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c. 1989 (sexta entrega)

Perfil de Autor

Por Cristina Pérez

Publicado: miércoles, 22 de agosto de 2018

En el 1989 Menudo sacó el disco Los últimos héroes y Judith Butler publicó Gender Trouble. La probabilidad de que estos dos eventos inconmensurables coincidieran en algún punto era bajísima, pero se hilvanan ahora en la narrativa de mi infancia, que compongo. Aunque vine a leer el libro de Butler varias décadas después de su publicación, el cassette de Menudo sonó muchas veces en mi cuarto mientras crecía, a finales de los ochenta y principios de los noventa. A mí me gustaban los dos más chiquitos del grupo. Tal y como salen en la carátula del disco, esos dos eran los guapos y eran sólo un poco mayores que yo.

Se llamaban Rawy y Angelo. Me gustaban sus voces. Me gustaba su pelo “punk”. Pero en particular me gustaba Angelo, por sus labios rojos. Me gustaba tanto que tenía pósters en las paredes de mi cuarto, normal, pero tanto, que trataba de parecerme a él. Me miraba frente al espejo, me recogía el pelo mojado hacia atrás, trataba de fijarlo hacia arriba, me pintaba los labios y me preguntaba si podría parecerme a él. Tanto, que le pedí a mi mamá que me llevara a la barbería para que me hicieran un corte “punk”, y se lo debo haber pedido con esa insistencia insoportable que tienen los niños con convicciones, porque terminó llevándome muy a su pesar. 

El recorte me quedó horrible. No me parecía a Angelo en lo más mínimo. Tengo muy poco pelo. Cortito y con mucho gel se me hizo nada. Me veía feísima con todo el cráneo así en plena luz. Además, de qué servía el pelo si mis labios no eran rojos así bien rojos como los de la foto, y si tampoco tenía un jacket de cuero. La decepción al verme al espejo después de tanta espera por el recorte “punk” fue tal que lloré con mucha rabia, peor aún, me di por vencida en mis intentos por parecerme al chico de mis sueños. Los esfuerzos de los niños pueden ser tan frágiles cuando están a penas así tan incipientes. Es más, creo que en mi indignación y revolviéndome en la herida, golpe bajo, hasta me dejó de gustar.

Ahora mientras escribo estas líneas googleo “Angelo Menudo” y me entero del futuro de aquel niño bonito: lo que era de esperarse, una estrella menor que después de un éxito infantil vino todavía a menos, pero –egoísta porque esta narración es mía– lo que me cala hondo es ver lo feo que se puso, no queda rastro de él. Y todavía más me duele la historia de la que me entero, que lo violaron mientras estaba en la banda, que vivió muchos años reprimiendo su homosexualidad, hasta que salió del clóset en esa entrevista que aparece en Google, ya en los 2000, y que incluso se hizo stripper (esto lo dicen en la prensa online como si fuera una caída), y se le ve triste y mal en las fotos a Angelo, ay Angelo, qué tristeza, lo que le pasa al futuro de nuestras fantasías. 

Me miro al espejo y ya no quisiera parecerme a él. No porque sea feo, sino porque la imagen deseada es otra muy distinta a la que buscaba de niña. Mi cuerpo que se busca en el reflejo se olvidó de aquel momento infantil de fascinación andrógina. Probablemente a fuerza de muchos martillazos, de muchísimos gestos disciplinarios llenos de amor o incomprensión o ambos, que por supuesto no recuerdo porque esas son las cosas precisas que gustan de escaparse de la memoria. 

Pero permanece un núcleo curioso en ese momento de mi infancia. La confusión entre el objeto deseado y mi noción de identidad es, lo que menos, narrable. Yo por Angelo sentía tanto deseo como envidia, que no es más que una forma retorcida de desear, y el retorcimiento del deseo es el comienzo de toda narración. Así que aquí comienza mi narración. Frente al espejo, en el encuentro con la extrañeza del género y la sexualidad. Estoy casi segura de que de Angelo me atraía lo difícil que era decidir, al ver su cara, si se trataba de un niño o de una niña –con su pelito largo, con sus labios rojos, con su jacket de motociclista. Yo quería replicar esa indecidibilidad en mi propia imagen. Casi treinta años más tarde escribo un poema regresando a aquella memoria infantil. Toda narración comienza en un poema. El poema me viene a la cabeza en inglés, quizás porque es la lengua en la que estoy inmersa, pero quizás también porque es la lengua en la que se han escrito y he leído los textos que me han hecho repensar la historia de mi sexualidad –el lenguaje se pone frente al espejo, el lenguaje se hace especular, copio, me hago de otra lengua, hablo otra:

 

I remember the roses

I used to like them with full red lips.

Constantly thought of bringing them flowers.

Wrote them cute notes with drawings

of hearts and arrows and roses, and dreamed

of being the first to say I love you.

 

I dreamed I’d conquer them.

I would ask them to be my boyfriends.

With this little chubby body,

with this hair, short and combed 

with gel, with this white shirt buttoned

all the way to the neck and a jacket 

that made me look just like them.

 

I really liked their hair cuts.

I tried my best in front of the mirror.

Thought, 

I could look like that,

if only mom would take me 

to that stylist.

 

She did,

I was maybe four or five, what a disaster, the mirror 

did not reflect what I expected, that hair 

didn’t look on me as it did on them, 

so lovely

 

with their full red lips,

with their boyish haircuts,

with their lips of roses.

