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Investigación del complejo Medusa Vidas y andares de muñocistas

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Por Pepe Liboy

Publicado: martes, 10 de abril de 2018

Introducción

El siguiente estudio consta de un cuento y un post–scriptum en el que se usan ampliamente y con frecuencia palabras con la letra ñ (eñe). El experimento está diseñado para explorar en qué medida los lectores puertorriqueños de hoy en día pueden tolerar el uso de esa idiosincrática letra del español. Palabras importantes del idioma tales como sueño, niño, muñoz, son idiosincráticamente españolas, intraducibles al inglés y por ello difíciles de transcribir sin la sutileza que supone el uso del comando Alt, tecla de la computadora que nos salva la vida. El texto se debe presentar a los lectores en Word, no en pdf., con la idea de invitar al lector a hacer cambios con el comando Alt en un texto abierto y sin corregir. La viabilidad es cosa del lector, su privada empresa negociadora con el texto a la mano.

J.L.

 
 
 

Andaba con el niño en el Malibú. Mi madre guiaba el automóvil. Me dormí porque Níobe, la madre de mi criado, se había casado con otro señor, y entonces lo íbamos a dejar con una de mis tías. Luego seguíamos para el Colegio Hass, donde mi madre, que era dietista, iba a preparar unos jugos y unos entremeses. Las nuevas inmediaciones de la escuela estaban localizadas en el campo. Eran edificios verdes y enormes. Se bajaba hasta ellos en el carro. Mi madre guiaba. En las oficinas de la escuela me preguntaron por mi criado. Estaba Mark Hass, el hijo del director, que me echó el brazo. La maestra de octavo grado, madre de Níobe, que se burlaba de mí, cuando era niño, cuando le dije que mi padre trabajaba en muchas cosas, estaba al lado. Hice mi historia. Que el hijo de Níobe se lo entregaron a cambio de una promesa. Le suscribían un título de propiedad si lo daba a luz. Le dije a los maestros que eso se acostumbraba a hacer en el pasado. Ellos me dijeron, la que se burlaba de mí sobre todo, que eso no era cierto. Mi hermano hacía poco que había visto una película y se lo comenté a la madre de Níobe:

–Mi hermano opina que la versión fílmica de cierta novela, se filmó con helicópteros de alta tecnología que no están piloteados sino teledirigidos a distancia. Es una manera de explicar que los criados y los obreros no tienen personalidad ni conciencia. Yo le diría que escribiera un artículo de periódico sobre su opinión. Las tomas aéreas del cañaveral las han hechos con “drone technology”. Mi hermano me ha hablado mucho sobre esos helicópteros no piloteados y dice que hay algunos que se tiran al aire como bolas y que se abren en el aire con sus hélices, dirigidos desde un reloj pulsera. Los obreros son refinados, pero la conciencia está en otra parte, ellos son como meros televisores que hacen una labor impersonal–.

–Ésa es otra cosa que no es verdad– me contesta la maestra. –Yo creo que las tomas se han hecho con helicópteros comunes y corrientes, piloteados por personas–.

–El personaje del socialista, que un autor posterior rescata en un cuento publicado en una editorial de temas infantiles, era un hombre incapacitado como otro personaje de novela que conocí en la infancia. La incapacidad reproductiva es un tema delicado que era forzoso conocer en mi generación, aunque hoy se soslaya cuidadosamente. Pero el uso de los helicópteros teledirigidos, como cuenta mi hermano, me interesa más que el tema escolar. Le comenté que el Malibú estaba afuera y buscó muchas informaciones sobre los Malibús, aunque no encontró fotos en ninguna parte–.

