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El PPD rumbo al museo de los partidos olvidados De muertos, moribundos y resucitados

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Por Ángel Israel Rivera

Publicado: martes, 11 de septiembre de 2018

Los partidos políticos, como entes orgánicos, tienen un ciclo de vida inexorable: nacen, florecen, crecen, se desgastan y desaparecen del firmamento político de un país. Tanto en Europa como en América Latina, en varios países, los partidos políticos que una vez dominaron la escena política, los tradicionales, han dado paso a nuevos sistemas de partidos. Se ha visto en el proceso político de Venezuela, lo vimos en Colombia, donde nuevos sectores políticos han surgido y los partidos tradicionales han quedado a la vera del camino. Y se ha atestiguado tanto en Grecia y en Italia como en España. En esta última hay un nuevo sistema de cuatro partidos porque los tradicionales de la transición de 1978 están en crisis pero no han muerto todavía. 

Nada ha significado más —como señal agorera de la situación moribunda del PPD y del PNP en Puerto Rico— que la abstención electoral elevadísima y sin precedentes acontecida en nuestro país en 2016. Un 45% del electorado inscrito, poco menos de la mitad, se abstuvo de votar. La mayoría de los abstenidos fueron obviamente personas que antes votaron reiteradamente por el PPD o por el PNP. A ello hay que sumar el hecho de que cerca de un 20% adicional de los electores de 2016 también abandonó los partidos tradicionales por la vía de votar por una candidata o candidato independiente a la gobernación: Alexandra Lúgaro, con cerca del 14% del electorado, o Manuel Cidre, quien obtuvo más de 5%. Si sumamos esas dos vías de acción política: la abstención y el voto por candidatos independientes para la gobernación, vemos claramente cómo esas dos conductas son representativas del abandono de los dos partidos tradicionales. Ese dato es contundente e irrebatible. Y es que, para un número sustancial de personas, esos partidos se han convertido ya en símbolo de mal gobierno, de beneficios a tutiplén para parientes y amigos, y de grandes sacrificios para nuestro pueblo. Ello explica que Rosselló haya llegado a Fortaleza en enero de 2017 sólo con el 42% de los sufragios de 2016 y que el PPD obtuviera menos del 40% de los votos.

Es lamentable que, hasta donde yo sé, nadie se haya ocupado todavía de investigar empíricamente por qué tanta gente asumió esas conductas ante las elecciones generales de 2016. Mi hipótesis es que no sólo se debe al disgusto con el desempeño de los partidos tradicionales, su violación destemplada de promesas de campaña, su responsabilidad impune por traernos a la crisis y a la gran deuda y sus permisividades ante la corrupción. Descontento con los partidos lo hubo por lo menos desde la década del 1980 en que el Estudio sobre cultura política de los puertorriqueños, dirigido por Ana Irma Seijo y este servidor desde el departamento de Ciencia Política de la UPR, corroboró empíricamente lo que se sabía. Era la gran paradoja: la mayoría de los 1,502 entrevistados decía estar disgustado con el PPD y el PNP pero seguían votando por ellos. La paradoja, sin embargo, llegó a su fin. Tanto da el agua en la piedra…

Sin duda, la conducta indeseable de muchos líderes de esos dos partidos les colmó la copa a muchos ciudadanos. Por los errores de mal gobierno, por el egoísmo ostensible de ciertos líderes, por sus omisiones y sus pecados proactivos y por traer al Gobierno y al Pueblo a la crisis económica y a la gran deuda, el disgusto con el PPD y el PNP —por parte de muchos de los propios ciudadanos que una vez les siguieron— explica en algo los resultados electorales nefastos de 2016. Pero, como señalé antes, mi hipótesis es que esos resultados electorales fueron producto, en mayor medida, de otro factor muy importante. Se trata del reconocimiento por parte de muchos electores de que no valdría la pena votar, o seguir apoyando al PPD y al PNP, porque ya se vislumbraba que el gobierno real interno en Puerto Rico estaría en manos directas del Congreso por medio de la Junta de Supervisión Fiscal. En consecuencia, daba lo mismo que ganara uno u otro partido. 

