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Cuento: Julián

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Publicado: miércoles, 22 de agosto de 2018

Kalman Barsy

 

“Con alivio, con humillación, comprendió que él también era una apariencia, que otro soñándolo”. Las ruinas circulares. J.L. Borges

 

El hombre me ve de lejos, se acerca apresurado y me pregunta: 

–¿Has visto a Julián? 

Su mirada es franca, su interrogación sincera; nada hace suponer que me esté tomando el pelo o que se haya inventado al tal Julián sólo por entablar conversación conmigo. 

La primera vez le creí. 

–No…no sé quién es Julián, le respondo con una media sonrisa en la voz, divertido por su vehemencia. –Debes estar confundido… 

En la segunda o tercera ocasión que me hizo exactamente la misma pregunta me di cuenta que el hombre padecía algún tipo de… perturbación. Ahora ya estoy acostumbrado. 

Cada vez él espera mi respuesta con idéntica ilusión. Luego tuerce el gesto, me da la espalda y se va. Eso es todo. Sus anteojos de miope centellean todavía por un instante cuando me echa una última mirada, antes de extraviarse entre los estantes de libros y revistas. Al día siguiente, exactamente igual. Siempre nos encontramos en la biblioteca pública de Badalona, donde suelo ir a diario a leer y a escribir mis cosas. Hasta ahora él no ha faltado ni un solo día. Ni yo tampoco.

–¿Has visto a Julián? 

Al principio de nuestra, digamos…relación, yo le explicaba con paciencia que no conocía a ningún Julián. Viendo el nulo resultado cambié de táctica; simplemente opté por contestarle que no, que no lo había visto. Su reacción siguió siendo la misma. Me miraba de hito en hito, pestañeaba como poniéndome en foco y después se iba, bamboleando su pesada cabezota con desencanto. Pero al menos ahora nuestro absurdo intercambio cotidiano quedaba reducido al mínimo, pensé, y yo podría seguir escribiendo. 

Demasiado tarde caí en cuenta de mi error. Al decirle que no había visto a Julián, yo había entrado en su juego. Ya nunca más podría convencerlo de que Julián sólo existía en su imaginación. 

Entrampado en mi propia mentirilla, comencé a inventar situaciones, por divertirme. En lugar de decirle que no había visto a Julián empecé a decirle que sí, que lo había visto. Julián le mandaba saludos. Julián estaba enfadado. Julián se había quebrado una pierna. Julián le exigía que le devolviera el dinero de un préstamo. Julián planeaba casarse con su novia en verano. Julián había recibido una herencia…, etcétera, etcétera. No tenían fin los mensajes que Julián le mandaba a través mío.

A falta de algo mejor (bloqueado como me hallaba en la redacción de un sesudo ensayo titulado “La Estética de la Verdad”) me dediqué a observarlo. Me intrigaba su comportamiento. El extraño personaje iba prácticamente todos los días a la biblioteca, aunque nunca pude averiguar exactamente qué era lo que hacía allí. Jamás lo vi leyendo. Tampoco solía sentarse –no al menos cuando yo estaba mirando–; sólo deambulaba con sus lentas pisadas de oso por entre las estanterías cargadas de libros. La consabida pregunta que nos unía como un cordón umbilical jamás se repetía en un mismo día. Me ha tocado toparme con él en más de una ocasión –incluso fuera de la biblioteca– y nunca lo ha hecho. 

A veces lo veo de lejos por la calle, hablando y riendo con otra gente, ¿les preguntará también a ellos por Julián? No lo parece. Fuera de ese único vínculo que él y yo tenemos, mi hombre parece una persona completamente normal –tal vez un poco torpe y bobalicón, pero no mucho más que la mayoría. ¿Es que su lado autista es exclusivo para mí? Y si lo fuera, ¿seré yo la causa primera? ¿Seré yo el “HACEDOR” a quien debe su existencia este eterno preguntón sin esperanza? Tal vez es SÓLO mi presencia, y nada más, lo que da vida a esa pregunta sin respuesta posible. 

Visto así, es una enorme responsabilidad… 

Lo cierto es que apenas me ve el hombre corre a preguntarme: 

–¿Has visto a Julián?

(Bah, no debo hacerle mucho caso… Aunque fuese yo el causante, sólo se trata de una leve, inofensiva tara menor –como un pequeño patinazo de embrague en su cerebro.)

Hace poco caí enfermo con una gripe que me obligó a guardar cama por unos días. Con la fiebre y todo eso, no pude dejar de pensar en él. Cuando una semana más tarde regresé a la Biblioteca, no lo vi por ningún lado. Al otro día tampoco, ni al siguiente. Empezaba a preocuparme. Tal vez él también enfermó de gripe, me dije. Uno puede contagiarse la gripe preguntando por Julián. 

Pasaron los días.

Ya casi me había olvidado de él y de su famosa pregunta (mi ensayo La Estética de la Verdad estaba volviendo a cobrar forma) cuando se plantó frente a mí un perfecto desconocido. Yo estaba sentado y él permanecía de pie, sin decir palabra. Me levanté. Me tendió la mano, muy ceremonioso. 

Se presentó: 

–Hola. Soy Julián. ¿No has visto a…? 

No lo dijo, pero yo supe de inmediato a quién se refería. Sólo entonces caí en cuenta de que se me había olvidado inventarle un nombre. ¡Pero aquí estaba, por fin, Julián! Desde el primer día nos entendimos perfectamente.

–¿No has visto a…?

–No…no lo he visto.

O bien:

–Sí. Lo he visto y te manda saludos.

–Que a ver cuándo quedáis, me ha dicho.

–Está enfadado contigo, por lo que tú sabes…

–Se ha caído de la bicicleta.

–Que lo llames por teléfono.

–¡Ahora mismo acabo de verlo! Si corres lo alcanzarás. 

Y así cada día...

(¿Se preguntarán ellos dos por mí, si acaso se encuentran?)

 

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