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CLARIDADES: La historia y el pitirre / Lo opuesto de la independencia es la dependencia

Publicado: martes, 11 de septiembre de 2018

La cuestión de la interdependencia de los pueblos es asunto totalmente distinto. Mezclarlo con aquello es tratar de confundir y oscurecer el problema. El dilema al que se han enfrentado los pueblos, desde el nacimiento mismo de las naciones, es el de acatar la dependencia o luchar por la independencia. Lo primero representa estancamiento económico, subordinación política y degeneración cultural. Es aceptar una condición inferior y, como resultado, socavar los valores morales y destruir la potencialidad creadora del pueblo. Ese es el camino con que se ha pretendido detener a Puerto Rico. El otro extremo del dilema, al que no se llega sin lucha, es todo lo contrario; la afirmación de la personalidad del pueblo, su desarrollo económico, su libertad en términos de gobierno propio y su florecimiento cultural.

¿Cuál de esos extremos es  el anti-histórico?

Es evidente que los pueblos del mundo marchan de la dependencia a la independencia. Precisamente, ese es el signo más significativo de este siglo. Con él se cierra el ciclo de los movimientos de liberación nacional que han hecho posible la independencia de la mayoría de los pueblos del mundo. Fuera de esa corriente, o a la zaga, se ha quedado nuestro país. Y se ha quedado, no porque tal no sea la dirección de la historia sino porque fuerzas poderosas, que no han podido detener esa marcha de los pueblos en los confines de la tierra, lo han logrado, hasta ahora, en el caso de Puerto Rico.

Aquí podríamos preguntarnos por qué ha ocurrido así en el caso nuestro, cuando se evidencia lo contrario en el mundo entero. No, no se debe a ninguna razón de excepcionalidad. Puerto Rico, por localización geográfica, extensión territorial, origen histórico, no es excepción a la regla. Cada factor excepcional que se apunte puede echarse abajo con ejemplos concretos que se han dado en la historia, incluyendo la más reciente y en circunstancias similares. La teoría de la excepcionalidad no tiene la menor base, y solo ha servido para tratar de justificar la condición colonial, racionalizar posiciones políticas claudicantes y enmascarar cobardías.

La explicación, en verdad, es sencilla. Si Puerto Rico se ha mantenido a la zaga de la corriente histórica hacia la independencia, se debe a la desigualdad de fuerzas.

A fin de cuentas, todo triunfo es producto de la fuerza, entendiendo, claro está, no la simple fuerza bruta, aunque sin excluirla. Y en esto hemos padecido de una terrible desigualdad.

Puerto Rico, como se ha señalado más de una vez, ha llegado hasta aquí siendo colonia, no de un imperio en decadencia (Inglaterra, Francia, Holanda, etc.), como ha sido el caso de los países africanos sino del que hoy es el imperio capitalista más poderoso del mundo. Esa es la razón, sencilla y clara. Es resultado de la fuerza en sus múltiples manifestaciones: poder militar, sicológico y de toda índole. Ese poder podrá hacer difícil y hasta inalcanzable, si se quiere, la independencia, pero no la hace anti-histórica. 

Lo que define la independencia es el poder que cada pueblo alcanza y ejerce. La lucha de independencia es una lucha por conquistar un mayor poder para el pueblo. Es claro que a mayor poder en manos de los puertorriqueños, menos sería el poder que ejercite Estados Unidos en nuestra tierra. Naturalmente, Estados Unidos no tiene intenciones de renunciar gratuitamente a los poderes que ejerce. De ahí que nuestro pueblo tiene que disponerse a pagar e1 precio que Estados Unidos imponga. Y ese precio es la lucha; a través de la cual se alcanzan los poderes de gobierno propio que constituyen la independencia. Ciertamente, el poderío de  Estadios Unidos es grande. Pero grande es un oso, e imaginémoslo sentado en un hormiguero.

La desigualdad de fuerzas puede ser compensada de mil y una maneras. La historia enseña que en la lucha de independencia la victoria ha correspondido siempre al “pueblo débil” y la derrota al “imperio fuerte”. Y ha  sido así porque el |pueblo, en vez de arrojarse a la lucha frontal contra el enemigo de la independencia con genio propio, ha recurrido a formas de lucha ajustadas a la realidad de sus condiciones.

“Pica y juye”, decían nuestros jíbaros abuelos. Y aún hoy día decimos: “Cada guaraguao tiene su pitirre”.

La desigualdad de fuerzas no es maldición inapelable para los pueblos. Todo se reduce a aprender a atacar como el pitirre.

 

Fragmento del artículo de César Andreu Iglesias, publicado en CLARIDAD, 29 de septiembre de 1968.

 

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