La maestra negra que estaba en la recepción de la escuela reconocía que necesitaba fumar. Ella fue mi maestra de Biblia y fue adicta. Me dijo que antes de volver a mi casa, me iba a regalar seis cajetillas de catorce cigarrillos, de las que ya no se fabrican. Estaba contento. Las tenía en una especie de estuche. Entonces salí caminando de la escuela, pensando conseguir los fósforos en una pulpería. Los enrevesados caminos de regreso me resultaron curiosos. Pensé que estaba soñando y que lo anotaría todo. Mi madre se había ido en el carro, no sé cómo pudo salir, pues la escuela estaba en una hondonada nueva y el motor del carro no era muy fuerte. Se lo dije a la maestra de Biblia luego:

–No sé por qué sueño con ustedes. A mi edad nada tiene importancia, especialmente ahora. Quise anotar este sueño porque me llamó la atención la cantidad de cosas que son recuerdos del pasado–.

 Níobe no es la madre biológica de mi criado. Estaba en una comilona con los Hansen, sus parientes, en los predios de una casa de playa inundada en el pueblo de mi madre. La persona que estaba conmigo era otra Níobe que yo conocí en la niñez. Sirvieron unos casquitos de coco, y podía ver afuera el agua porque la casa estaba inundada. La nena se paseaba entre nosotros. Un americano cogió los casquitos de coco y estaba con nosotros la maestra de octavo, que como ya he dicho es la madre de Níobe. La muchacha que dio a luz al nene ni siquiera se parece físicamente a ella. Por lo menos cuando sueño sé que tengo memoria y que los puedo recordar aunque las personas hayan cambiado.

Días después fuimos a otro apartamento del pueblo de mi madre, que tiene como diez cuartos con mi padre, mi madre, Lili y Sonia con su hijo. El primero que llegue a la mejor habitación la tiene y esta vez, no como en años anteriores, Lili ha llegado primero y tiene el stereo compacto frente a la cama semioscura, aunque no está en la habitación mejor. Es una litera y ella se ha instalado en la plaza baja con el stereo. Le hago un comentario a Lili cuando llega a la litera:

–Fred me llevó a un agreste lugar de los Estados Unidos donde se reunían los nuevos amerindios. Son jóvenes blancos norteamericanos que tratan de vivir primitivamente. El grupo de nuevos amerindios se organiza a las orillas de un pedregal que da pie a un riachuelo. No muy lejos hay un caserío y aunque mi amigo me llevó para que viera el asunto, no tengo un tatuaje estampado en la mano que me acredite como amigo de ellos. De modo que tengo que irme. No sé por qué Fred me ha traído al pedregal, pues ellos no me aceptan. Pero luego, de regreso al Howard Johnson donde nos hospedamos,  el recepcionista me dice que mi nombre aparece como hospedado aunque es Fred quien paga la habitación. Ese hijo que tiene tu hermana Sonia lo rescaté hace años en aquellos pedregales–.

Lili se ríe y enciende el radio compacto. No enciende las luces de la habitación y yo prosigo comentándole lo que he visto:

–El distinguido, sin embargo, otro niño al que he rescatado, es hijo del hijo de Níobe, mi criado. Cuando soñé con el la primera vez, nunca imaginé que lo vería pronto. Siempre está agarrando un carro de compras. Eddie, que nunca fue muy bueno, es el que siempre tiene dinero. Ya no puedo comer platanutres, pero él iba a pagar seis dólares por una bolsa aunque sabe que me duelen los dientes. El distinguido estaba al lado mío con Eddie y con su hija, que fue quien lo dio a luz–.

A Lili le parece improbable este comentario, pues no cree que uno pueda soñar con cosas que va a ver enseguida. Sin embargo, le reitero que a mí me sucede eso.

–Después vi al distinguido con su abuelo materno, pues el nene de Níobe se casó con una muchacha que le hacía las asignaciones en la escuela. Mis pesadillas son con la escuela, siempre tengo pesadillas que se me pasan las fechas de los exámenes o que no puedo entregar a tiempo mis asignaciones. A mi edad ya nada importa. Mi vida es lejos de ser placentera o satisfactoria. Nunca imaginé que mi vida tomaría este giro. Claro, tomo estas notas para escribir cuentos en el futuro, casi siempre son pesadillas que he tenido. De la pesadilla del distinguido me acuerdo. Es relativamente vieja. Pero no recuerdo otras–.

