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Oscar Wilde a la sombra de un flamboyán (las relaciones clandestinas entre el arte y la filantropía)

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Publicado: miércoles, 23 de enero de 2019

María de las Mercedes Ojeda

 

Debe existir en Instagram, en Facebook, o en alguna red social, la foto de los alegres filántropos a la sombra de algún flamboyán. A raíz de los últimos sucesos en el mundo del espectáculo, coincidiendo con los más recientes sucesos en el mundo de las reestructuraciones como COFINA, parecería que tenemos la suerte de que hay muchos artistas, todos muy simpáticos, que vienen a salvarnos con sus buenas intenciones.

No se trata ahora de que tenemos que mirar a estos millonarios con recelo porque tienen una agenda oculta. No, se trata de que no se puede abandonar la conciencia crítica ante situaciones que no son, en ninguna medida, reuniones en cuartos oscuros ni teorías de conspiración. Son cosas bastante evidentes. Hay que preguntarse ¿cómo opera la lógica de la filantropía?

La filantropía, desde los tiempos en los que Adam Smith era una estrella intelectual, además de ser una manera para evitar pagar impuestos y aumentar su prestigio personal como gente de buena conciencia, es también una forma en la que el propio sistema se auto perpetua generando miseria. Mire, cuando usted se toma un café a sobreprecio en Starbucks usted se siente bien porque resulta que con cada compra usted ayuda al rescate de un lémur perdido en Madagascar por el que un niño pobre llora. O quizás le toca un chavo a un cafetalero costarricense que ha tenido que alquilar su terreno a, precisamente, Starbucks. De hecho, es esa misma gente la que viene a salvar la industria cafetalera puertorriqueña , azotada por la desidia del estado y el huracán María. Podemos consumir sin sentirnos culpables, y hasta podemos consumir como inversión para nuestras buenas conciencias.

Para la difusión de ese tipo de ideología hay talento y dinero. La farándula es, como quien dice, el equipo de animadores de la caridad y la filantropía. Hoy, que Puerto Rico celebra a un excelente dramaturgo como Lin Manuel (esto es solo un ejemplo) me gustaría recordar a otro dramaturgo. Menos amable, quizás. Menos conocido hoy día. Dramaturgo, presidiario en la intolerante sociedad victoriana, Oscar Wilde, es considerado por los amantes de la literatura, uno de los dramaturgos más destacados de ese Londres victoriano tardío (el era irlandés). Era una celebridad mucho antes de que eso fuese un oficio bien pagado, como es en nuestros días. Tenía un aguzado ingenio. Sus epigramas, sus obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento y temprana muerte son los elementos que conforman su legado. 

Quizás alguno de ustedes ha leído “El retrato de Dorian Gray”. O lo ha escuchado mencionar. Pero Wilde además escribió ensayos muy lúcidos e incómodos, dependiendo en que clase de sofá usted usa para leer. Uno de esos ensayos es “El alma del hombre bajo el socialismo” en donde Wilde dice cosas como esta:

“El socialismo, el comunismo, o como uno quiera llamarlo, al convertir la propiedad privada en riqueza pública, y al reemplazar la competencia por la cooperación, restituirá a la sociedad su condición de organismo sano, y asegurará el bienestar material de cada miembro de la comunidad. Dará a la vida una base y un medio adecuados.”

Pero acaso la cooperación no es un sinónimo de filantropía. Pues no, diría, Wilde. 

“En el hombre, las emociones se suscitan más rápidamente que la inteligencia; y como señalara hace algún tiempo en un artículo sobre la función de la crítica, es mucho más fácil solidarizarse con el sufrimiento que con el pensamiento. De esta forma, con admirables, aunque mal dirigidas intenciones, en forma muy seria y con mucho sentimiento, se abocan a la tarea de remediar los males que ven. Pero sus remedios no curan la enfermedad: simplemente la prolongan. En realidad sus remedios son parte de la enfermedad.

Tratan de resolver el problema de la pobreza, por ejemplo, manteniendo vivos a los pobres; o, como lo hace una escuela muy avanzada, divirtiendo a los pobres.

Pero ésta no es una solución; es agravar la dificultad”.

Sin embargo, está mal la caridad. Pues no, diría cualquiera con algo de sentido común. Algo es algo, ¿no? Y el que a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija. Ahí tenemos por ejemplo a la Fundación Flamboyán. Hace unos meses, en el verano del año pasado (2018) el actor y dramaturgo Lin-Manuel Miranda anunció la creación de una iniciativa para recaudar fondos para esa Fundación. Los recaudos fueron dirigidos a organizaciones de arte y artistas locales así como la reconstrucción del Teatro de la Universidad de Puerto Rico, en el recinto de Río Piedras. Suena bien. Suena muy bien. 

