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Estación a la deriva (X)

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Por Noel Luna

Publicado: martes, 7 de agosto de 2018

ÁMSTERDAM, 1995 // No estoy aquí. No estoy, no estuve nunca. / No veo esta ciudad que se abarrota / de rostros sin historia. Me es ignota / y acaso necesaria. Esta voz trunca / la dice y la desdice sin saberla / y apenas sin oírla. En cada calle / tan suya ella se guarda su detalle / y tú el tardo deseo de tenerla. / Las putas y la hierba, la bocina / de un tren gastado y viejo que camina / por los pasillos de este laberinto / que es Ámsterdam, la sucia, la que implora / las sobras del amor, la que atesora / un sueño en cada cual, tal vez distinto.

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ÁMSTERDAM ES TAN DISTINTA a las ciudades que conozco que apenas comienzo a asumir que estoy aquí, caminándola. Hoy el día ha sido de pura y deliciosa disipación. Caminamos calles delgadas, entre viejos edificios, bordeamos canales interminables, visitamos varios cafés, tomamos cervezas aquí y allá, fumamos y alucinamos por las calles no menos alucinantes. Felizmente, aquí todo dista de lo que conozco. Las mujeres, bellísimas, conducen sus bicicletas en minifaldas cortísimas, bellas mujeres de cuerpos aún más bellos, calmadas. Por cada esquina ves un derroche de belleza inusitado, y todo te sorprende con calma, sin la urgencia de tener que escapar al instante. Hoy recorrimos las calles de la parte más antigua de la ciudad, parándonos dondequiera, dialogando, comiendo, bebiendo, fumando. Cavilamos sobre todo y sobre nada, sobre la posibilidad de ser otros, sobre la posibilidad de que este viaje a Europa nos haya cambiado irremediablemente. Escribir aquí, en el tercer piso de un hotel barato, frente a un canal, junto a la grandiosa estación central de trenes; sencillamente estar aquí, trazando líneas para que se las trague el olvido, es ya de por sí vivir de otra manera, es saber que existen otros mundos habitables, y que la pobreza de nuestro encierro insular puede ser abolida. Estar aquí es poder dejar de ser esto o lo otro, y sencillamente no tener tan claro qué es lo que soy, si algo soy. Estar en Ámsterdam es no sentirme solo dentro de la soledad absoluta, es habitar miles de cuerpos y de formas, e ir poco a poco diluyéndome en los otros, los que me confirman y me niegan, los que creyeron mirarme y que no vi, pero estuvieron allí, formando una tela infinita y cambiante. Ámsterdam es ahora para mí esa tela de Penélope tejida y destejida cada noche y día. Estar aquí, en la deliciosa y sucia Ámsterdam, donde abundan el sexo y el arte, el alcohol y la hierba, es al fin y al cabo descubrir que soy otro, acaso desconocido para mí mismo, y que siempre he buscado secretamente alejarme de la lucidez de los cuerpos lastimosamente reprimidos, y que el asceta puede ser un gran resentido, hambriento y sediento de aquello que aparentemente repudia. Soy otro, he sido otro, dos días en Ámsterdam me han bastado para saberlo. Sé que Ámsterdam siempre será un sueño al que buscaré regresar.

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LAS CALLES CEDEN, SUCIAS, al que pisa / con vago afán, con paso tembloroso, / y en súbito delirio una sonrisa / emerge de lo oscuro. Ese reposo / estalla entre las piernas de la prisa / y le deshace el rostro, ya borroso, / y le mutila el vientre y la esclaviza / hasta abolirla. Muero en el dudoso / preludio de las calles, y sonrío / con una risa extraña. Me extravío / y siento que me llaman a lo lejos, / en un rincón del mundo que no he visto / y acaso no veré. Tan sólo existo / en la fugacidad de los espejos.

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EL AGUA ME INTERROGA EN CADA ESQUINA. / Me pierdo y me recobro en ese rito / de arena. Cada calle que transito / me muere y me renace. Una bocina / de tren me llama. Habito la escalera / que desciende al canal, y en ese trance / decido asesinar la tonta espera. / Ella muere a mis pies. Que en paz descanse. / El agua me interroga en los rincones / del mundo, y se desborda en los salones / y me saca a las calles. Yo camino / y corro y me sujeto de los puentes / pero el sonido sordo de la gente / se rompe en mí y me arrastra a su destino.

