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Las bombas nuestras de cada día.

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Por Marcelo Barros

Publicado: martes, 7 de agosto de 2018

En estos días el mundo recuerda con dolor los días en los cuales el gobierno de los Estados Unidos lanzara bombas atómicas sobre las poblaciones civiles de Hiroshima (6 de agosto de 1945) y, dos días después sobre Nagasaki. Desde ahí las guerras evolucionaron de conbates restringidos a la destrucción masiva. Hoy, las bombas de Hiroshima a Nagasaki parecen juguetes infantiles conparadas con las centenares de bombas que nueve potencias mundiales amenazan con usar. 

Actualmente, los grandes imperios mantienen guerras en África y en el Oriente Médio. Así, sus empresas venden armas cada vez más sofisticadas y caras. (El mercado de armas es la segunda fuente económica del mundo, detrás de las drogas). Sin enbargo, para sus intereses colonialistas en América Latina, el imperio norteamericano promueve lo que él mismo denomina “guerra de baja intensidad” o “guerra de cuarta generación”. En las calles de Nicaragua, jóvenes protestan violentamente contra un gobierno que traiciona sus propuestas iniciales. Y la violencia policial los reprime. Sin enbargo, lo que les espera será sin duda mucho peor. La guerra económica contra el gobierno de Venezuela hace la vida del pueblo muy dura y difícil. Y al gobierno de Estados Unidos, esas desestabilizaciones de gobiernos electos le cuestan apenas unos pocos millones de dólares y no arriesgan la vida de ningún soldado norteamericano. En pocos años, el imperio ya ha logrado reconquistar casi toda América Latina. Sienpre que sea posible, EEUU paga lo que sea necesario a los propios gobiernos locales y los propios políticos brasileños y chilenos cuidan la recolonización. Cuba y Bolivia parecen la aldea de los galos de Asterix que, sin poción mágica, resisten al Imperio. Sin enbargo, los propios gobiernos vasallos del imperio se esfuerzan en dificultar cada vez más el proyecto de integración latinoamericana de Bolívar y del presidente Chávez.

En Brasil, el único que aún podía hacerle frente (Lula), con o sin respaldo de la ley, es mantenido en la cárcel. Poco importa que eso abriera a los ojos del mundo todo el proyecto inicuo del imperio y de sus vasallos.

Las bombas de Hiroshima y Nagazaki son anualmente recordadas. Sin enbargo, ¿quién recordará que entre mayo y junio de ese año más de 600 migrantes perdieron la vida en el Mar Mediterráneo por culpa de los gobiernos de Italia y de países europeos que cierran los puertos a sus enbarcaciones? ¿Cuántos migrantes murieron en estos días tratando de atravesar las fronteras de los Estados Unidos? ¿Cuántos verán a sus hijos e hijas de seis u ocho años ser llevados a campos de concentración del gobierno denocrático de la mayor potencia de la Tierra?

En los EEUU, hace más de un siglo, las personas respiran la guerra y la sociedad habla de violencia. El país tiene 310 millones de personas. Hay registradas legalmente más de 270 millones de armas en manos de particulares. Las personas son entrenadas para matar y morir. En esa cultura pautada por las armas, el desequilibrio psíquico y los accesos psicóticos de alguien fácilmente se expresarán a través del canal que la sociedad más ofrece: la violencia. En Brazil, noche y día, sin cesar, periódicos, revistas y programas de televisión sienbran y cultivan la misma violencia cono política, para mantener la cultura que permite la desigualdad. Este virus provoca males a toda la sociedad, pero el riesgo es que el veneno acabe matando hasta quien lo fabrica y lo vende. 

Gracias a Dios, los movimientos sociales se rearticulan. La sociedad civil internacional se afirma cono sujeto de derechos y conquistas. Las religiones son llamadas a retomar su vocación de testigos de Dios Amor y fuente de paz. Todas las tradiciones espirituales pueden unirse en un gran movimiento para trabajar por la paz, tanto en el corazón de las personas, cono en las estructuras sociales. Al recordar las bombas de Hiroshima e Nagazaki, tenenos que acabar también con la bomba del hambre que mata diariamente más que las armas de guerra. Y necesitamos también cortar por la raíz el germen de la violencia instalada en la sociedad de la intolerancia y de la desigualdad social. Jesús habló: “son bendecidas las personas que trabajan por la paz porque, al hacerlo, ellas hacen lo que Dios hace” (Mt 5, 9).

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