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Topografía: El hombre del mapa en la cabeza

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Por Carlos R. Alberty Fragoso

Publicado: miércoles, 23 de enero de 2019

Creo que hay una caricatura en la que aparece con el mapa de la Unión Soviética en la cabeza. Mijaíl Gorbachov luce todavía ese gran lunar violáceo, aunque no tiene ni tendrá la figura de la URSS. El último presidente de la Unión Soviética trató pero no pudo. La gigantesca creación que surgió a raíz de la Revolución Bolchevique en 1917 se desmembró en 1991 sin que las reformas políticas y económicas de Gorbachov trajeran a tiempo la renovación de un sistema corrupto, autoritario, burocratizado, convertido en la negación misma de los principios de sus inspiradores y fundadores. (Aclaración inmediata: así como Marx no era marxista ni Jesús cristiano, no se le pueden achacar a los inspiradores los extravíos de los seguidores.) Poco a poco y pasando por la “cima” del estalinismo, el gran experimento socialista se momificó hasta desmoronarse. Tal vez el cadáver embalsamado de Lenin fue desde siempre un símbolo premonitorio de lo que sucedería. Aquella idea de Trotsky de la “revolución permanente” no caló hondo, pero sí el poder de Stalin luego de la guerra. 

Sobre el significado de la caída de la URSS, la historiadora francesa, Helene Carrere D’encausse, interpreta unas expresiones de Vladimir Putin, actual presidente de Rusia, en el sentido de que había sido la “catástrofe geopolítica más grande del siglo XX”: “Él dio a la palabra catástrofe el sentido que le daba Solzhenitsyn para describir una convulsión que lo cambia todo. No se trataba de un lamento por el fin de un sistema porque añadió que los que echan de menos a la Unión Soviética no tienen cabeza y los que no la echan de menos no tienen corazón. Por tanto, no fue un juicio de valor, sino una valoración de la amplitud del fenómeno. Aparte de la revolución rusa y de la sovietización del Este europeo en 1946, es el gran acontecimiento del siglo XX.” 

Mijaíl Gorbachov, el “elegido” para “presidir” la catástrofe, nació en marzo de 1931, hijo de campesinos, en Stávropol, Rusia. Se destacó desde muy joven. Su primer galardón fue compartido con su padre al que le dieron el premio por haber producido más cereal. Pero, además de líder, era ambicioso. Jugó el juego hasta llegar a la cumbre atravesando todos los cedazos del sistema. En 1950 entró a la universidad y estudió Derecho. En 1952 se unió al Partido Comunista (el único existente). Entre 1955 y 1962 estuvo destacado en Stávropol donde llegó a ser el Primer Secretario del Comité regional. En 1971, ya era miembro del Comité Central del Partido Comunista. En 1980, miembro del Buró político, el máximo órgano del poder ejecutivo de la URSS. El 11 de marzo de 1986 fue nombrado Secretario General del Partido, la más alta responsabilidad política, y pronto comenzó sus proyectos de revitalización del sistema: la Glásnot o transparencia política y la Perestroika o reforma económica. En esos años firmó acuerdos de control de armas con Reagan. En 1986 anunció la retirada de las tropas rusas de Afganistán. Respetó la soberanía y decisiones de los países socialistas del este de Europa lo que facilitó la caída del Muro de Berlín en 1989, la eliminación del Pacto de Varsovia y el fin de la Guerra Fría. En 1990 le fue concedido el Premio Nobel de la Paz cuyo dinero donó para la construcción de hospitales en su país. 

Entonces llegó el año capicúa de 1991. Del 18 al 21 de agosto tuvo que capear un intento de golpe de estado por parte de sectores conservadores opuestos al Nuevo Tratado de Unión que reemplazaría a la URSS y concedería mayor libertad a las repúblicas. El 8 de diciembre de 1991, los presidentes de Bielorrusia, Rusia y Ucrania firmaron el “certificado de defunción” de la Unión Soviética y la creación de la Comunidad de Estados Independientes. Ya el 25 de diciembre de ese año Gorbachov habría de firmar su renuncia como último presidente de la URSS. Había acabado el sueño convertido en burocrática pesadilla y, sobre todo, la posibilidad de reconstruirlo, si tal empresa todavía era posible. Luego de su salida del gobierno, en 1992 estableció un centro de estudios de la realidad política, la Fundación que lleva su nombre. Ha criticado a Putin así como también la política del presidente Trump, que supone un regreso al rearme de las “potencias” y a la posibilidad de una guerra. Sobre el tema de la península de Crimea –fuente de conflicto con “Occidente”– afirma que es rusa y reta a cualquiera a que le pruebe lo contrario. 

Tal vez, para los supersticiosos o los que gustan de hallar símbolos en ciertos incidentes, un recuerdo de infancia sería la premonición de lo que habría de ocurrirle como futuro líder de la URSS. En la escuela, ya interesado en la política, Mijaíl se presentó como candidato a la Unión de la Juventud Comunista. Todos los jóvenes estaban sentados. Cuando les llegaba el turno se ponían de pie y se presentaban. Mijaíl se levantó, habló y cuando se fue a sentar cayó al suelo. Unos guasones (tal vez futurólogos) le habían retirado la silla. No obstante, resultó electo casi por unanimidad. Así comenzó la carrera política de Gorbachov: con una caída. Y empezaría a terminar con otra: la del muro de Berlín. 

Seguramente allá por la década del ochenta, los que vieron en Gorbachov la esperanza de revitalizar el socialismo, (ingenuidad o visión histórica de largo alcance) también debieron haber sentido una gran tristeza con el derrumbe del gran experimento bolchevique. (¿El que vive de ilusiones muere de desengaños?)

Ya nunca sabremos si el socialismo –en lo que fue la Unión Soviética– pudo haber encontrado sus mejores caminos de democracia, transparencia, prosperidad económica con apertura creativa a la economía capitalista, presidida por una ética de solidaridad. Lo que sí sabemos es que el hombre del mapa en la cabeza lo intentó y fracasó. Su “premio de consolación” fue un lugar en la historia. Pero es una pena eso de entrar en la historia sin haber podido cambiar su curso hacia el punto cardinal más deseado, su destino más noble. 

Una vez, Werner Herzog, el director de cine, le dijo a Gorbachov que probablemente el primer alemán que conoció fue algún soldado que quiso matarlo. Se refería al tiempo de la guerra cuando los alemanes ocuparon la región natal de Mijaíl y donde viven los mejores recuerdos de su infancia, entre otras razones, porque era el querendón de sus abuelos. Este le contestó que no, que el primer alemán que conoció fue un señor muy simpático que vendía caramelos. Mijaíl mostró apertura de espíritu. Tal vez quiso que así fuera el socialismo. 

Gorbachov, viudo desde 1999, cumplirá 88 años el 2 de marzo. Sobre “su” obra las opiniones están divididas: para unos fue un gran líder; para otros, un traidor. En las fotos parece triste. Hay quien hubiera preferido verlo en fotografías victoriosas en medio de una multitud que canta feliz ondeando banderas rojas. Cierto. Son escenas de película donde se luce la esperanza, imágenes que uno no se puede sacar de la cabeza, como el lunar de Mijaíl.

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