 

Recuerdo más cosas. Más de eso que se iba gestando en los últimos años de los ochenta y principios de los noventa en aquella niña que era yo. Hay una foto pequeña enmarcada en uno de los cuartos de la casa de mi mamá, de esos retratos que te sacan en el colegio, posando tiesa frente a la cámara, y que están destinados sin falta a la vergüenza. Verla me causa algo entre el resentimiento y la ternura, que debe ser lo que pasa cuando uno se reconoce allí muy a pesar de que quisiera negarse. Debo haber estado en cuarto o quinto grado. Ya era grandecita, ya escogía mi ropa. El look que la foto congeló para que yo lo vea ahora ya era por completo mi responsabilidad: llevo una camisa blanca abotonada hasta el cuello, debajo de un jacket –demás está decir que innecesario para el clima, puro look– con tonos verde oliva y estampado de flores. El jacket parece como de abuela más que de niña, me queda un poco grande, y sobre todo no se ve del todo femenino en el conjunto que compuse: la camisa de botones, el pelo recogido hacia atrás, bien aplastado y con la partidura en el medio, y pongo la cara muy seria, voluntariosamente negando la sonrisa tierna que se le exige a las niñas, yo quiero verme cool, todavía quiero verme cool como el Angelo de aquella carátula pseudo rockera de Los últimos héroes que parece que tanto me marcó. 

Siento un poco de embarazo al ver la foto, no por la masculinidad de mi elección estética, eso me gusta, sino porque lo que veo es una niña muy incómoda y cultivando el pero de los males del alma, la falta de amor propio, y siento tristeza por ella, como si no fuera yo, como si ella fuera a vivir una serie de dolores que puedo ver pero no evitar. 

Recuerdo que me encantaba la ropa que llevo en esa foto y que me sentía la más cool cuando me la ponía. Y recuerdo que para aquella niña la medida de lo cool era que a los nenes les gustara lo que llevaba puesto: que les gustara, no como las nenas les gustan a los nenes en su diferencia, no, la idea era que les gustara porque era, de alguna forma, parecida a ellos. Con la misma lógica recuerdo haber escogido una vez unas tenis marca Adidas, eran negras con rayas violetas y me llenaban de felicidad. La expectativa que aceleraba mi pulso el primer día que llegué a la escuela con ellas puestas debe haber sido descomunal, si todavía me acuerdo de un suceso que bien mirado no es más que una serie de latidos y una emoción pasajera. Tan pasajera que todo se vino rápidamente abajo. Ya en la escuela uno de los que debían aprobar mis tenis sólo tuvo un comentario cruel, de niño al fin: que Adidas significaba “Asociación de Idiotas Dispuestos a Superarse”. Yo habré seguido poniéndome las tenis, pero mi deseo se habrá estropeado todavía un poquito más.

Aunque la lógica de esos episodios en mi infancia parecería haber querido ir en esa dirección, no me convertí en un bucha. Toda una serie de eventos que decido no incluir aquí habrán contribuido a ello, mi vida, en fin, fuera del orden narrativo. Pero tampoco fui muy femenina. El deseo que siempre se tuerce para algún lado se desarrolló en una dirección bastante cuesta arriba: yo quería ser como los hombres, y gustarles. Para esa niña en crecimiento, con un montón de ideas vagas pero poderosas, se trataba de lo que ella entendía como feminismo: ir en contra de la idea dominante sobre cómo se ve y se comporta una mujer, pero ser mujer y heterosexual. Los hombres tenían que aprender y cambiar, y yo iba a enseñarles siendo una mujer antifemenina. Como pasa con todas las ideologías hegemónicas, es más fácil imaginar bien sea la reactividad o la autodestrucción, antes que una alternativa positiva al orden imperante. O sea que lo imposible era cuestionar la heteronormatividad misma, la opción era resistir y combatir dentro del mismo marco fallido.

Los resultados de mi actitud redentora fueron, como ha de esperarse, desastrosos. Durante toda mi adolescencia fui una chica melancólica y hasta me volví una poeta bien llorona. Sufrí muchísimos mal de amores que resultaron en tantísimos poemas lamentables, todo porque no le gustaba a los nenes. Decían que era rara. Yo más que nadie me sentía rarísima. No tenía las herramientas para entender el problema, un problema de conceptualización de los géneros mucho más profundo que mi propia y pequeña individualidad en gestación. Sólo pude reaccionar volteándome contra mí misma: mi explicación era que yo era fea, que mi cuerpo no era atractivo como el de todas mis otras amigas adolescentes, a las que la ropa femenina les quedaba tan bien. Y de hecho a fuerza de esa violencia, como si la violencia fuera el molde que nos hace, mi cuerpo se hizo feo y poco atractivo por muchos años. Vestirme frente al espejo durante toda mi adolescencia fue un ritual doloroso acompañado de no pocos episodios de llanto. Una pena que nadie a mi alrededor estuviera leyendo por entonces a Judith Butler o que el libro no haya caído en mis manos. Crecí rodeada de gente queer, pero el discurso sobre el género que ejerció su poder sobre mi identidad y mi sexualidad fue el heteronormativismo todavía rampante de finales de los ochenta.

También enamorado de un Angel, por esos mismos años, Manuel Ramos Otero estaba escribiendo en Nueva York su último poemario, Invitación al polvo.

 

[continuará]

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