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PARA HABLAR DE UNA CIUDAD ALUCINANTE habrá que alucinar, que descender en el rito difuso de las hierbas y las sales. Para hablar de Ámsterdam habría que usar otra lengua en la que el miedo y el deseo, la sal y la sangre, se mezclaran y fueran uno y una. Habría que difuminar los sentidos, dejar que el tacto, el olor y el sabor hablaran, permitir que cada sensación y cada disipación fuera relatada en sus propios términos, en su propia lógica de sudores y locuras. Para hablar de Ámsterdam sencillamente habría que beber y fumar como si se acercara el fin del mundo, y este paseo que damos fuera el último y definitivo. Para hablar de esta ciudad habría que tomar un largo respiro y sentir cómo cada cosa te llama y cómo el flujo de todo es el flujo propio, el de los pasos propios que se dejan llevar. Y sonreír y sonreír, hasta disiparse en la risa.

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VOLVER A TI, VOLVER. Volver al sueño / de no soñar. Volver, volver aprisa / y nunca despedirse o tener dueño. / Volver aunque nos cueste la camisa. / Volver a ti y pisarte en la tiniebla, / beber el magma inquieto de tu origen / y compartir el tacto que te puebla, / besarte en cada estatua que te erigen. / Volver a la promesa de tu boca / y en ti sentir que el orbe se trastoca / para decirte, a ti, la más querida / de entre las soledades en que habito / y así sentir que el rito es infinito / y que en el rito se nos va la vida.

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HEMOS NACIDO SIN DIOS QUE NOS PROTEJA. Hemos nacido sin padre ni madre, sin tierra, sin historia. Hemos nacido tan abismalmente solos que es difícil decirlo. Nacimos sin promesa de salvarnos, sin sueños por cumplirse. Nacimos desatados al mundo, con la furia de sabernos sin raíces, con la alegría indecible de no estar atados. Nacimos de nuestra contradicción perpetua, de la pregunta incontestable, de la piedra que rueda cuesta arriba y cuesta abajo. Nacimos de Sísifo. Nacimos de un vientre sin rostro, pero añoramos dicho rostro, su cuerpo, sus sales. Nacimos de la contrariedad de haber nacido, de ese dolor profundo, de esa herida que no sana, y al final sólo queda la muerte, la desnuda muerte que va puliendo sus gemas.

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SOBRE EL TACTO FUGITIVO / de tus dedos voy forjando / la pregunta: ¿cómo? ¿cuándo? / ¿Se me escapa algún motivo? / En el rostro frío, esquivo, / me recobro y me retengo. / De este mágico abolengo / de caricias desprendidas / nacen mil cosas queridas / que querría y que no tengo.

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NO NOTARÁN LAS CALLES QUE ESTOY VIVO. / Seré una cosa más, un amuleto / del viento, la promesa de un secreto / que no revela nunca su motivo. / No ser en un balcón, no ser al lado / del tren o de un café lleno de gente . / Esa es la solución: no se de frente, / de espalda, bocarriba o de costado. / No ser. Que sólo el mundo viva y sea, / que nos borre la espuma en la marea / y se deshaga en cada movimiento / el paso que hemos dado hacia el abismo. / Que todo, en un morir consigo mismo, / se borre. Que este verso se haga viento.

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QUE SE ROMPA LA NOCHE y el hueco que quede se haga inmenso. Que el vino que fluye por mi boca traiga nombres antiguos. De la sal surge el recuerdo, de la sal en los ojos, de las sal en el vientre y en la piel. De los mares de sal que fluyen por la espalda se sacian los ríos, pero la sal y se derrama el agua. Que se rompa la luz y en la tiniebla podamos gozar el rito antiguo. Que se rompan las calles de París, pero que queden tan grabadas en mi mente que pueda habitarlas a mi antojo. En medio de esas calles te hallaré, tan descansada de mí que has de matarme. Entre rostros nacerás y crecerás como ninguna, y en el mismo centro de tu anonimato gritarás mi nombre. Que se rompa mi nombre. Que se rompa esta sílaba de viento. Encuéntrame fugaz, sentado en un café, rondando librerías, sorbiendo el vino que ahora sorbo. Encuéntrame proteico, polimorfo, en el rito mismo de las mutaciones. Encuéntrame en las metamorfosis del silencio, en las variaciones de esta soledad entre multitudes. Encuéntrame feroz, en la embestida, deshaciendo la brecha que nos guarda, rompiendo de golpe esta distancia de siglos, y arrástrame, deshecho. Pero antes, que se rompa la noche y que quepamos en el hueco que quede, y que ese abismo nos colme y nos exceda, para que no volvamos a estar solos, y una vez reunidos en el rito del vino y de las sales, ya no seamos dos, sino uno solo, roto y desbordado en el vacío.

 

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