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Con la poesía de Frank Varela otra vez en Chicago (monólogo con dos piezas de canto)

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Por Egberto Almenas

Publicado: lunes, 18 de septiembre de 2017

Yo, anómalo entre pasajeros a su celular pegados. Veo alejarse a través de la ventana desde el interior del tren el hotel de lujo, hoy solo espectral, que en sus tiempos de gloria alojaba al mismo Al Capone. Hacia el poniente de la ciudad al mando de la camorra siciliana afincaría poco después la diáspora boricua de la posguerra. Paraje nostálgico en mi tour hacia el norte en corte diagonal. El aula de West Town, aún risueña en mi memoria. El olor, el de la crayola, en surtido de colores. Cuartillo de leche, achocolatada. Silabario, en inglés. Cupido, precoz... Y en casa, pronto, a tupir maletas para embarcarnos de regreso a la Isla. 

Ciudad gris de los vientos, oh de ti, sin el follaje ambarino del otoño, ni la blancura de la nieve en invierno bajo la noche rosa. Oh de ti, sin tus flores del prado en primavera, ni el estío en las dunas a orillas del Lago Michigan. 

 

I-Bridgeport, atávico y feral 

Retorno en plan turístico a la urbe hoy despejada desde mi campo de vista móvil. Los carriles ladean ahora el infame Bridgeport. A distancia, avizoro los lindes invisibilizados de una vergüenza. Allí se ubica para la historia una de esas jurisdicciones fachas que cínicamente atenúan por acá con el double entendre aliterado de “Sundown Town”. Todavía en vísperas del siglo veintiuno, negro pillado allí después del ocaso devenía negro linchado y expuesto de madrugada a guisa de picota. 

Acaso ninguno de los telefonoadictos entre los milenials que a mi entorno se descerebran tampoco conozcan a fondo sobre el barrio en lontananza que se arrima. Pues lo poblaron almas del trópico cuyo derecho a vivir en su mismo terruño de origen execró por vía epistolar en 1931 el médico caneca Cornelius P. Rhoads. Una vez más la borrachera del odio anubla. Desde el propio Washington y con saña aún más cutre encienden a las hordas del mismo talante que la del galeno genocida en Puerto Rico. Nunca querrán los viciados en la concepción exigua de la prepotencia blanca anexionar a un pueblo abetunado de mendicantes y quejicones. Los cipayos a su vileza, y a su limbo útil aquellos quienes votan en masa por apestillarse en grajeo permanente con un metonímico Bridgeport, el mismo que en la actualidad resucita y repta y cunde las babas de su veneno. 

 

II-Boxeo, loción hidratante, versos varelianos 

Estación de cambio. Aguardo en el andén por mi próximo vagón entre seres perdidos en el ciberoespacio. La pantalla de uno de ellos proyecta en silencio pietaje en torno al deporte para mí inicuo por antonomasia. Me permitiría asestar en defensa propia un buen jinquetazo de los mil demonios. Jamás el gusto bruto, por más que lo aderecen, de ver cómo a dos semejantes del raleo debido a las injusticias del capital maleado los inducen a canjearse golpes a menudo fatales entre sí. Algún día, si en efecto nuestra especie y sus dioses dejaran de precipitarse hacia el zafacón de la basura cósmica, luces de estrellas más incandescentes han de rebozar sus corazones. Entonces, cada vez que nuestro prójimo por venir en ese amor supremo vuelva la mirada sobre sus hombros, se preguntará: ¿cómo pudieron abaratarse tanto? 

Llega el gusano metálico, calo en su intestino, y tomo asiento. Como siempre, bullo las más de las veces al margen de la tecnología digital. En cambio, por hábito fupista en la época aciaga de los escuadrones de la muerte, durante la cual también reinaba a la menor duda la inminencia de pernoctar en “el hoyo”, hasta hoy cargo en todo momento un buen libro a prueba de fuego contra el aburrimiento. De ahí que me acompañe el poemario de Frank Varela, Diaspora: Selected and New Poems (Arte Público Press, 2016). 

El firmante, hacedor de la palabra en inglés desde la molienda diaspórica, nació en Brooklyn, Nueva York, 1949. Lo marcaron, como a mí, años postreros de brega dura en la progresía a caballo entre la colonia y el imperio. Brega también dulcísima desde antes por cuanto a mí toca: mi primer amor tórrido recayó en mi maestra de segundo grado de primaria al momento que la sorprendí detrás de su escritorio untándose loción hidratante en las pantorrillas.

Hablemos del libro. 

Éste antologiza poemas de sus publicaciones anteriores, al cual suma de ñapa otro manojo hasta ahora inédito. De página a página contrapuntea la negación por partida doble (“a spic in the United States, / a gringo in the land of my parent’s birth”) y el sosiego que gracias a la imaginación sobreviene al recobrar la pertenencia primogénita a través de las minucias cotidianas. El humor asimismo agridulce de su voz, amén de las suturas íntimas, congenia a la primera generación de paisanos nuestros que ya en sajadas insólitas a raíz de una política celestina debió dispersarse desde edad muy temprana allá “donde la bestia de los diez cuernos / consume a sus refugiados con dientes de hierro y garras de acero”. A quienes entrañan tan peregrina gula por medio del Apocalipsis bíblico alude Frank Varela en “The Status Question”:

I

If Puerto Ricans had wings,

would there be a law against flying?

II

If we dreamed,

a law against sleeping?

III

And what if our voices harmonized,

would they stop us from singing?

IV

And our feet,

would they ban us from dancing?

V

What about our eyes?

would they blind us for seeing?

VI 

And if we chose freedom,

would they deny us a place on a map?

 

III-Final de la ruta

Zumba “la bestia”, sea cual sea el desenlace del estatus más allá del único a merced del cual el timonel timonea su timón. Algo más iba a decir acerca de cómo se inocula y subyace en “la presa” un complejo de inferioridad cómplice. ¡Bah! No estoy hoy para sicologismos de la insensatez tan tristemente irrisoria como aquella de cuando chambeaba yo como intérprete en los tribunales de Cook County. Se abre el caso:

Una anciana sumida en el vacío insufrible de su soledad ansía morir cuanto antes. La pobre comisiona a un muchacho del gueto para que la estrangule. En el acto cae desmayada, y el bisoño de sicario a domicilio, ante el rostro cárdeno cuya sonrisa ya trasuntaba la placidez post mortem, huye de la escena a salto de mata. Poco después despierta vivita la otrora aspirante a difunta. Tanto se enfurece que acude a las autoridades con el fin de denunciar por incumplimiento al verdugo pacota. Lo arrestan con el fajo de billetes todavía en el bolsillo. Intenta defenderse. Se anuda en un dilema absurdo: Bueno…, sí, su señoría…, pero no…, que no fue mi intención estafarla; que sí…, sí, yo, de buena fe, hice todo lo posible para darle muerte. Sí, no... 

Próxima parada. El tramo último de la gira ferrovial me conduce al aeropuerto. Junto con la poesía de Frank Varela he revisitado, fiel a las coordenadas de mis recuerdos íntimos en dos tiempos, el teatro, el café, la plaza, el parque…, y la escuelita de aquella novia hechicera mía. En breve, Puerto Rico. 

Isla del encanto, oh de ti, sin tus puños de abominación contra lo intransigible, ni tu verdeluz libertadora. Oh de ti, sin tu destranque absoluto entre los síes y los noes, ni de tu lugar en el mapa soñado tras el dominio pleno de sus playas. 

 

ealmenas@gmail.com

 

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