales sus carceleros lo han intentado todo.  Por años solo en una celda tan pequeña que pasa la mayor parte del tiempo sentado en la baldosa de concreto que le sirve de cama, ya que no hay espacio suficiente para caminar.  Años de privación absoluta de todo contacto con un ser humano.  Sin hablar con nadie.  La luz incandescente prendida las 24 horas en su celda.  La privación del sueño despertándolo cada hora.  El material de lectura limitado.  Las visitas limitadas.  Sólo puede ver a su hija y su nieta a través de un grueso cristal a prueba de balas.  No puede abrazar ni besar a su hija.  No  puede tomar en sus brazos a su nieta.  Y, encima de todo eso el horrendo registro al desnudo.  La inspección de todas las cavidades del cuerpo por sus carceleros.  Con intrusión física del carcelero en su cuerpo.   Los oídos.   La nariz. La boca.  Las axilas.  La palpación del pene.  El registro del recto.  En las mujeres, el registro forzoso de la vagina.  Por un tiempo, cuatro registros al desnudo antes y cuatro registros adicionales después de cada visita.  la protesta fuera de la cárcel de los que lo quieren; el dolor de los que sufren afuera lo que él sufre dentro han forzado a las autoridades carcelarias a que modifiquen sus horribles condiciones.  Y, sigue y prosigue el esfuerzo sistemático por forzarlo a que se suicide o se vuelva loco.

Sin embargo, el cuerpo adolorido, el pelo completamente encanecido y las heridas emocionales no han podido quebrar el espíritu de este patriota puertorriqueño.  Él, como los demás hombres y mujeres encarcelados y como otros hombres y mujeres del pasado nos afirman con su resistencia divina.

“Me pusieron cuerdas invisibles
y grilletes de plomo
Me sacaron la sangre de las venas
Me escupieron el rostro
y fue a la hora en punto…
Me encerraron en una celda amarga
y me rompieron mi vida palmo a palmo
y fue a la hora en punto.
Y me dejaron solo nuevamente
en esa celda amarga.
Se alejaron uno a uno paso a paso.
Se alejaron vencidos en desbandada
Comprendiendo por fin ciertamente
Que encerraron a un hombre y no a la Patria
Y fue a la hora en punto”
.4

Oscar López Rivera.  Compañero de siempre.  Sólo puedo recordarte y sentir tu dolor diario conmigo.  Y luchar, para que tu calvario, que es el calvario de todos nosotros, cese; y, así poner fin a la injusticia.  En la lucha que nos transforma y nos hace hermanos invoco la oración, que en otro momento y desde la celda grande que es esta Isla, compusiera el poeta con mirada esperanzadora al cielo:

“Hermanos mío, puertorriqueño, escucha;
abre sin temor tu sentido a estas palabras:
La Patria.  Es valor y Sacrificio…
Oído de mi pueblo, has escuchado.
Sal a encontrar el cosmos.
Sal a encontrarte a ti sobre ti mismo…
Sal a encontrar al Pedro que te aguarda,
Sal a encontrar al Pedro que se enferma…
Sal a encontrar al Pedro que encarcelan.
Sal a encontrar al Pedro,
que,
aún bajo la tierra,
permanece de pie sobre guilarte
izando la Bandera” 5
¡Amén!

 


El autor es activista, abogado y portavoz del Primer Congreso sobre los Derechos Humanos en Puerto Rico.

Notas

1-Manuel Joglar Cacho, “Faena íntima”, 1970, pág. 103.
2-Manuel Joglar Cacho, “Cien campanas en una sola torre”, 1986, pág. 57.
3-Ibíd., pág. 133.
4-Humberto Pagán Hernández, en Luis Nieves Falcón, “Recoge tu destino borincano”, 1993, pág. 75.
5-Vicente Rodríguez Nutzche, en “Hasta el final del fuego”, 1992, pág. 272 (fragmento).

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