A muchos les pareció que esa fundación era nueva, de reciente cuño. Pero no. En Puerto Rico tiene un rostro conocido a través de la prensa corporativa, que es relacionista pública de la filantropía: Guiomar García Guerra. Es ella la que presentó hace poco más de dos años los resultados de Giving in Puerto Rico, un estudio ¿científico? que explica qué motiva a los puertorriqueños a dar, a qué causas y las cantidades que aportamos.

Los resultados son muy curiosos: tres de cada cuatro hogares reportan donativos; la donación promedio de la población general es de $286 dólares, y de los hogares de alto ingreso es de $1,171. Siete de cada 10 personas reporta hacer donaciones de forma informal y no a una organización sin fines de lucro. La propia García Guerra nos explica para qué sirve la filantropía: “En un momento en el cual el sector público no puede enfrentar sus obligaciones, el sector privado está afectado y el tercer sector registra bajas en las aportaciones, corresponde mirar cómo canalizar nuestra generosidad de manera efectiva”. Bien, esto es lo que se llama “inversión filantrópica” y es lo que “ha permitido que individuos impulsen nuevas ideas, desarrollen programas, inventen tecnología y apliquen sus conocimientos a romper barreras”.

¿Y en qué invierte Flamboyán aparte de en las artes? Flamboyán es una fundación sin fines de lucro fundada por el empresario ruso Vadim Nikitine y Kristin Ehrgood. El fuerte de Nikitine son las bienes raíces y la energía: https://www.ccmgroupllc.com/ccm-real-estate/ En Puerto Rico tiene el mismo negocio de bienes raíces. Estos son los centros comerciales de su empresa: http://www.commercialcenters.com/

Bajo el “esquema” de la ayuda social y trabajo por los niños y la educación, según informes que han radicado al IRS, le donan a organizaciones y a su vez, organizaciones de Puerto Rico y Estados Unidos –fundaciones, bancos, además de escuelas charter en Estados Unidos, les donan a ellos. Entre sus donantes está Kinesis, Centro para la Nueva Economía; Nuestra Escuela; Banco Popular; escuelas charter en Estados Unidos. Los donativos que más se destacan son los que ellos le hacen a la organización además de la inversión que hacen en la bolsa de valores anualmente. 

Son donantes y protectores de Teach for America, fundación que provee universitarios recién graduados de universidades para que sirvan de maestros por dos años –a salario y beneficio inferior al de un maestro– desplazando así a maestros, en escuelas públicas y charters en Estados Unidos. Además, son parte fundador del Venture Philantrophic Partners que crearon las escuelas charter KIPP con la ayuda de Melinda y Bill Gates. Estos utilizan Teach for America.

Esto es solo un ejemplo. Vale destacar que ninguno de estos negocios es ilegal ni mucho menos. ¿Filantropía? No. La filantropía es otra rama del negocio. 

Sobre eso de “instituciones sin fines de lucro” alguno de nuestros informantes, que ha preferido permanecer en el anonimato, explica: “Lo que puede fortalecer el sector de organizaciones sin fines de lucro no es la crisis. Pensar de ese modo es criminal. Pero esas organizaciones se fortalecerían con el cumplimiento administrativo. Está bien eso de la generosidad. Pero se trata de prestar servicios, de usar el dinero para eso y no para sueldazos. Y rendir informes. Evidenciar gastos. Evitar usar fondos restrictos como irrestrictos. Aquí se es muy generoso con eso, con no rendir evidencia y no sufrir consecuencias”

Nos parece que la clase política, los burócratas, y los empresarios de la buena conciencia lo saben, promueven una educación mediocre y obstaculizan el mantenimiento de servicios públicos, como la educación, por ejemplo respondiendo a una estrategia del propio sistema. Cuando se asoma la crisis económica, generada por ellos mismos, se recortan precisamente los gastos en cultura y educación. Entonces aparecen los filántropos que con la excusa de la justicia social secuestran las instituciones y la economía. Lo brutal de la filantropía es que requiere de un estado de emergencia constante, como el que hemos tenido en Puerto Rico, agudizado dramáticamente por el huracán María, pero fundamentado en la obscena deuda. No hay duda de que ese es un sistema enraizado en la violencia. Pero esa violencia sistémica es apenas percibida. Es menos espectacular que otras violencias. Y tienen el beneficio de presentarse de manera simpática a través de gente talentosa y aderezada con buenas intenciones.

Por alguna razón extraña pienso en Oscar Wilde caminando cerca del teatro de la Universidad de Puerto Rico. Escandaloso. Cabello largo. Con comentarios agudos, con humor cáustico. Sin embargo, diáfano en su oposición a convertir la pobreza y la necesidad en un lucrativo negocio sin fines de lucro. Lo imagino mirando con sorna la sombra de un flamboyán.

 

María de las Mercedes Ojeda es estudiante de educación en drama en una institución universitaria.

 

 

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