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La política y las protestas

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Por Marcelo Barros

Publicado: lunes, 18 de septiembre de 2017

Los calendarios avisan que en esta semana, iniciamos una nueva estación del año. En el hemisferio norte será otoño. En el sur, debe comenzar la primavera. La única cosa no garantizada es que la naturaleza agredida se acuerda de eso y tenga fuerza para renovarse. Em la Amazonia brasileña, justamente, em ese jueves 21, se reúne el Foro Social Amazónico, por la defensa de la floresta. La gran prensa defende el agronegocio, las empresas de mineria y el interés del capital. Sin embargo, todas las personas de buena voluntad saben que, si todo continúa así, em poco tempo, de toda la floresta amazónica, no quedará piedra sobre piedra, o mejor, ni la fauna, ni la flora.

A pesar de que em grande parte de América Latina y Caribe, las estaciones no si distingan mucho, setiembre representa siempre un momento de cambio. Desde tiempos muy antiguos, la humanidad ve los cambios de la naturaliza como apelo divino para que, junto com el universo, entremos también en profunda renovación de nuestras vidas. En esses días, las comunidades judías celebran el Hosh Hashanah, fiesta del Año Nuevo que agradece a Dios que recrea de nuevo el mundo y renueva su alianza con todas las criaturas. Indígenas y afrodescendientes tienen fiestas equivalentes. 

En 1962, en Roma, el papa Juan XXIII pidió a Dios que la reunión de todos los obispos católicos en el Concilio Vaticano II fuera para la Iglesia una nueva primavera. De hecho, Dios lo atendió, al menos en parte. Es que ni Dios puede vencer la barrera levantada por los eclesiásticos acomodados y por los funcionarios de la religión temerosos de perder sus privilegios. Ahora, más de 50 años después, el papa Francisco propone que la Iglesia Católica se renueve en el cuidado con la naturaleza y el servicio solidario a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, víctimas de la cruel desigualdad social. Si las Iglesias locales comprendieran esa propuesta y los grupos católicos, congregaciones y diócesis aceptaran esta propuesta, tendríamos una nueva primavera eclesial que podría ser útil a todas las Iglesias cristianas y a toda la humanidade. Por ahora, ya será una acción primaveral anticipar la naturaleza y comenzar el trabajo de primavera en nuestro modo personal de ser y de vivir. Como escribió el apóstol Pablo: “El ser humano renovado vive cada día y siempre un trabajo de renovación permanente a la imagen de aquel que lo creó” (Col 3, 10). Es Dios quien suscita en el mundo una tierra renovada y promete: “Hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

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