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¿Puede el humano soñar con ovejas eléctricas? Blade Runner 2049

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Por Juan R. Recondo

Publicado: miércoles, 18 de octubre de 2017

 

Blade Runner 2049 (dir. Denis Villeneuve, Estados Unidos, 2017) explora con más profundidad varias preguntas que se originan en Blade Runner (dir. Ridley Scott, Estados Unidos, 1982): ¿Qué nos define como humanos? ¿Puede nuestra humanidad basarse en nuestra capacidad de recordar y en las emociones que surgen a raíz de estos recuerdos? Y la pregunta central de la secuela: ¿Eso que algunos llaman alma existe sólo en aquellos que han nacido por la unión de dos seres humanos? La búsqueda de estas respuestas es lo que guía al protagonista de la secuela, K (Ryan Gosling), en su investigación. No voy a dañar la experiencia de la historia revelando lo que K busca, el motivo principal del conflicto dramático. Pero esto se relaciona a la pregunta que sirve de título a la novela de Philip K. Dick, Do Androids Dream of Electric Sheep?, en la que se basa la primera película. En Blade Runner 2049, Villeneuve no responde a estas interrogantes dentro de un marco de acción, como lo han hecho obras tan logradas como Terminator 2: Judgment Day (dir. James Cameron, Estados Unidos, 1991) y la más reciente Ghost in a Shell (dir. Rupert Sanders, Estados Unidos, 2017). La película de Villeneuve tiene el ritmo pausado de la consideración filosófica que invita al espectador a vagar por un mundo excesivamente industrializado donde la evolución de la máquina desafía nuestra propia humanidad.   

La historia de Blade Runner 2049 comienza treinta años después de los eventos que se llevaron a cabo en la original. La Corporación Tyrell que creó los replicants, androides utilizados como esclavos para labores que los humanos no pueden hacer, ha cesado de existir. En su lugar, la Corporación Wallace, presidida por Niander Wallace (Jared Leto), un frío capitalista con complejo mesiánico, ha seguido produciendo modelos tan avanzados que se confunden aún más entre los humanos. Mientras los replicants de la primera película buscaban vidas más largas, ya que habían sido condenados a tener un ciclo de vida de tan solo cuatro años, los androides de la secuela son un ejército rebelde que lucha por su humanidad. Estos modelos defectuosos por su falta de obediencia son los que los Blade Runners cazan para desactivar. K es un replicant que trabaja para la policía de Los Angeles como Blade Runner. La primera baja que presenciamos en la película, un inmenso androide rebelde (Dave Bautista), le asegura a K que ha visto un milagro justo antes de que el Blade Runner lo ejecute. Aunque K ha sido programado para obedecer las órdenes de su teniente en la policía (Robin Wright), las palabras crípticas del androide desactivado resuenan en el protagonista a través del misterio que comienza con el descubrimiento de un esqueleto enterrado. El resto de la película es una investigación que lleva a K a cuestionar su existencia y la humanidad que todos los humanos a su alrededor le niegan.

Blade Runner 2049 regresa al sombrío mundo del film noir de la primera. Roger Deakins, el director de fotografía, utiliza magistralmente la gramática visual del film noir, que vemos en clásicos del género como Double Indemnity (dir. Billy Wilder, Estados Unidos, 1944) y The Asphalt Jungle (dir. John Huston, Estados Unidos, 1950), entre otras. Deakins construye un Los Angeles que a simple vista brilla por las luces coloridas de sus anuncios interminables. Sin embargo, el director de fotografía retrata cada intercambio de K con luces tenues que no necesariamente resaltan la moral dudosa típica de los personajes del film noir, sino la ambigua humanidad de los replicants y de aquellos que los esclavizan. Tanto como Josef K., el protagonista de The Trial (dir. Orson Welles; Francia, Alemania e Italia, 1962), que lucha por sobrevivir dentro de un opresivo sistema kafkiano que amenaza con aplastarlo, el K de Blade Runner 2049 sufre las innumerables palizas de una sociedad cuya definición fundamental es subvertida por la búsqueda del personaje. La actuación sutil y controlada de Ryan Gosling deja entrever el afán de K por encontrar la solución al misterio y a su cuestionamiento existencial.

La edición pausada de Joe Walker alarga cada toma para sumergir al espectador en un mundo delirante de desiertos desolados por la contaminación radiactiva, vertederos interminables y la oscura matriz de la Corporación Wallace de donde nacen sus replicants. De esta manera, el espectador es obligado a enfrentar la crasa cosificación del cuerpo femenino y de las hordas de los desposeídos. Este mundo y sus interrogantes son para mí el mayor triunfo de esta joya del cine. Blade Runner 2049 es uno de esos casos raros donde la secuela sobrepasa el logro de una excelente película previa. Esto no quiere decir que ambas han gozado del apoyo del público general, puesto que la original tanto como la secuela no han sido éxitos taquilleros en los Estados Unidos. Me parece que la secuela seguirá el mismo camino de la original y se convertirá en cine de culto. Espero que esto alargue la vida crítica de Blade Runner 2049, porque su exploración de la humanidad de los personajes nos lleva a reflexionar sobre la grave deshumanización que predomina en nuestra propia realidad.          

 

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