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Agua Maravilla

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Por Zahira Cruz

Publicado: martes, 7 de agosto de 2018

 

 

            La caja la recibió abierta y rebuscada. Luego de contar los frascos y de hablar con su madre, confirmó que le faltaban cosas. Siempre pasaba, pero no tenía a quién reclamar. Solo le quedaba esperar el próximo paquete y rogar que esta vez su madre pudiera envasar las cremas en otros recipientes menos llamativos, quizá. Llevaba año y medio en la cárcel. Todavía se dilucidaba el caso, pero por lo que se ventilaba en los medios, solo se tramitaba su extradición, pues le tocaba una condena larga en una institución federal. 

            Desde el día cero había sido fiel a su rutina nocturna: primero se lavaba bien para sacar todas la impurezas, la piel muerta de la cara y dejarla bien fresca; luego, tonificaba todo el rostro con agua de rosas y lo humectaba con crema Pons, tal como su madre le había indicado en sus últimas conversaciones. En la mañana volvía a lavarse la cara —con la limpiadora de Estée Lauder, porque el jabón de baño era muy fuerte para su piel delicada y bella—, la humectaba nuevamente con Pons y se aplicaba protector solar por si tocaba salir al patio. Una vez a la semana: la mascarilla reafirmante para el cuello y las manos.

            Wichito no era maricón. ¿Un machote como él? Jamás. Lo que sí era él era un mamito, con placa y pistola, y muy pocos escrúpulos, con tan pocos que hasta le costaba acatar las leyes de la naturaleza. Bueno, con solo decir que era un asesino basta.Otal vez, no. Tal vez habría que añadir que abusaba del poder que tenía y que era un engreído. Cuando ingresó al cuerpo policial sus ínfulas eran inmensas, no dudaba en exhibirse como el que más frente a sus amigos y familiares. Venía al pueblo a desplegar su poder y testosterona por las cuatro esquinas. Cuando hizo lo que hizo, a muy pocos les sorprendió. Eso se veía venir de un hombre como él que, sin encomendarse a nadie, tumbaba cocos con su arma de reglamento mientras los chamacos del barrio trepaban la palma al mismo tiempo. En esas tardes de paseo por el campo, cansado, se tiraba bajo el palmar a fumarse un pitillo de mariguana de los que guardaba en su cajetilla de cigarrillos. Era todo un ejemplar; un Agente de Arrestos Especiales que mató a un jovencito que suplicaba por su vida arrodillado y esposado. No le temblaron las rodillas, para eso era todo un macho de Ley y Orden. Pero ver los surcos del tiempo marcados en su rostro lo hacía cagar blandito. Todos tenemos nuestro talón de Aquíles, supongo. Entonces, decidió buscar la fuente de la juventud en la cárcel y gastarle el dinero a su familia a partes iguales entre productos de belleza y abogados. Ya son cuarenta años de la muerte de la joven víctima de Wichito, y Wichito sigue vivo y preservado. Entonces pienso en lo mucho que hay que quererse. Quererse con cojones. 

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