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Relato de una boricua expulsada que se jartó.

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Publicado: martes, 30 de enero de 2018

Karen Febo

 

Era la noche del 28 de octubre y tenía en mi pequeño apartamento una reunión de amistades cercanas y queridas que dejaría atrás al día siguiente. A poco más de un mes del paso de María, los servicios habían sido restablecidos en mi edificio; gestión que se dió de manera apresurada a raíz de la explosión de un generador eléctrico en el hospital de enfrente. Recuerdo la conmoción al llegar al condominio ese día, cuando todos me contaban cómo varias personas salieron del lugar en bolsas para cadáveres esa mañana. Este incidente nunca fue reportado oficialmente.

Regresando a mi despedida, gracias a unos de esos lapsos en los que tuve electricidad, todos comimos una comida caliente por primera vez en varias semanas, mientras unos lavaban ropa y otros cargaban sus electrónicos. El ruido de nuestra cháchara se vio interrumpido por el “toc toc” de la puerta. Al abrirla, Gloria se desplomó en mis brazos. “Se me fue y ahora me quedo sola. ¿Qué yo voy a hacer ahora?” Gloria es una vecina retirada de unos 70 años cuyo apartamento estaba a cuatro pisos arriba del mío. Nos habíamos conocido antes, pero como fue el caso de muchos, nos llegamos a conocer mejor luego del paso del huracán. Una tarde, mientras caminaba al supermercado luego de cuatro días de llegar muy tarde para poder comprar agua potable, la vi cargando una bolsa pesada. Su espalda encorvada, mientras daba pasitos cortos como le permite su corta estatura. Me ofrecí a ayudarla y me contó que lo que cargaba era una máquina de terapias respiratorias y andaba en busca de un receptáculo que funcionara porque ya no resistía la asfixia. Días antes, había visitado el hospital antes mencionado y mientras estaba la sala de emergencia, inhaló los gases del generador que explotó un día después. Tuvo que irse antes de ser atendida y salió peor. Emprendimos la búsqueda por algo de electricidad que nos llevó a un Walgreens dentro de un centro comercial pequeño, donde le permitieron darse su terapia. Luego de eso, compartimos un “sandwich” de Subway y me contó cómo su hijo ya tenía pasaje para irse del país. Recuerdo vívidamente cómo todas las conversaciones en esos días se centraban en quién se iba y quién se quedaba. Ya su hijo había tomado la decisión y por coincidencia, se iba un día antes que yo. Tanto él como yo, habíamos sido acechados por la precariedad y el desempleo. Cuando llegó el día de su partida, Gloria, quien quedaría sola, tocó mi puerta para pedirme encarecidamente y entre sollozos que me despidiera y que estuviese pendiente de ella. Resistiendo las lágrimas, la abracé y le aseguré que haría ambas cosas. Esa fue la última vez que la vi. La he llamado repetidas veces desde esa densa noche y no he recibido respuesta. Temo que haya sufrido el mismo destino que el de sobre mil personas cuyas muertes el gobierno aún se niega a asumir.

Quienes vivimos el huracán, sabemos de una manera muy cruda cómo la “ayuda” nunca llegó a tantos sectores. Desde antes de ese terrible 20 de septiembre, temíamos lo que el desastre terminaría de descubrir. Ya demasiados estábamos afrontando la durísima realidad económica que se aferra al país desde hace décadas. Empedernidos y testarudos, lo daríamos todo antes de tener que decir adiós al país y a la gente que amamos. Pero, el hambre es un contrincante fuerte y hay un límite de solicitudes de trabajo que se pueden llenar antes de tener que resignarse a que la alacena no se llena sola y no importa cuánto quieras trabajar, no hay cama, ni trabajo pa’ tanta gente. Mucho menos con el gobierno recortando a granel. Incluso, recuerdo un susto similar en el 2015, después de mi graduación universitaria. Un sinnúmero de entrevistas y ni una sola llamada ya apuntaban a que tener que irme era casi inminente. Sin trabajo, no se vive, punto. Esto parece ser algo digno de recalcar ante el discurso de tantos que “no se quitan”, mientras para ellos “Puerto Rico se levanta”, gozan de trabajo, techo seguro y familia… pero, disgrego. En aquella ocasión, me retuvo la oportunidad de trabajar para un negocio local pequeño donde eventualmente me convertí en gerente, pero por el salario mínimo y ni siete días de trabajo daban para algo. Luego, surgió una oferta de trabajar en cultura, pero eso se deshizo después de los recortes impuestos por el gobierno. Recortes que continúan y continuarán. Dos años después, a los que están arriba se les ocurre que la manera de detener la migración desenfrenada de la juventud boricua es ofrecer internados no pagados con el fin de que “vayan creando experiencia laboral.” Por tentadora que suena la oferta de pasar más hambre mientras regalo mi labor, paso.