He estampado todos mis sueños juntos para ver si los convierto en novela. No tomaba nota de estas cosas hasta ahora, como los surrealistas que hacen su obra con sus pesadillas, pero no me siento ni mal ni bien. Tengo que encontrar, como es natural, el hilo de Ariadne que los unifique en un solo texto novelesco. Ese es principalmente el problema de estos textos. Algunas cosas las recuerdo, otras simplemente se me olvidan. Mis parientes me oyen hablar de estas cosas en la playa del pueblo, a donde llevo una vieja máquina de escribir con la que lo pego todo. Una pesadilla reciente con el hijo del primo de mi padre ya fallecido, se la cuento a mi madre:

–No he soñado nada hoy. Ayer recojimos a una señora que tiene ilusiones con los niños abandonados, aunque siente orgullo de que no los cría. Si existieran como en el pasado sería fabuloso, pero hoy esas cosas son fantásticas. Se habían robado, nos dice, un carro que vendía tacos cerca del condominio donde recojo a mi hermano todos los sábados. A parte de ello, no pasa nada excepto que se me han aflojado los dientes. No me da tanta pena en realidad, me parece curiosa la vejez. Me trae memorias de cuando perdí los dientes de leche. Los dientes siempre me han parecido asunto curioso, siempre tuve problemas con ellos. Sin embargo, no me daba cuenta hasta ahora. No puedo comer pan, tengo que cortar las cosas en pequeños pedazos. El hermano de Pete, que es dentista, baja los ojos cuando me ve pasar. La nena que reparte el periódico gratuito usa bridas, como yo en la adolescencia. No sé cómo decirle que los va a perder cuando sea vieja. Mejor no le digo nada. El hijo del primo de mi padre, andaba con un espía alemán que lee porno en francés. Estábamos en unos hoteles y un espía que me acorraló vio que lo amenazé con una navaja, aunque sostenía también una toalla. El espía me hizo ver que era fácil desarmarme y hasta matarme, incluso me preguntó por qué quería morir. Este sueño es incomprensible y no tiene nada que ver con lo que usualmente viene a mi mente. Pero lo consigno porque es curioso–.

Yo estoy en una habitación no tan buena del mismo apartamento grande, también en una litera. Recorro las habitaciones y atravieso la cocina, que está más o menos en el centro del apartamento. Camino hacia la entrada y veo a Sonia, que es rubia como mi madre, con su hijo. Quedarse con nosotros no le atrae particularmente, aunque lo hace porque no hay otra. Me les acerco con una galleta de soda y margarina. El nene rubio de ella me mira y me dice:

–Ten cuidado con la margarina porque la extraen de los “goldfish”.

Le contesto:

Cuando te vea comiendo algo parecido te diré de qué está hecha esa comida igualmente para que te dé asco.

–No eres mi amigo– me contesta.

No está claro si mi madre y yo somos los otros parientes de Sonia y ese niño, es decir si mi padre también es padre del hijo de Sonia. Lo cierto es que la situación se vuelve tan intolerable que un chofer extranjero nos saca del apartamento en una van vieja. Llegamos a la ciudad. Vamos a toda velocidad por un barrio idiosincrático, lejos de casa. Mi madre dice:

–En la ciudad se puede guiar así. No en el campo.

La van se barre peligrosamente y se vuelca de lado. Ayudo a mi madre a salir de la van volcada, que ha tomado todo esto con perfecta naturalidad. El chofer se ha ido, pero otro extranjero está en el asiento del conductor. Hay muchos dulces de chocolate desparramados por todas partes. Los recojo antes de salir de la van, pero le digo al extranjero:

–Coje los que yo no pueda recojer. No puedo llevármelos todos.

