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De gallos

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Publicado: miércoles, 19 de diciembre de 2018

 

CRUELDAD Y VIOLENCIA CONTRA LOS ANIMALES

 

Hay tres ideas opuestas sobre la crueldad hacia los animales y la violencia: una es que actividades como las peleas de gallos y las corridas de toros, son parte de lo que se conoce como patrimonio inmaterial de una comunidad (entiéndase, la tradición = costumbres y valores que se pasan de generación en generación) y por esa razón, no se tipifican como delito. Esta idea se rebate con el argumento de que hay otros valores fundamentados en la dignidad, que impiden que el ser humano trate a la naturaleza como algo que puede y debe ser dominado y controlado a su gusto. Obviamente, si usted, posiblemente por causa de las ideas religiosas que le inculcaron de niño, cree que dios le dio dominio de toda la creación al hombre, y que éste es superior al resto de la naturaleza, pues esta idea que menciono de la dignidad a través de las especies, se le hará extraña. No la entenderá. Si es difícil hacer entender la perspectiva de género, imagínese cuán difícil es hacer entender que la naturaleza tiene derechos fundamentados en esa misma dignidad que nos atribuimos los humanos. 

La segunda idea es que las actividades violentas sancionadas por el estado, son una manera de controlar los impulsos del ser humano. Sin peleas de gallos y sin corridas de toros, las tasas de asesinatos y violaciones estarían por el techo. Esa idea también se refuta viendo las estadísticas de delitos violentos de países que permiten las corridas de toros y las peleas de gallos, y comparándolas con las de países que no las permiten. De hecho, pienso que mostrar violencia animal a los niños (violencia no es solo matarlos, es mantenerlos en condiciones de hacinamiento, en jaulas, etc) en circos y zoológicos, los lleva a crecer con la idea de que la violencia es normal. Yo lo llevo más lejos. La crisis de perros y gatos realengos que se reproducen sin control alguno, es causado por esta idea del dominio de los hombres sobre los animales. 

La tercera idea, es la que ya he presentado, de que los animales no humanos merecen tener derechos, o a lo mínimo, ciertas consideraciones, que los protejan de trato cruel y abusos. Esa es, a mi entender, la que debe prevalecer. 

Por otro lado, estoy segura que el 99% de las personas no ve relación entre las peleas de gallos, la violencia doméstica e inclusive la construcción de género. 

Las peleas de gallos constituyen una actividad mayormente masculina y son un excelente ejemplo de cómo se construye el género y se desarrolla el privilegio masculino en una sociedad. Las peleas de gallos representan el ideal masculino de la dominación sobre todo lo que es inferior a él, incluyendo en un momento dado en la historia, la mujer. Por eso hay deportes que se llaman de reyes o caballeros. 

Los gallos son una extensión de la masculinidad. Una parte primordial de la construcción de la masculinidad, es que siempre está en duda, hay que estar comprobándola constantemente. Y al hombre que pierde, ya sea una pelea, un debate, o a su conquista amorosa, ¿cómo lo insultan? Con palabras o imágenes asociadas con la homosexualidad. Te lo dejaste meter, etcétera. Nada, que el hombre, más que probar que lo es, tiene que probar que no es mujer, y las peleas de gallos constituyen parte de esa construcción social que le asiste en esa misión. La misma construcción social de masculinidad tóxica que mantiene la violencia contra la mujer a niveles alarmantes en Puerto Rico. Así que si queremos reducir la violencia contra la mujer, hay que luchar por una construcción de género en la que no haya espacio para la violencia contra los animales.

 

Mercedes Garriga es abogada.

 

 

Pirulo

Tuve un gallo que lo llamé Pirulo. Ese sí era de pelea. Había que separárselo al cartero quien amenazó con demandarnos. Como Pone trabajaba en el correo, sabía que estábamos en riesgo. Luego de convencerme, le pusimos esparadrapo en las espuelas. 