En los tiempos de las “fake news” y de la “pos-verdad” teníamos unas elecciones espurias en Puerto Rico: unas elecciones que no decidirían mucho sobre las decisiones finales del gobierno en el País. Noten cómo los hechos de 2017 y 2018 han corroborado ampliamente esa expectativa. El gobierno PNP de Ricardo Rosselló ha hecho diversos intentos para demostrar que no es así: “que si protejo las pensiones y el bono de Navidad, que no siempre estoy de acuerdo con lo que exige la Junta Fiscal”. Hasta que la jueza Swain lo dejó en pañales frente todo el Pueblo al dictaminar que el Congreso puede imponer decisiones como poder de “gobierno interno” de Puerto Rico, mediante la Junta Fiscal, porque eso es lo que significa ser un territorio no incorporado de Estados Unidos: estar sujeto a los poderes plenarios del Congreso de ese país. ¡Más en ridículo todavía quedó Rosselló cuando el propio pueblo votante lo abandonó en 2017 ya que sólo el 22% de los electores acudió a su plebiscito pro estadidad!

 

La crisis de la colonia lanza a sus partidos sustentadores también a su propia debacle

Todo eso indica que la peor crisis en Puerto Rico, política y económica, es la crisis de la colonia estadounidense en Puerto Rico. Eso es lo que entró en crisis definitiva y ni siquiera en Wáshington tienen claro cómo extraer a la colonia de su doble problema: el económico y fiscal, y el político. Por supuesto, de la crisis de la colonia deriva obviamente la situación moribunda de los partidos que por tantos años sostuvieron la colonia. El PPD, por ser el principal auspiciador de la continuidad del territorio no incorporado con el nombre iluso de Estado Libre Asociado. Y el PNP, porque —mientras sus líderes se cantaban como anti-colonialistas y estadistas— en la prioridad real y práctica de sus acciones políticas siempre tuvieron el gobernar en la colonia para disfrutar de las prebendas que les pudieran caer debido a su control sobre el gobierno central interno. Hoy hay menos que exprimir en eso de “gobernar internamente al País” y hay mucho menos poder de decisión. No sólo se acabó la autonomía fiscal del territorio sino que también, con ella, terminó la autonomía para hacer por nosotros mismos las políticas públicas. Las que prevalecerán serán las que la Junta dicte, en representación del Congreso de Estados Unidos. Eso, por supuesto, mientras los puertorriqueños no se organicen para terminar la colonia.

Fue precisamente porque muchos puertorriqueños previeron lo que venía que ocurrieron las debacles electorales de 2016 y 2017. Los líderes del PPD y del PNP, por supuesto, no hablan de eso, silban al aire —como si tal cosa— y tratan de ignorarlo. Pero el Pueblo es más sabio que eso, y se da perfecta cuenta del papelón patético que ellos hacen con esa desatención ante la nueva realidad política del País. 

Es cierto, sin embargo, que el paso del Huracán María dejó a muchos boricuas en diversos grados de depresión, en cierto atolondramiento e inacción, y hasta casi moribundos. Por eso decimos que hay muchos boricuas que, pese a las adversidades de María y pese a los atropellos de la Junta de Supervisión Fiscal y del colonialismo más descarnado y feroz, son “resucitables” o han resucitado ya. Lo han dejado saber al hacer aportes importantes al nuevo país que necesitamos crear, aunque no lo tenemos todavía. Cierto es también que muchas otras personas hasta se alegraron al saber que un ente federal controlaría nuestro gobierno. Ingenuamente pensaron que la Junta les haría pagar —a los politiqueros del patio— por sus despilfarros y castigaría de algún modo su incompetencia. No obstante, quedaron bastante decepcionados al ver que la Junta ha pedido austeridad para el Pueblo y para los más vulnerables del País pero no para los contratos del Gobierno con las empresas privadas, incluso muchas de ellas estadounidenses, que se enriquecen mientras desangran con lo que cobran las arcas de un gobierno que la Junta supuestamente tiene que supervisar por su mala fiscalidad.