Entonces salgo y me pongo a pensar en cómo regresar al suburbio. Definitivamente, el niño que llevo adentro está convencido de que ha ganado la batalla. Le cuento a mi madre de regreso otro de mis sueños:

–Estaba matriculado en la maestría desde hace años, aunque no sé por qué no me he graduado. Una muchacha pequeña y negra va a dar un tedioso curso de pedagogía, y lo voy a seguir aunque no sé de qué voy a graduarme. El pupitre está empotrado en un riel que atraviesa todos los salones que están subdivididos por cortinas corredizas. El pupitre sale despegado por el riel conmigo, que estoy sentado. No veré más a la profesora negra y eso me alivia, aunque no sé lo que voy a hacer cuando llegue despedido a la última habitación del edificio. Recuerdo, por supuesto, este sueño–.

Mi criado tenía otras opciones. No necesariamente habría tenido que ser mi sirviente si hubiera aceptado el papel de mi hijo. Pero su orgullo sideral lo llevó a cambiarse el nombre cuando llegó a estudiar a la Universidad. Siempre fueron estúpidos los Nione, pero cuando se llevaron al niño con ellos no hubo quien los superara. Me dio mucha pena porque lo crié para que fuera mi hijo. Por eso el hermano de Pete, el fiscal, que es pintor baja los ojos cuando me ve pasar. Esta historia que estoy escribiendo es con retazos de pesadillas porque nadie tiene la bondad de recordarme el pasado. Por eso tendré que publicar el texto por mi cuenta.

 

II

Milione empezó a escribirme hace unos años. Lo primero que me preguntó, cuando empezó a escribirme, fue si soñaba como ella pesadillas inquietantes, cosas que daban miedo o que uno mejor no cuenta por escrúpulo o porque ya se ha llegado a una edad es la que es aconsejable callarse. Le mandé algunos de mis sueños, pero casi no recuerdo los de aquel entonces. Sin embargo, ahora los escribo por consejo de ella. En una ocasión nos reunimos para aclarar los temas de una conferencia que iba a dar sobre su poesía. Estaban haciendo una obra de teatro con mis pesadillas y Milione se interesó en mí. La aparté y le conté una anécdota que recordaba haber vivido antes de graduarme del Colegio Hass.

–Algo había pasado en la Universidad, que la asistente de cátedra de la Sra. Harris, la maestra de matemáticas del Colegio Hass, venía a uno de los salones para darme clases de historia de la isla. La asistente, porque la Sra. Harris nunca fue mi maestra, me hablaba de las autopistas y me pedía que le hablara de la carretera que llega al campo. Mi clase en realidad era con el grupo A, que no me gustaba porque era un grupo orgulloso lleno de extranjeros, pero me quería quedar con la historiadora del grupo B.

Ese mismo día, Tobías Robinson, mi maestro de historia del grupo A, ya retirado, me celebraba un homenaje cierta banda de rock conocida en aquel entonces, pues en el pasado le había dado informes sobre la banda y se los había hecho llegar. Tobías los trae a la Universidad y empiezan a tocar enseguida. Se me salen las lágrimas. El baterista del grupo me pregunta dónde hay un baño y yo lo llevo al pasillo del segundo piso del edificio, pero en realidad es para darme un duchazo porque estoy demasiado sucio de haber llorado. Los artistas proyectan una serie de animaciones aereas de ciudades en el cielo. Todo termina cuando encuentro al grupo B reunido en otro salón. Ellos me dicen que me aceptan en el grupo de vuelta.

–Queremos calma– me explican. –No queremos problemas.

La asistente de la Sra. Harris me entrega unos talonarios que describen la conducta de mi abuelo en la escuela de la hacienda Solaris, el pueblo de mi madre. En un blanco que tiene el documento– aunque son dos hojas o talonarios iguales– la maestra de la hacienda describe a mi antepasado desconocido como el más vivo. Es un regalo que ella me hace por el homenaje–.