Ya pasado el huracán, a la cuarta semana de presentarme a mi más reciente trabajo (que había conseguido por azar) y ser notificada que una vez más, ese día no se iba a trabajar porque no se había conseguido “diesel” para la planta, decidí que no debía revivir episodios anteriores y que si la cosa estaba mala, ahora estaría peor. Como muchos, con la ayuda de amistades en la Florida, me he restablecido temporalmente en los Estados Unidos (junto a otros 300,000 que están en este estado solamente).  

En la mente de algunos, como pueden dar fe los mensajes que han tratado de colarse en mi buzón, es un tanto contradictorio que lleve mis reclamos desde la gran nación americana. Pierden de perspectiva lo que es el desplazamiento y para ahorrar la búsqueda, cito un fragmento de un artículo publicado por La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (que mínimamente, sirve de fuente útil en esta ocasión):

“Las poblaciones desplazadas abandonan su lugar de residencia habitual en movimientos colectivos, debido por lo general a un desastre repentino – como un terremoto o una inundación –, a una amenaza o a un conflicto armado, como mecanismo para hacer frente a la situación y con la intención de regresar. Si bien la migración y el desplazamiento están interrelacionados, deben distinguirse. La situación de las poblaciones desplazadas, ya sea a través de fronteras (por ejemplo, afluencia de refugiados) o dentro de sus países, debido a un desastre o un conflicto armado, requiere por lo general la puesta en marcha de operaciones de socorro conjuntamente con una labor orientada a brindar soluciones duraderas colectivas. La migración, a su vez, suele requerir asistencia social, protección jurídica y apoyo a las perspectivas futuras más individualizadas[…] Los migrantes son quienes abandonan su lugar de residencia habitual o huyen de él para trasladarse a otro lugar, generalmente en el extranjero, en búsqueda de perspectivas mejores y más seguras. La migración puede ser voluntaria o involuntaria, pero casi siempre es una combinación de decisiones y limitaciones, que puede implicar el propósito de vivir en el extranjero durante un largo período.”

El desplazamiento que han perpetuado los que están en el poder, lleva pasando hace décadas y su lucro nos ha hecho inquilinos en nuestro suelo, donde no podemos costear el vivir. Esta es una realidad que precede a María, que a su vez, prestó circunstancias muy oportunas para continuar esos planes, a costas del detrimento de toda una población. Quiero regresar la atención a esta oración: “requiere por lo general la puesta en marcha de operaciones de socorro conjuntamente con una labor orientada a brindar soluciones duraderas colectivas. La migración, a su vez, suele requerir asistencia social, protección jurídica y apoyo a las perspectivas futuras más individualizadas.” El testimonio de incontables personas dentro y fuera de la isla evidencia claramente que ninguna de las anteriores ha sido provista por el gobierno de turno. Han reinado la corrupción, la omisión de información, los contratos nebulosos y la publicidad “Puerto Rico se levanta” que muy lejos está de responder a la realidad que se vive en muchísimos rincones de la isla. No me tomen la palabra, medios internaciones y nacionales lo confirman.

Si sirve de mayor evidencia, vuelvo a lo anecdótico. En esta ocasión, la descripción de lo que una masa de gente vio colectivamente con sus propios ojos. Estuvimos codo a codo, machete en mano, en fila india para organizar suministros y esfuerzos autogestionados; énfasis en “autogestionados”. Para la persona que ha conocido desde siempre el abandono de su gobierno, esto ya se veía venir y la verdad es que no nos tomó por sorpresa. Nos dimos a la tarea todas y todos de prontamente convocar por nuestros propios medios, procurar y dar “pon”, prestar manos, un poquito de compra, tiempo para tirarnos a esos sectores olvidados a más de un mes de María. Esos sectores que estaban incomunicados, sin vías de transportación. Si el pueblo no respondía al desastre, nadie lo haría y no nos íbamos a dejar morir.