Causa principal del estado moribundo del PPD

De los dos partidos tradicionales y principales, el que está más cerca de su propia tumba es el PPD. Y el sepulturero mayor —por selección propia de él y de la cúpula de ese partido— es Héctor Ferrer. La razón principal para ello no es que sea el partido más viejo, con unos 80 años en sus costillas. Los otros son menos viejos pero están bastante decrépitos: el PIP tiene ya 72 años y el PNP, que de nuevo no tiene un pelo, va por los 50. La razón primordial para ello es que el PPD fue el creador del embuste. El creador de un “Estado Libre Asociado” que nunca fue realmente nada más que un territorio no incorporado de EEUU con gobierno interno propio muy limitado por su condición territorial. Por supuesto, es ahora, de 2008 en adelante, cuando venimos a comprobar su caída libre en lo económico, su descenso espectacular en los niveles de vida de nuestra gente, y que el nuestro es, además, uno de los países más desiguales del mundo, junto a algunos del África. Y con ello hemos atestiguado también su colonialismo más descarnado, vergonzoso y extremo. ¡En pleno siglo XXI! La clase política de Puerto Rico está evidentemente muy desacreditada pero no sólo en el país sino hasta en el propio Washington.

Cuando las cosas fueron bien, muchos se creyeron la ficción de que Puerto Rico podría desarrollar una economía fuerte y una democracia vigorosa, vitrina de Estados Unidos en el Caribe, siendo aún una colonia. Cuando todo cayó en su sitio, las aguas bajaron a su nivel y el llamado ELA cayó en crisis económica y política, los dos partidos políticos que lo sostuvieron con vida por décadas, el PPD y el PNP, también entraron en graves problemas y contradicciones. El estado moribundo del PPD es peor, o por lo menos así lo percibimos muchos. No sólo por su pasado más liberal y reformista, y por los buenos gobiernos que propició al país bajo Muñoz y Sánchez Vilella sino porque ha sido un partido con potencial de sobreponerse a su propio fracaso, pero no lo ha hecho. Y ni siquiera lo ha intentado. Al contrario, cada día que pasa, el PPD se empantana más en divisiones internas, en peleas pequeñas entre sus líderes, en muestras palmarias de la inconsecuencia de la supuesta “oposición” al gobierno de Rosselló por parte de sus legisladores, y hasta en corrupciones al estilo del PNP, algunas perpetradas desde el cuatrienio pasado y ahora igualmente, con las últimas confesiones de su líder, Héctor Ferrer. Hasta una “popular” de toda la vida, la congresista Nydia Velázquez, tronó desde la diáspora para decir que ningún partido puede ser una alternativa si el Pueblo desconfía de sus líderes. Con ello hizo una clara alusión al escándalo provocado por la vinculación de Ferrer y Prats con la empresa de cabilderos DCI. 

Aun cuando el PPD tiene una amplia base soberanista y libre asociacionista, confirmada en mis estudios realizados desde la UPR —y corroborada por el voto en el plebiscito de 2012— dicho partido ha reducido a los pocos líderes de esa corriente a ser puros alcahuetes de la cúpula conservadora. Pudiendo transformarse hacia algo pertinente ante los retos del siglo XXI, el PPD ha preferido empantanarse en el triste rol de ser la peor rémora del País ante un posible cambio y ante la necesidad de la descolonización. Esa es la razón primordial por la cual el PPD como partido está muriendo primero. Su pensamiento político no sólo se ha demostrado equivocado por el rumbo de los acontecimientos sino que, además, la propia estructura de gobierno interno autónomo que creó, cada vez gobierna menos. El PPD es cada vez más símbolo y seña del sueño con la vuelta a un pasado que no podrá volver. Cuando un partido político cae en el abismo de la impertinencia —y de la parálisis por miedo ante los retos que enfrenta su país— ello evidencia que ya está muerto. Su ELA ha quedado hecho añicos y ello ha ocurrido más temprano que el rechazo claro a la estadidad federada por parte del Congreso, que también habrá de venir. Pero es algo que explica en parte por qué el PPD está más cerca en el tiempo de su tumba y de pasar al cementerio de los partidos olvidados que su supuesto adversario: el PNP. 

Al PPD no lo salva ni el llamado de Aníbal Acevedo a recapacitar, ni los cantos de sirena de Carmen Yulín Cruz con sus “alianzas externas”. Mal puede ser futuro para el libre asociacionismo soberanista y para el País una alcaldesa de San Juan que “celebrará” los casi 3,000 muertos puertorriqueños que causó la negligencia del gobierno de Trump, sumada a la negligencia y falta de preparación del de Ricardo Rosselló —en medio de un desastre natural como el huracán María y sus secuelas. Todavía demasiadas familias están de luto familiar y de vergüenza política como para que una llamada “líder” del PPD intente banalizar lo ocurrido. 

