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Soy una boricua bestial

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Por Alana Alvarez Valle

Publicado: martes, 29 de agosto de 2017

El primer paso es admitirlo. Soy una boricua bestial. 

Hace mucho tiempo me asumí. Fui al Día Nacional de la Salsa y me puse una camisa que decía ‘Para ti motherflower’

Sin embargo, ahora, en este momento de mi vida, es que realmente puedo decir, orgullosa, sin tapujos ni complejos, que sí, soy una boricua bestial.

Hace varios días, fui con el crío al Festival Puertorriqueño de New Haven. Viviendo en el exilio, una aprovecha todas las oportunidades para darle cultura y afianzar mi lección constante de que “vivimos en Connecticut, pero somos de Puerto Rico”. 

‘Jalamos maví’ para el sur. Quería que el chiquito viera la boricuada y se sintiera pleno. Desde unas cuadras antes de llegar al ‘Green’, la gran plaza donde celebran la actividad, se observaba a los boricuas caminando en peregrinación divina. Armados de sillas, neveritas, mesitas plegables y camisetas de la monoestrellada, familias de padres, madres, abuelitas y abuelitos, niños y hasta los perros, desfilaban con vuvuzelas y todo lo necesario para pasar un buen rato de sábado en la tarde. Mi mochila, ingenuamente empacada, sólo tenía algunas meriendas y agua. Tendría que ser suficiente. 

Un mar rojo, azul y blanco, con reggaetón en el fondo nos recibió al llegar al Green, en el que ondeaba no sólo la pecosa, sino también nuestra hermosa monoestrellada. Navegando entre la multitud, dimos una vuelta de reconocimiento para ver qué ofrecían en los ‘food trucks’ y en las carpas de los vendedores. El ambiente olía a cuchifritos, pinchos y fritanga. La manteca nos llamaba, pero las kilométricas filas hicieron que me conformara con una carísima piña colada ‘con’, código boricua clandestino que significaba que estaba bautizada. 

El chiquito se quiso montar en un jeep pintado como nuestra bandera nacional y yo con temor a que fuese a tocar algo delicado. De repente se aparece el dueño y me dice con una sonrisa que “sí se puede montar, pero, Papi no toques los cambios”, dándole la mirada de todo padre, tío o abuelo que conoce los estragos que pueden causar esas manitas curiosas. Luego de tomarle una foto en la máquina, que estaba de lo más ‘aniquelá’, mi nene se fijó en un carrito que vendía calcomanías. Se empeñó en una del Hombre Araña y otra del ratón de Disney. “Wao, un Spiderman y un Mickey boricua, eso sí que es grande”, dije en voz alta, para el deleite del señor que estaba a mi lado que se soltó una gran carcajada. 

Nos ubicamos al lado de una familia que tenía varios niños cercanos en edad a mi chico para que pudiera jugar con ellos. Conversé con la madre sobre las filas para la comida y la bebida y me explicó que debería haber llevado mis propias cosas: neverita con cositas para el nene y para mí, sillas y una mesita plegable y juegos o pelotas para entretenerlo. Luego bailamos al son de Héctor Tricoche y su “Lobo domesticado”. Recordé cómo fue que aprendí a perfeccionar mis pasos de baile de salsa y merengue con otros boricuas bestiales en Jimmy’s Bronx Café, en Nueva York, allá para finales de los noventa. 

Allí, en familia, bailamos, sudamos, nos reímos y gozamos hasta que el cansancio nos venció. Agradecí a mi nueva amiga, su abuelita y sus demás parientes, sus atenciones y marchamos de regreso a nuestro pueblo, contenta de haber pasado una tarde maravillosa. 

Anteriormente, para las décadas de los sesenta y los setenta, los profesionales de clase media y alta, entendían que estos comportamientos típicos de los boricuas bestiales eran una cafrería. Más aún, si formaban parte de los boricuas que vivían en los Estados Unidos o niuyoricans. Eso de usar la bandera para todo y en todo, de hablar “spanglish” o no saber español, de hablar “esplayao” y ser cocolo, era considerado una soberana cafrería. 

Existía una división entre los puertorriqueños que se consideraban cultos y veían con desdén este tipo de costumbre de los boricuas cafres de “Niuyol”. Y así crecía ese abismo entre lo que ahora se conoce como la diáspora y los puertorriqueños “de la Isla”. 

No obstante, esos boricuas bestiales, de Nueva York, de Chicago, de Connecticut son los que tienen que reafirmar su puertorriqueñidad desde las fauces del imperio… a diario. Estas personas son bravas porque defienden con orgullo su bandera, su gastronomía y música sin importarles lo que puedan pensar o decir los gringos. Porque ésos, los que llevan con el pecho inflao’ la camisilla de la monoestrellada, son los que sienten a Puerto Rico su patria, aunque nunca hayan visitado la Isla y no sepan mucho español. Y eso es válido y hay que reconocerlo. 

Ahora, en tiempos en que las cifras de los puertorriqueños que se exilian crecen a pasos agigantados y aceptamos que somos un país dividido (como bien lo llamó el Partido Socialista Puertorriqueño en la década de los setenta), hay que acoger y aceptar a los boricuas bestiales tal como son, en particular porque ellos y ellas están en resistencia todos los días. 

Los boricuas bestiales pueden parecer cafres para algunas personas, pero son los que desde principios del siglo XX han acogido con afecto y solidaridad a cada pariente recién llegado de Coamo, Arecibo, Ciales o cualquier otro pueblo. Estos boricuas bestiales son los que hacen festivales anuales, como el que visité, para que la gente tenga su fiesta patronal y que aunque sea por unas horas rodearse de los suyos y sentirse mayoría. 

La realidad es que pocas veces me he sentido más cómoda que entre esa multitud, con jevas apretás, tipos marcando la clave y niños correteando y gritando en spanglish. Era como estar entre gente de confianza. Porque se sentía familiar. Porque se sentía bien boricua, bien boricua bestial.

 

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