Milione me escucha y añade que le da miedo escribir. Yo he querido animarla para que no tenga miedo y escriba cuentos y poemas, en los que ella es insuperable. He querido, incluso, buscar las pesadillas que ella me contaba. Quizá solo ella y yo veamos estas cosas, pero tengo fe de que algún día podremos compartir lo que escribimos, y como ella dice, hermanarnos.

 

III

La fastidiosa reticencia de la joven escritora me llevó a revisar mis libros viejos, pues como no contestaba a mis mensajes y sus publicaciones eran todas tan mezquinas, que me cansé de esperar a comunicarme con ella. Su único libro de poesía, publicado a regañadientes, se lo había llevado mi familia para el Museo de Tom Franks, mi abuelo paterno. Todo conspiraba para que perdiera el hilo y la joven dejara de interesarme. Un amigo de la Universidad, profesor, que me había hecho una entrevista para la red electrónica, cumplió años y me dediqué mejor a recordar viejos tiempos con él, que a seguir tratando de comunicarme con la escritora.

¿Qué pasaba con la juventud? ¿Por qué no podían simplemente publicar sus textos en los periódicos? ¿Por qué tenían que estudiar escritura creativa? Tantas técnicas aprendidas de los publicistas no los llevaban a ninguna parte. Fui a la playa, por consejo de mi madre, que era la persona que estaba entregando mis libros y mis cosas para el Museo de Tom Franks. No me interesaba gran cosa el museo de mi abuelo. El patriota no había dejado nada. Solamente una vaga leyenda en un pueblo provinciano y polvoriento. Pero me hastiaba la poeta.

Revisé, como es natural, el archivo de clientes de mi padre, que se dedicó en la senectud a casar parejas jóvenes con artículos promocionales. Me comuniqué con Molly Sollers, que fue poeta también y profesora en el pasado. La llamé por teléfono a Solla, un pueblo grande que no queda lejos de la Sinarca, nuestra gran ciudad.

–¿Qué pasa con la joven?– me preguntó.

–La figura de la poeta es una, pero está compuesta de tres personas como Dios– le expliqué. –Le llaman en sicología el complejo medusa. Una de ellas procrea, la otra concibe y la tercera persona es como una informante de la policía. Lo he visto en las ciencias, pero no hasta ahora en la poesía.

–En la poesía todas las mujeres teníamos a nuestros hijos– asintió. –Ahora las poetas son como las científicas. Es un hastío.

Molly me dijo que pasara la tarde con ella en la piscina de su casa. Era mejor que seguir el complejo que juntaba a las tres mujeres en una sola figura de escritora. Fui a su casa y se lo dije en la piscina.

–Hay un libro de espionaje sobre el complejo– le dije a la vieja poeta. –Escribí un cuento corto sobre el tema, para participar en un certamen sobre el Síndrome de Down, que auspiciaba una entidad en Asiana, un pueblo que queda justo al lado del pueblo en donde estaba la hacienda. Aunque no lo mandé nunca, lo publiqué en la red.

–Ven a mi Universidad el viernes– me dijo. –Quiero que le hables a mis estudiantes sobre ese complejo tan típico de las ciencias y que ya cojió a la poesía–.

La conferencia de Molly Sollers la dí en un programa de dibujos animados y eso permitió que no se me durmieran los estudiantes. Era relevante y la misma Molly hablaba del asunto en su texto. Pronto proseguí a una segunda conferencia sobre la poeta joven.

 

Milione hoy

A veces pienso que Milione es una poeta más joven, que reproduce la filosofía y las maneras de las escritoras de mi generación. No parece una mujer de 50 años. Pienso que se ríe de la postura radical de aquella época. Eso, como es natural, no he podido corroborarlo porque he conocido más de una Milione. Yo recuerdo haber hablado con una trigueñita en el Club de Polo, que me dijo que era ella. Pero la persona con la que aparezco retratado en la red electrónica no es la trigueñita que habló conmigo en el Club de Polo. Milione por lo menos es tres personas diferentes. Es un fenómeno poético reciente. Lo he visto en las ciencias, pero no lo había visto en el arte. Se parece la novelista negra Dione Don que es dos personas, no es una Trinidad; la que escribe y la negra que vende sus libros hablando mal de las negras.