Eran espuelas valoradas en $80 cada una, según me las salió a comprar Don Manuel, el vecino. Don Manuel era de armas tomadas, literal. Tenía una pistola y cuando el carro no le prendía, le pegaba par de tiros para que encendiera. Cuando Don Manuel me explicó el proceso para sacarle las espuelas, me espanté. Le dije a Pone que jamás lo permitiría. Pone lo veía como una solución al problema que causaba Pirulo en el vecindario. Velaba a Nelly cuando doblaba la curva para entrar a la Gonzalo y la perseguía. Verla correr gritando “Maricarmen, recoge el gallo”, era surreal. 

Nelly era mi amiga. Vivía más abajo de mi casa. Con ella aprendí que el mejor acondicionador de pelo era el aguacate majado. Le dejaba su pelo teñido de rubio brilloso, bien parecido al de una muñeca que yo tenía que decía “Vamos a nonó” cuando le halaba la cuerda que tenía en la espalda. 

Pirulo no perdonaba a nadie. Ni siquiera a Jackie, nuestro pastor alemán. Cuando Pirulo se le encrestaba, el pobre salía corriendo. El gran Pirulo, dueño y señor de la Gonzalo Phillippi, la calle sin salida de Los Maestros, donde me crié. 

Le pusimos los esparadrapos y al otro día desapareció. Ya no tenía con qué defenderse. Pirulo había sobrevivido a una gallina que lo rechazó al nacer; a la vida urbana; cuando con días de nacido me lo traje del campo de Susúa a la ciudad; a los pedazos de alfombra que se comía y embuchaba; a Cristina Bazán, novela que veía sentado con la familia; al ratón que lo dejó medio virao’; a David y Federico cuando inundaron nuestro patio; al garadiábolo que mató los güimos de Rodolfito; a todo menos a los esparadrapos. No se echaba a pelear. Pelear era su naturaleza, excepto conmigo. Era mi mascota. Aún lo lloro.

 

María Pérez Gutiérrez es directora de la oficina de relaciones públicas de la Asociación de Maestros.

 

CULTURA

 

Noel Luna

 

Me importa poco

que las peleas

de gallos sean

o no cultura

como proclaman

dándose fieros

golpes de pecho

quienes procuran

 

a cualquier precio

 

embrutecernos.

Sepan, señoras,

señores y se–

ñorites que la

dichosa palabra

cultura ya no

nomina sino

aquello que se

pueda vender

y aquello que se

pueda comprar.

Cultura (repiten)

son los autóctonos

trajes que visten

las resilientes

beldades que aspiran

a levantarse

con la corona

y con el cetro

en el Certamen

Miss Universe.

Cultura (insisten)

es la estrellita

a la intemperie

en la que orinan

y cagan los perros

de raza en el

infame Paseo

de las Estrellas

en la Ventana

al Mar de Condado.

Cultura es el Centro

de Todo, en Plaza;

cultura es el Banco

de Richard Carrión;

cultura la empresa

Ferré-Rangel;

cultura la Junta

de Garden Hills;

cultura el vampiro

de Moca y la gárgola.

Cultura es el Black

Friday que dura

desde antes de

la Noche de Brujas

a las Octavitas

y que se renueva

cada febrero

catorce con la

monísima fiesta

de San Valentín.

Cultura es la ola

de feminicidios;

cultura es la pena

de tanto suicidio;

cultura el montón de

cenizas tóxicas;

cultura es el cierre

de escuelas públicas;

cultura la barba

del gobernador.

De un bando y de otro

se van de culo

diciendo lo que es

o no es la cultura.

Se exige en Washington

se nos considere

y por el amor

de dios se respete

la culturalísima

pelea de gallos.

Total, que se sabe

que una gallera

(¡sombrero de paja

con guayabera!)

fomenta mayor

cultura y valor

que la Benemérita

Universidad

de Puerto Pobre,

de Muerto Rico.

 

Noel Luna es poeta y catedrático universitario. 

 

 

Gallo que los tiene azules…

 

Luis Lloréns Torres

 

Gallo que los tiene azules,

es el que los sueños míos

ensueñan en desafíos

que el campo tiñan de gules.

Que su plumaje de tules

la lid desfleque y desfibre.

Y que cuando cante y vibre,

al lanzarse a la pelea,

su canto de plata sea:

¡viva Puerto Rico libre!

 
 

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