Poco después, ya en suelo estadounidense y luego de haber visto las escenas desgarradoras de turno que se viven en el aeropuerto, me he topado con que la incertidumbre colectiva tiene sus réplicas acá. Y es de esperarse, cientos de miles se han trasladado sin un hogar, trabajo o cuidado seguro, porque sus circunstancias en Puerto Rico lo exigían con mayúsculas. Ahora, en tierra ajena, sin dominio del lenguaje, sin techo, sin empleo, escuchamos a madres relatar cómo el quedarse en la calle con sus hijos es inminente porque “los refugios ya están llenos.” Situación paralela a la de familias en Luquillo que hoy, a cuatro meses del huracán, viven en casetas de acampar en una cancha de baloncesto. Realidad que amenazaba a un vecino de Río Piedras que apostaba sus últimas fichas a un trabajo en FEMA que nunca llegó, antes de quedar en la calle por incumplimiento de su renta.

Lo próximo para él era brincar el charco, no había de otra. ¿Quién sabe? Quizás consiguió trabajo. Quizás (o con mucha probabilidad), se ha mudado al país donde reina el racismo y la xenofobia. Donde te esposan por decir la verdad y denunciar las  injusticias. Esto bien lo confirma el arresto reciente de una maestra Louisiana que demuestra que no todas las que protestan en contra de los atropellos tienen acento al decir “I’m exercising my right to freedom of speech”, ni son pelu’as.

La diáspora pre y post-María está muy lejos de estar cómoda y sigue enfrentando la lucha campal por la supervivencia. Tal es el caso de allegados que no cuentan con familia en los Estados Unidos, no tienen sistema de apoyo, tanto el gobierno local como el federal los han dejado a la deriva y ahora no cuentan con posibilidad de regreso. Y, anticipando una de esas respuestas extraídas del libro magistral de los defensores del sistema, nuestro futuro cercano y lejano no está a la merced de nuestras ganas de “fajarnos”. Llevamos “fajándonos”, como los nuestros, desde que podemos poner nuestras manos a trabajar. El problema estriba en las necesidades que hace muchísimo tiempo le están siendo negadas a la población boricua; previo a la injusta deuda, previo a la Junta Dictatorial. La situación empeora exponencialmente y es mucho pedir a esta joven que no grite al respecto. Gritaré y gritaremos contra el hambre y la muerte de los nuestros. Al hacerlo, asumimos el escrutinio y los comentarios, pero que se sepa que nos parece mínimo el costo de nuestras acciones cuando nuestro motor es una vida digna, sin exclusiones.

En Puerto Rico, fui moldeada a presión desde mis severas circunstancias tempranas, al igual que un grupo excepcional y no formal de boricuas que hacen país todos los días. Unos colectivos excepcionales que siguen en pie de lucha y han organizado brigadas, comedores sociales, reconstrucciones y toda expresión de solidaridad y auto- preservación que la situación exija. No pude evitar pensar en ellos cuando me dirigieron esta pregunta: “¿Qué tú propones para arreglar el gobierno? Gritar es como tirarle un alfiler a un tiburón”, como si yo fuese algún tipo de autoridad en el asunto. Pero, ya que me extienden esa interrogante, digo que la respuesta siempre ha estado en esa gente y digo con certeza que el gobierno no se arregla, porque es él el problema. Al gobierno se le exige que rinda cuentas; cuentas sobre las muertes y suicidios de nuestros y nuestras hermanas y sobre el futuro incierto que nos mira a la cara. La salud, la seguridad de empleo, la educación son algunos de los derechos que son responsabilidad de quienes nos gobiernan.

 Les dejo con esta consigna, que espero retumbe en su interior:

“De norte a sur

de este a oeste

esta lucha sigue

cueste lo que cueste”

 

Con un amor que no cabe en este mensaje,

 

Karen Febo

 

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