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En memoria: Crecer con Brunilda García Ayala

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Por Arturo Massol Deyá

Publicado: miércoles, 8 de marzo de 2017

Hay instancias donde escribir duele y ésta es una de esas. 

Cuando la muerte va y regresa para reclamar la vida de aquellas con quienes se entrelazan vivencias profundas, la tristeza se interna por todo el sistema circulatorio. Sale del corazón, discurre por el cuerpo para regresar al mismo punto de partida. En ese circuito, la mente re-oxigenada destapa recuerdos e instancias que marcaron muchas vidas y las de toda una comunidad.

A Brunilda García Ayala la conocí en Adjuntas, de adolescente, a principios de los años ochenta. Su figura fuerte con una ternura abrumadora se hizo familiar en el entorno del hogar. Más tarde yo entendería que Brunilda llegaría a nuestra casa en el Barrio La Olimpia enviada por Juan Antonio Corretjer para ayudar a una comunidad que recién se organizaba para enfrentar la amenaza de la explotación minera. ¿Por qué el poeta nacional enviaría a una voz forjada en las artes y la cultura después de que solo una persona se presentara a la plaza pública a protestar en nuestra primera gran manifestación contra la minería? 

La adoptamos, nos adoptó a la familia entera. 

De pequeño, me gustaba irme con ella pues su esposo Ramón, un tipo enorme y gentil, era conductor de Don Juan, a quien llevaba y escoltaba a eventos políticos en plazas y pueblos. Bruni me llevaba a hacer trabajo de tramoya, sonido y, cuando regresábamos de los espectáculos de Cimarrón, me hacía treparme a un árbol entre Salinas y Cayey para que colectara unas hojas que nos servirían para la cena del día. Creo que ese árbol aún está en esa subida tras el peaje, debo fijarme mejor. A esas hojas mal sabidas y a todo le ponía zanahorias como para disfrazarlas. De todo hacía un plato apetecible. Humilde, firme y feliz, Bruni conocía de cerca la pobreza y la necesidad de transformar un sistema social lleno de contradicciones e injusticias.  

En Adjuntas, sus aportaciones fueron enormes incluyendo añadir a nuestra ecuación de trabajo social definida por mis papás Alexis Massol y Tinti Deyá, el componente de la cultura. Si usted reconoce y valora lo que hacemos en Casa Pueblo, el rol de la cultura y nuestros proyectos educativos, entonces usted está en deuda con Brunilda García Ayala como lo estamos profundamente nosotros. Su pensamiento y sus manos están allí inscritas de muchas maneras.

Una de sus aportaciones más significativas que cambiaría el rumbo de nuestra historia fue la conceptualización del Concierto Patria Adentro. “Vamos a organizarnos por área de interés”, nos sugirió. “Los artesanos, los músicos, técnicos, bailadoras, los padres y madres de apoyo con vestuarios, transportación”. De pronto, los actores de una lucha se multiplicaron. Con un guión magistral, Brunilda pudo traducir la esencia de la lucha antiminera mediante la afirmación de las aguas, el bosque, la agricultura y su gente. Ese concierto se convirtió en el discurso político para educar sobre los conflictos de la minería con imágenes que se proyectaban en un telón de fondo blanco mientras músicos acompañaban a trovadores del pueblo cantando décimas especialmente escritas para la ocasión. Parejas de niños y niñas bailadores(as) incursionaban para montar danzas, mazurcas [punta-talón-punta] o bailar un seis chorrea’o mientras dos narradores, Noemilda Vélez y Frank “el Indio” Cortés hacían su parte hilvanando un ejercicio de lucha a través de la cultura. Tocaba ensayar, organizar, dirigir, revisar el guión, atender aspectos técnicos, de vestuario, resolver luces, sonido y muchos detalles más. 

Por su parte, Fonso Vélez construyó un sistema de luces con lámparas de esas de calentar frituras pero de colores verde, azul, amarillo y rojo en latas desechadas de la panadería donde trabajaba. Pintadas de negro, se colgaban en unos tubos de metal desarmables. A mí me tocaba manejar las luces y hacer los cambios de intensidad con controladores de ferretería y siguiendo el guión minuciosamente desarrollado.

Con gran esfuerzo, así se fue construyendo pueblo. Nunca faltó la Policía, no tanto para escuchar el concierto sino para visitar a padres y madres a sus casas, antes y después de los conciertos para amedrentarlos. Algunos se quitaron, el miedo pudo más. Pero la fortaleza que Brunilda añadía hizo que esta producción se convirtiera en el portavoz comunitario. Así fuimos, barrio por barrio en Adjuntas, las universidades, a Vieques, a Bayamón con Davilita, y a muchos lugares de nuestra isla diciéndole ‘Sí a la vida, no a las minas’. Hoy algunos de esos policías son nuestros amigos. Adjuntas y Puerto Rico triunfaron.

Pronto cumpliremos 37 años de gestión comunitaria en la montaña. Y en ese archivo de una historia viviente que evoluciona, a cada salto, en cada instante significativo o ante nuevas amenazas, en la Calle Darién de la urbanización Villa Borinquen en Puerto Nuevo siempre había una parada obligada que hacer para consultar y reflexionar con Bruni. Su opinión siempre fue necesaria. Ella fue una de nuestras sabias, su alma siempre llenándonos de entusiasmo y energía. 

Hoy lloramos la desgraciada noticia de su muerte. El dolor se apodera de mis padres quienes sufren su partida, de nuestra gente de Casa Pueblo, de Néstor y sus familiares, de sus compañeros de Cimarrón, Ariel, Carlos, Carmencita y sus amistades como Rita Zengotita, que siempre le acompañaron. Duele sí, desde lo más interno. Sin embargo, nos recarga el corazón la alegría de poder celebrar su vida como una de las fundadoras de nuestra autogestión comunitaria, por humanizar nuestra lucha y desarrollo individual. 

Ve con el niño de los bucles angelicales, con doña Elena Ayala, Isabelita, Juan, Consuelo, Carmín Pérez y descansa en paz. Acá la agenda sigue inconclusa y seguiremos luchando contigo presente.

 

Esta columna se publica simultáneamente en CLARIDAD, 80grados y La Perla del Sur por acuerdo editorial.

 

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