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El hombre que trató de subir la montaña

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Por Rafael Rodríguez Cruz

Publicado: lunes, 23 de octubre de 2017

Una antigua fábula rusa nos habla de una remota región de los Montes Urales en que había un pequeño poblado localizado en la base de un pico bien alto. Los habitantes del pueblito soñaban desde tiempos inmemoriales con escalar la elevada montaña. Todos los días, al acabar las labores del campo, se reunían para diseñar un plan que los llevara a cima. Pero nunca lograban ponerse de acuerdo. Querían un delinear un plan perfecto, sin riesgos ni azares. Así, diariamente trazaban un bosquejo de acción, que luego descartaban por ser imperfecto. «Nunca podremos escalar la montaña, si antes no damos con el plan perfecto», se decían unos a otros. 

              Un día, uno de los habitantes trazó su propio plan, y se fue a subir la montaña por un camino nunca probado. Y subió y subió y subió, hasta llegar a un lugar del camino al que nunca persona alguna había llegado. Su corazón latía con gran entusiasmo, por la altura alcanzada. Pero entonces se dio cuenta de que su plan no había funcionado por completo. Tropezó con un obstáculo imposible de superar. Su corazón se llenó de gran desaliento, pues no había alcanzado la cima. Peor aún, bajar no sería nada fácil. Además de los peligros inherentes a descender la inclinada pendiente, estaba la poca excitación que provoca volver al lugar de partida. Sin embargo, emprendió el difícil y penoso descenso. Y bajó y bajó y bajó. En el camino sufrió caídas y rasguños. Según se fue acercando a la base de la montaña, pudo escuchar las burlas y risas de los demás habitantes del pueblo: «Ya lo ven: tuvo que virar sin llegar a la cima», decían algunos. Otros replicaban, en tono petulante: «Se lo merece. Eso le pasó por querer subir la montaña sin un plan perfecto».

Esa noche el pueblo volvió a reunirse. No pararon de burlarse del hombre que había intentado subir la montaña. Pero, como sucedió en otras tantas ocasiones, no pudieron ponerse de acuerdo. No daban con un «plan perfecto» que los convenciera de poder llegar a la cima sin contratiempos. Cansados de tanta porfía, descartaron sus ideas y se marcharon a dormir. «Mañana nos reuniremos de nuevo a buscar el plan perfecto», dijeron frustrados al no alcanzar el consenso.

Al otro día, muy temprano en la mañana, se dieron cuenta de que el hombre que fracasó en el empeño de subir la montaña ya no estaba entre ellos. Se había marchado, con un nuevo plan, a escalar el elevado pico. Desde abajo lo pudieron observar, como una hormiguita, subiendo por un camino enteramente distinto. Y subió y subió y subió, hasta llegar a una elevación mucho mayor que la que él mismo había alcanzado en su primer intento. Pero entonces se dio cuenta de que su segundo intento tampoco había funcionado por completo. Al igual que en la primera ocasión, tropezó con un obstáculo imposible de vencer. Su corazón se llenó otra vez de mucho desánimo. Había fallado en su segundo intento de llegar a la cima. Sería ahora todavía más difícil bajar la peligrosa pendiente. A pesar de eso, emprendió nuevamente su descenso. Y bajó y bajó y bajó, sufriendo incluso caídas y rasguños más dolorosos. Y conforme se acercó a la base de la montaña, pudo reiteradamente escuchar las burlas y risas de los demás habitantes del pueblo: «Es un necio, mira, y que querer ascender hasta la cima sin un plan perfecto», dijeron cargados todavía de más socarronería. «¿De veras se cree que va a llegar sin un plan perfecto?», se repitieron unos a otros. Pero el hombre, asido ahora a una soga amarrada a un arbusto, continúo bajando la empinada y difícil montaña, más rasguñado que antes, pero pensando ante todo en qué camino podría tomar la próxima vez para finalmente llegar a la cima... 

Es de este modo en que, quizás, debemos comenzar a reflexionar sobre los esfuerzos libertadores de nuestros antepasados. ¿Qué sacamos con decir que no lograron la meta final de la independencia? ¿Por qué se arriesgaron a sabiendas de que no tenían un plan perfecto? ¿Qué pudieron o no pudieron haber hecho hacer distinto? ¿Y qué nos impide a nosotros y nosotras intentar llegar por un nuevo camino? ¿La ausencia de un plan perfecto? 

·Basado en la historia titulada «Ascender una montaña: Los peligros del desaliento», por V. I. Lenin, febrero de 1922.

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