Naturalmente, el fenómeno Milione empieza a hacérseme más oscuro, ahora que mi familia se ha llevado su libro al museo familiar de mi abuelo patriota. Se lo he comentado a la persona que me escribe con su nombre en la red electrónica, no sé cual de las dos, la que procrea o la que concibe, o si es otra persona, una tercera persona que se comunica conmigo. Ahora el asunto se hace más claro, cuando hay una diferencia fundamental entre la selección de sus cartas que yo he hecho y la que hicieran para la revista cibernética Doralia.

Se me hace difícil pensar que Milione, si existió una sola persona con ese nombre, fuera una escritora rechazada de mi generación. Pero es posible que sea así. Yo he hablado ya con dos personas diferentes. Claro, mi viaje al campo no me aclaró nada. En otro pueblo, cuando fui a ver recitar a la mujer blanca de 50 años, no fui bien recibido por ella en la actividad. Sin embargo, la que me escribe es muy amable.

No he podido investigar mejor el fenómeno porque mi familia está guardando cosas mías para el museo de mi abuelo. En realidad el tipo histórico es mi abuelo, pero los objetos artísticos los he generado yo en mi vida de cuentista. Como lo he ido perdiendo todo para montar ese museo en el campo, pues no tengo las herramientas necesarias para averiguar la verdad sobre Milione.

Terminé por la tarde con un terrible dolor de cabeza. Molly estaba contenta porque había una diferencia fundamental entre las poetas del pasado y las de ahora. Las de ahora estaban con las ciencias, cosa que no era típica de las viejas. Guardé el texto en computadora y lo salvé en un disco, para tenerlo a la mano en el futuro.

 

IV

A mi madre le llamó la atención que ofreciera una presentación sobre la poesía de Milione en la Universidad de Molly Sallers, y me preguntó si la podría repetir en el Museo de mi abuelo Tom Franks. Por supuesto, me encontraba dispuesto a hacer el viaje en el Malibú, aunque el motor del automovil estuviera debilitado. Me fastidiaba un poco repetir mis palabras en el provinciano pueblo donde estaba localizado el museo, pero me convenía dar a conocer a la poeta y me encaminé enseguida. Me recibió una empleada que tenía mi familia y comprendí que se me haría más facil dar la conferencia porque el libro estaba entre las cosas guardadas y lo podía usar para leer otros poemas que hubiera olvidado.

Por supuesto, no iba a decir lo mismo. Prefería contar lo que me estaba pasando con Milione por la red electrónica. Es un fenómeno que el titulado el Síndrome de Sacks, y que es típico de la soledad del operario de una computadora. Para presentar un ejemplo del síndrome, iba a narrar los sucesos de mi último día de cumpleaños, en el que Milione no fue el personaje más destacado.  Las personas que me celebraban ese día no estaban en el chat room, donde paradógicamente se encontraba la poeta. La soledad de la pantalla no me dejaba entrever si la persona que me escribía desde el chat room era Milione, o si en efecto era Níobe, la madre de mi criado, que me escribía mensajes consoladores todos los días con el nombre de la fastidiosa escritora. Hablé de ese problema en el Museo Franks, acompañado por mi madre. Luego de que se sirvieran los entremeses, mi madre me apartó de los demás para darme su parecer.

–Milione es madre– me dijo. –Aunque es como tú dices, una Trinidad, el hecho es que hay un niño y a tí te gustan los niños.

–¿Se casó entonces?– pregunté.

–No sé si se casó– me dijo. –La conferencia que diste en la Universidad hizo que su familia avanzara a casarla. No te equivocabas, Milione era como una marca de fábrica o una corporación. Por lo menos dos personas más tenían que ver con el producto, que fue ese libro que tenemos en el museo. Quizás si no hubieras dicho nada, se habría dado cuenta de que tu hijo en realidad es hijo de nuestros empleados.

