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Historiografía Puertorriqueña

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Publicado: martes, 7 de agosto de 2018

Rafael Acevedo-Cruz

A Laura Náter, con quien sostuve mis primeras conversaciones sobre este tema.

 

 

Las clases están por comenzar y en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras se va a abrir un curso sobre historiografía puertorriqueña que va a ser impartido por la profesora María Dolores Luque. La descripción del curso dice que será un “análisis de las obras más importantes de la historiografía puertorriqueña, ubicándola en el contexto de la historia de Puerto Rico y en las corrientes historiográficas de cada época”. Si aún fuera estudiante, me matriculara. O hasta fuera de oyente si pudiera. Pero mis responsabilidades actuales no me lo permiten. Sin embargo, no por ello voy a desistir de participar en la discusión pues llevo años cargando unas ideas acerca de la historiografía puertorriqueña que me gustaría expresar. Aclaro que esto es un ejercicio de lanzarme sobre la aventura de la imaginación pues yo no sé leer el futuro y jamás podré saber cómo la profesora Luque ofrecerá su curso. Deséenme suerte.

Siguiendo la primera oración de la descripción del curso y tomándola a la vez como representación de lo que permea en el pensamiento de la disciplina de la historia en Puerto Rico cuando se dice “análisis de las obras más importantes de la historiografía puertorriqueña” siempre, bueno vamos, casi siempre, se comienza con esas primeras obras como la Memoria de Melgarejo, la Descripción del canónigo Diego de Torres Vargas, las memorias del Mariscal de Campo Alejandro O’Reilly, o la Historia de Fray Iñigo Abbad y la Sierra, entre otros. Y esto no es historiografía puertorriqueña. Estos son documentos históricos que reflejan algunas cuestiones sobre la isla y que sirven para pensar e imaginar a la época colonial española. Historiografía puertorriqueña es, si acaso, las obras del maestro Fernando Picó y/o el trabajo consistente del historiador y amigo Francisco Moscoso.

La historiografía puertorriqueña es un concepto y un invento del siglo XX, en particular de la generación de historiadores de 1950. Su antecedente fue la creación del Centro de Investigación Histórica (CIH) en 1946 por don Arturo Morales Carrión. Fue don Arturo, a través del CIH, quien profesionalizó la disciplina y quien por medio de este espacio ofreció a los estudiantes de historia un taller para practicar la metodología histórica. Por eso para mí don Arturo es nuestro Leopoldo Von Ranke. El asunto es que junto a don Arturo estuvieron también doña Isabel Gutiérrez del Arroyo, Luis M. Diaz Soler, doña Aida Caro Costas, entre otros, quienes se dieron a la tarea de crear una memoria histórica a la sazón de los cambios sociales que estaban ocurriendo en el país bajo el recién inaugurado Estado Libre Asociado (ELA) y el entusiasmo que esto generaba. El punto de partida fue la hermosa ponencia dictada por doña Isabel en la Sala de Conferencia de la Biblioteca de la Universidad de Puerto Rico en 1956 titulada: “Historiografía puertorriqueña: desde la memoria de melgarejo (1582) hasta el Boletín Histórico (1914-1927)”. Aquí doña Isabel establece “el canon” de la historiografía puertorriqueña y a sus autores principales, señalados anteriormente. Obras y autores leídos y discutidos todos en cursos de historiografía en la universidad según constata el ensayo del historiador Pedro San Miguel “Falsos (además confusos) comienzos de una digresión sobre historia y antropología”. Algo, dicho sea de paso, totalmente ajeno a mi experiencia universitaria pues yo los he tenido que leer por cuenta propia. De todos modos, la ponencia de doña Isabel marcaba la pauta o inventaba la tradición al decir de Eric Hobsbawm. Pues la Memoria de Melgarejo por tomar un ejemplo no se concibió así misma como historiografía y mucho menos puertorriqueña. Esta memoria fue una respuesta a una serie de preguntas –bastante genéricas, por cierto– que envió la Corona española para saber el estado político y económico de sus posesiones en América. Y en el caso de esta memoria en particular, como bien ha dicho el profesor José Cruz innumerables veces, fue mal llamada de Melgarejo pues este individuo, español de nacimiento, recién había sido apuntado gobernador de la isla. Esta fue más bien redactada por un nieto de Ponce de León quien sí había nacido en San Juan de Puerto Rico. Curiosamente esta fue la rúbrica para puertorriqueñizar esta memoria según doña Isabel. Y fue así como se estableció “nuestro” primer documento histórico el cual, pensado desde hoy, no es más que la respuesta de un descendiente del primer saqueador y violador del país.

En fin, esto es solo para pensar y comenzar un diálogo amistoso y saludable. Don Arturo, doña Isabel y los demás re-significaron estas obras según los tiempos que estaban viviendo. Yo solo espero que el curso de la profesora Luque tome esto en consideración pues sería chévere que se estimule a los estudiantes, en particular a los de historia, a mirar de manera crítica todo este proceso, la documentación y a sus autores. La posibilidad está cuando en la segunda oración de la descripción del curso dice: “ubicándola en el contexto de la historia de Puerto Rico”. Es mi parecer que los tiempos de hoy invitan a pasar juicio crítico sobre la manera que se nos ha enseñado a mirar el pasado. Pues si el ELA ya caducó, esta manera de pensar la historia también.

Nota final: el tener una mirada no-devota hacia la historiografía, sus autores y la documentación no hace a nadie un hereje en el sentido estigmatizado de la palabra. Más bien refleja una manera de expresar el pensamiento crítico al que tanto se alude desarrollar durante los estudios universitarios. Aunque a veces pienso que eso es pura retórica también.

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