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La política y las protestas

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Por Marcelo Barros

Publicado: martes, 29 de agosto de 2017

Algunos grupos espiritualistas llenan la Internet de mensajes que afirman: “Deja de quejarte, valoriza lo que hay de positivo y sé agradecido con lo poco”. Es increíble como, en nombre de Dios o de una vida más feliz, mucha gente aún entra en la ilusión del “deja todo como está”. En su tiempo, el profeta Isaías gritaba: “Ay de las personas que llaman el mal como bien y consideren el bien como mal” (Is 5, 20).

La realidad mundial es muy dura. Para las personas de base, todo es inseguro. Por eso, las personas se atienen a lo que es inmediato y esencial en lo cotidiano. Desde la última década del siglo XX y cada vez más, las políticas dependen de la economía. La mayoría de los gobiernos absolutizan el mercado y el lucro. Los responsables por ese sistema económico que domina el mundo han perdido la vergüenza. Tranquilamente producen víctimas, refugiados, huérfanos y una multitud de personas excluidas. En casi todo el mundo, se propone como inevitable y normal una política destructiva que, para garantizar los privilegios de una pequeña elite, condena à la muerte a millones de personas.

Zingmunt Bauman afirmaba que, así como la seguridad de un viaducto depende de la solidez de la viga más frágil que lo sostiene, también la salud de una sociedad está en su parte más frágil, o sea, la parcela más empobrecida de la población. Nada cambiará mientras esa parte más numerosa de la población no cuide de organizarse y luchar por sus derechos. Nosotros que, desde otros países de América Latina acompañamos lo que ocurre en Venezuela, percibimos que, por detrás de la lucha contra el gobierno bolivariano, lo que las elites buscan es destruir los programas sociales indispensables para el pueblo más pobre.  

En todos nuestros países, lo más importante es invertir en educación y empoderamiento popular, eso es, reforzar los movimientos sociales y sindicales. Es necesario intensificar el trabajo de formación política y conciencia crítica, dilatar los espacios de presión, reivindicación y movilización. Sólo lograremos cambios significativos si vienen de abajo hacia arriba.

En su vida, Jesús escogió como instrumento de la salvación la inserción en la realidad de los pequeños y más pobres. Rechazó la tentación demoníaca del poder y tomó el camino de la cruz, no como me gusta sufrir, sino como expresión de amor y solidaridad a todos los que, en todo momento de la historia, viven su cruz. Asumir, hoy, ese camino de Jesús significa participar de las luchas pacíficas y de las manifestaciones de los movimientos sociales organizados por un mundo más justo y más hermano.

 

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

 

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