–Qué pena– concluí. –Ahora entiendo por qué el chat room completo parece escrito por Níobe solamente y no por los muchos amigos que parezco tener.

–No es malo. Se casó con tu criado– me dijo mi madre. –La que parece una informante es la hija de la corporación y ahora es la esposa de tu querido niño.

 

FIN

 

Post–scriptum

La necesidad de dar a conocer a un escritor por la Internet, me llevó a abrir un canal de discusión sobre una de sus novelas en Disqus. Era sorprendente notar que la presencia de autores como Carmelo Rodríguez Torres era poca en las redes sociales. Un amigo poeta me había invitado a participar en un homenaje que se le iba a rendir en Aguadilla. Leyendo su biografía, noté que no era la primera vez que se le rendía un homenaje en vida. Me dijeron que estaba enfermo, que no sabían si podría llegar a su cumpleaños, y yo como todos los años celebro el mío en la red electrónica, me conmoví mucho cuando el intermediario me envió fotografías de los libros de Carmelo y tesis de estudiantes que habían escrito sobre su obra. Como es natural, lo quise investigar para mis archivos. No sabía si le gustaban los homenajes a los que parecía estar acostumbrado. De momento, esperé.

A Macedonio Fernández también le daba gracia que le celebraran sus cumpleaños– le dije a mi amigo el poeta.

Si pudieras escribir algo sobre el escritor, ¿crees que llegarías a la actividad?– me preguntó mi amigo.

–Una sola cosa me preocupa, Edgardo– le dije. –Y eso es saber si nuestro autor tiene problemas para estampar la letra eñe. Mucha gente no puede escribir con esa letra por la Internet. No les enseñan a escribir la eñe y sus textos se ven mal. Aunque no lo creas, eso es lo que más les importa a las personas que publican cosas por la Internet. Si es una persona mayor de edad, necesito que viajes a Vieques para conectarlo a una computadora. Y si no sabe estampar la letra, enséñale. Necesito comunicarme con el autor porque aunque no lo creas, conectarlo a una página de Facebook y ponerlo a celebrar los cumpleaños de los jovencitos puede más que mil tesis. La gente casi no lee nada ya.

 Este asunto práctico, si el afamado autor sabía estampar la eñe por la Internet, le preocupaba más al conglomerado para el que yo trabajaba que todo lo demás. De modo que me comuniqué con el conglomerado y me aseguré de escribir un texto en el que apareciera la dichosa letra.

–Carmelo Rodríguez Torres sueña– escribí. –Carmelo Rodríguez Torres no es un niño. Como se puede ver, las dos palabras, “sueña” y “niño” llevan eñe.

La aparente estupidez de mi escrúpulo no era mentira. Edgardo había tenido problemas con una imprenta para mandarme a hacer un libro que se titulaba Por eso no me gusta soñar, que como se puede ver lleva la letra eñe. Edgardo incluso le iba a poner un título diferente, el libro se iba a llamar los “Los Astros Puros” y no como Edgardo tenía planificado titularlo, porque no sabía como poner la eñe en la portada del libro. Así que en lo esencial esa era mi precupación. Me comuniqué con mi amigo y se lo dije enseguida.

–No te preocupes por las tesis del autor que se hayan publicado– le dije. –No tengo acceso a los trabajos que se han publicado sobre el autor. Vamos a hacer una presentación en Powerpoint, con letras grandes, con este texto que te estoy enviando ahora. Y en lo esencial ocúpate de que en la presentación haya un texto grande que diga:

Carmelo suena

Podría decir que el muchacho que me ayuda a hacer estos programas en Powerpoint no sabía escribir la eñe, pero decir que Carmelo suena tampoco es mentira. Sin embargo, por rigor con la materia del español y considerando que Carmelo y casi todos los directores y profesores atentos a esta actividad de homenaje, son de español, es justo y preciso decir también:

 El escritor sueña.

 

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