Hacia donde quiera que miremos en el PPD, hasta en quien ha prometido ser líder de una ruptura con base en alianzas, les vemos los pies de barro, atestiguamos la falta de dirección certera y su insuperada superficialidad. ¿Alguien en su sano juicio político puede confiar en que el PPD dará un vuelco hacia el cambio? De ninguna manera. Y además, da lo mismo, porque mientras se viva en el territorio colonial, la autoridad máxima para determinar las políticas públicas estará en la Junta de Supervisión Fiscal.

 

Puerto Muerto y la ruptura

En un artículo reciente publicado en El Nuevo Día, el escritor Eduardo Lalo desbrozó su idea de cómo Puerto Rico se ha convertido en Puerto Muerto. Lo bueno del aporte de los escritores es que nos proveen imágenes contundentes de ciertas realidades. Y la imagen de mucha ciudadanía todavía seguidora del PPD y del PNP, yendo a votar por sus partidos muertos en 2020, como para celebrar un reiterado y mil veces escenificado funeral, estuvo genial. No obstante, Eduardo Lalo desconoció el hecho señalado al comienzo de este artículo: más de la mitad de los electores abandonaron al PPD y al PNP por vía de la abstención electoral o yendo a votar por candidatos independientes. Esto significa que no toda la ciudadanía está muerta o siquiera moribunda. Lo demuestran los muchos que reconstruyen al País desde el empresarismo, desde la autogestión en las comunidades, desde el periodismo investigativo, desde el retorno a la agricultura en busca de seguridad alimentaria para el país del futuro, desde su representación digna y orgullosa de un Puerto Rico vivo en los deportes centroamericanos, y desde los malabares de maestros y profesores para garantizarles educación de calidad a sus alumnos, aunque la institucionalidad de escuelas y universidades ande a la deriva.

No hay que esperar soluciones certeras tampoco de cierta izquierda que como último regalo nos concita a dividirnos en dos frentes: uno amplio y otro soberanista, como si el ser soberanista no le permitiera a un Frente político el ser amplio. Además, ¿quién dijo que se puede hacer un FRENTE para transformar a Puerto Rico de verdad sin que el mismo busque la soberanía propia que le corresponde a nuestro país por derecho? La sub-división en grupúsculo tras grupúsculo tampoco va para ningún lado. De modo que está bien visto que en VAMOS y otros de los llamados “grupos alternativos” hay bastantes muertos, o por lo menos moribundos, también.

Un verdadero futuro de cambio para el país, sólo puede provenir de los que se mantienen vivos, de los boricuas “resucitables”, no importa si una vez fueron del PPD, del PNP, del PIP, del PSP, del PPT, del PPR o No Afiliados. Y de los “resucitables” hay muchos más de los que públicamente salen a la superficie. 

En cuanto a la base del PPD, sólo una ruptura sólida de ésta con su actual cúpula y con el anquilosamiento —para apoyar sin ambages una solución de soberanía propia para Puerto Rico acompañada de buen gobierno— podrá salvar su último aporte constructivo a la historia puertorriqueña. No es casual que el amigo y colega Néstor Duprey Salgado haya publicado en estos días un importante libro: El espejo de la ruptura: vida y obra política de Francisco M. Susoni. 

Muchos puertorriqueños que se sienten vivos en cuerpo, alma y espíritu, añoran y esperan con ansias un nuevo partido o movimiento hacia la soberanía política y el buen gobierno. Tal conjunción de voluntades patrias sólo lo pueden dirigir a puerto seguro los “resucitables”… ya plenamente resucitados. Sólo entonces dejaremos de ser Puerto Muerto para ser un nuevo Puerto Rico, uno no sólo verdadero y vibrante sino esencialmente transformado. De que podemos, podemos, pero es requisito indispensable dejar a un lado los divisionismos y los fraccionamientos, para que el Pueblo, unido, marche con fuerte voluntad política hacia el nuevo derrotero.

 

El autor es profesor de Ciencia Política jubilado de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras luego de 39 años de servicio. Comentarios a: angelisrael.riveraortiz@gmail.com 

 

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