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Lógica Bárbara 2

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Publicado: martes, 11 de septiembre de 2018

Claudia Mabel Rodríguez

 

En la Biblioteca de Babel, piensa Bárbara mientras fuma un cigarrillo y conduce su compacto japonés por la calle Loíza, todo lo que puede ser dicho ya se ha dicho. Todo ha sido pronunciado, incluso lo que no tiene sentido. Entonces, sigue pensando y fumando, qué puede uno decir que ya no haya sido dicho antes. O sea, cuando quieres dormir y por fin alcanzas el sueño, y entonces suena el teléfono que debiste haber apagado y sabes que ya no podrás volver a conciliar el sueño y solo alcanzas a decir una palabra, una palabra basta, una pronunciación desgastada que has escuchado de boxeadores y tenistas, deportistas alabados, o seres humanos, comunes y corrientes en la derrota o en la felicidad. La palabra sonora y proletaria: puñeta. Y la pronuncias sin filtro, con gusto, relamiendo la ñ tan definitiva. Tan definitoria. 

En La Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges quiso reunir todos los libros. Cuando Bárbara Cienfuegos contestó el teléfono hace par de horas quiso lograr el encabalgamiento infinito de todos los lenguajes fragmentarios aderezados por esa palabra nacional, insular, malsonante, totalizadora. Puñ…

…te prometo que no te molesto más. La semana que viene empiezo mis vacaciones y puedes dormir todo lo que quieras, dice Rogelio, rogando.

–Te prometo que voy a apagar el teléfono y voy a conseguir una .45 en la armería de mi hermano y si te acercas a mi apartamento te dejo entrar nada más para alegar invasión de morada y salir absuelta. Rogelio no sabe si Bárbara bromea o si habla en serio. Prefiere no saberlo.

Se trata de un niño. Está en el hospital. Lo arrolló un carro deportivo esta mañana. Cruzando la Campo Rico. Está muy malito. 

Mierda.

Acompáñame a entrevistar al sospechoso.

El sospechoso es Carlos Williams, jugador de basquet, con glorias pasadas. Hizo dinero como jugador refuerzo en Europa y en China. Ahora comerciante exitoso.

Rogelio llama a la puerta de la lujosa residencia ya pasado el mediodía. Responde el propio Williams. Los invita a pasar. En la amplia sala de estar se exhiben los trofeos y medallas del formidable delantero con buen tiro a distancia. Luego de los lugares comunes de rigor, Williams pregunta con otro lugar común: ¿A qué debo el honor de su visita?

Voy al grano, su carro fue identificado como el que se dio a la fuga luego de golpear a un niño en la avenida Campo Rico, justo frente a la farmacia…

No way. There’s been a mistake. ¿Qué carro?

Un Fiat 500S, azul metálico, tablilla…

Ah, ese carro es de mi mujer.

Bárbara se ríe. Williams la mira confundido. Rogelio la mira implorando.

Lo que pasa, continua Rogelio, es que un testigo, que estaba justo al lado del niño lesionado dijo que el Fiat era conducido por un hombre.

Williams se ríe. 

¡Mami! –llama el exbaloncelista,

Ay, Sigmund Freud, murmura Bárbara.

La esposa de Williams entra a la sala. Mide cinco pies, quizás una pulgada más. Tiene el cabello largo, rubio.

-¿Usted cree que mi mujer pueda ser confundida con un hombre? pregunta, victorioso, el hombre de negocios.

Claro que no, contesta Rogelio, embelesado. Bárbara truena los dedos para sacarlo de su embelesamiento.

¿Podemos ver el carro, si no es mucha molestia? interrumpe Bárbara.

Claro que sí.

Williams los conduce al garaje amplio como media cancha de basketball. Hay cuatro autos. Una Hummer amarilla, una 4X4, un Camaro del 1968 y un Fiat 500S, azul metálico.

-Ahí lo tienen.

Está nuevo. Es lindo– señala Bárbara.

Precioso, ¿verdad? Se parece a ella, a mi esposa.

Bueno, si fuera amarillo pollito se parecería más- comenta Bárbara.

What? 

No, digo, por el cabello tan amarillo.

Yeah, right.

¿Es silencioso por dentro? Eso es lo que me pregunto de los carros deportivos.

Oh, es bien silencioso. Aún cuando aceleras lo máximo– celebra Williams.

Bárbara se acerca al auto y admira sus interiores en cuero.

-Want to try it? pregunta el deportista negociante, orgulloso.

Claro, contesta Bárbara con voz aniñada.

Williams saca las llaves de su bolsillo y abre las puertas del deportivo con el bíper. Se sienta cómodamente en el asiento del conductor y le pide a Bárbara que vaya de pasajera mientras enciende el auto.

–Es silencioso, sin duda.

Williams acelera el motor en neutro.

Silencioso y cómodo– reitera Bárbara.

Es una joyita.

Well, thank you, Mr. Williams.

Carlos, mami.

OK…

Williams apaga el motor. Rogelio tiene cara de interrogación. La esposa de Williams no está. Bárbara le pide a Rogelio que la lleve a la universidad, que tiene prisa. Agradecen. Se despiden. Van al compacto desvencijado de Rogelio.

–El carro se ve bien– dice Rogelio cuando enciende el suyo para marcharse.

–No lo miramos detenidamente. Además no hace falta. Fue él.

¿Cómo estás tan segura?

Es hombre. Miente.

No me vengas con esa mierda.

Quizás no es cuestión de género pero…

Pero…

El carro es de “su mujer”, pero el tenía el bíper en su bolsillo.

Bueno, si…

Y cuando le toqué su orgullo de coleccionista de cosas, autos y “mujer”, quiso lucirse como un pavo…

¿Ajá?

 Y se sentó en el Fiat sin ajustar el asiento que, supuestamente, ocupaba esta mañana su “mujer” que debe haber sido concursante de Miss Petite.

¡Claro! Carlos Williams mide como seis pies y medio.

No, era bajito para su posición. 6’4”. A mí también me gusta el basket.

Ah, pues llamo al cuartel y lo volvemos a visitar.

Primero me dejas en el estacionamiento de Plaza Escorial, busco mi carro y me voy a dormir. Te juro que si vuelvo a saber de ti en menos de 10 horas voy a la armería de mi hermano. Te lo juro.

Bárbara conduce hacia su apartamento. Fuma otra vez. Tose. Va pensando en que antes de Borges, el marqués de Sade escribió, o trató de escribir, el libro que sustituye todos los libros. Entonces se pregunta a sí misma, ¿ese Libro debe contenerse a sí mismo como uno entre otros? Se ríe de sí misma. ¿Será que no puedo dormir porque estudié filosofía?

 

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