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Será otra cosa: El infierno debe ser algo así como un país

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Por Sofia I. Cardona

Publicado: martes, 10 de abril de 2018

El infierno debe ser algo así, un turno 1093, un salón enorme frente a quince estaciones de servicio –la mayoría vacías– y una multitud de sillas ocupadas. Un lugar para expiar las culpas más secretas, los pecados ya olvidados. El escenario de un castigo inmerecido. Tanto tiempo pasé allí –una jornada completa– que terminé filosofando, entregada a la experiencia contemplativa. Inicialmente pensé que aquello duraría un par de horas, pero al pasar el rato, cuando perdí la esperanza de salir pronto, me dejó de importar. Sólo quería que me atendieran, aunque fuera a las seis de la tarde, y no tener que regresar al día siguiente. 

Iba a renovar mi licencia de conducir. Me había dejado convencer de una amiga, que me aseguró que con llevar todos los documentos personalmente al de Carolina, detrás de la Lily, facilito se llega, era suficiente. Todito te lo hacían en uno de los timbiriches del estacionamiento, y luego ibas a la fila a entregar los documentos y ya. Nacarile del Oriente. Eso sería hace cinco años, cuando había más CESCOS en el país y no se daban cita allí, como aquel día hicieron, más de mil personas.

Sabía que debía ir primero a información con todos los documentos a pedir turno, y encontré una multitud en una enorme y torcida fila de cientos de almas. Allí fue que conocí a la señora dominicana y al que trabajaba con oxígeno, mis compañeros de jornada. La gente va resignada a esperar, a pasar el día entero de obstáculo en obstáculo. Llevan en sobres, cartapacios o carteras, los implementos de la aventura: cuentas de la luz, tarjeta de seguro social, certificados de nacimiento, comprobantes de Hacienda. Nadie lleva termo de café ni galletitas, pero debieran. Sospechan (¿saben?) que estarán el día entero y te lo dicen tan pronto preguntas, tan pronto llegas.

Y allá voy y allí estoy, detrás del amable y locuaz señor que, según cuenta, trabaja con oxígeno. Algo me explicó que no alcancé a entender, pero trabajar con oxígeno tiene que ver con el tipo de licencia que le han dado alguna vez. Él está entre nosotras dos, la mujer de sospechoso acento y yo; ambas parecemos perdidas y él se ocupa de ilustrarnos sobre la conveniencia de las búsquedas en línea y yo lo complazco escuchándolo muy atenta. El que más o el que menos anda con celular, pero no todos saben usarlo. Soy de las pocas que se aventura, de puro aburrimiento, a utilizar el tuturno.com o algo así que ofrece actualización en vivo del progreso de los turnos.

Hay un vigilante que va y viene y pone orden. Es un duende pequeñito y ágil, que corre de un lado a otro y de vez en cuando grita quién viene para traspasos, quién viene para recoger licencias de Isla Verde, quien viene para el examen teórico. Los demás nos quedamos quietos y bien comportados en la fila. Algunos examinan sus celulares, o hablan con el vecino. A los otros se los lleva y los aposta contra una pared como si fueran a fusilarlos, pero la verdad es que los busca para adelantar su gestión, a tomar un examen o a tomarse una foto, a recoger su licencia, a “mover la cosa”.

De allí pasamos a esperar sentados. El del oxígeno dice que es lo peor, y yo creo que lo peor era la fila de hora y media en pie, pero no se lo digo. Las sillas no son cómodas y están amarradas para que la gente no se ponga creativa. Me parece que hay quinientos asientos allí, todo un auditorio frente a las quince estaciones, la mayoría desiertas para nuestro infortunio. Al menos no hay televisores. Bueno, los hay, pero muestran el tuturno.com, con un anuncio mudo de una aseguradora. Lo pasan cada tres minutos, así que después de siete horas de espera, lo tengo analizado y me lo se de memoria. 

Nadie parecía molesto porque todos sabíamos, desde que llegábamos, que iba para largo. En el proceso, a todos nos parece incomprensible lo mucho que se tardan, pero reconocemos que los empleados no están ociosos, si acaso escasos para la multitud que los reclama. 

No se puede ser tímido en la fila. Todo el mundo habla en algún momento e informa sobre su vida. Qué hacen, porqué vienen, qué les pasa ese día. Es gente que olvidaremos pronto, gente que jamás volveremos a encontrar. Ese día, sin embargo, son nuestros compañeros de jornada y nos asisten en los esfuerzos, se compadecen de nosotros, nos aconsejan, nos entretienen y nos consuelan.

Hay mucha gente joven en este CESCO, sobre todo mujeres. Vienen con sus niños más pequeños. Hay bebés que lloran. Hay en el baño una sala de lactancia. Queda en el fondo de un laberinto de oficinas cerca de lo que parece haber sido un refugio para desplazados por el huracán.

Las madres jóvenes son tan jóvenes. Tienen a sus hijos mayores en la escuela, y yo no puedo calcular bien su edad, para mí todas parecen quinceañeras. Una tenía una niña, la otra un bebé vestido de señor, como todos los varones de la tribu. La niña tenía una sereta hermosa, pinchada con coquetería. El nene luchaba por agarrar el celular de la madre, a pesar de que ella asegurara que nunca se lo cedía. Es tan difícil quitarle el celular. Tiene un año y le gustan también los animales, los bloques y los libros. Las madres de este país son bien severas con sus hijos. Quieren hacerlo bien, y deben ser firmes, sobre todo ante testigos. Les hablan con dureza a los niños más tiernos. A veces, asustan.

Los turnos se mueven lentos y a la hora de almuerzo se paralizan.

Pase por aquí, pase por allá. Todo parece una sarta de obstáculos, como si estuviéramos en un juego de video. Hay unos personajes fijos que responden lo mismo, porque es lo mismo lo que les preguntan, todos los días. Entre estos non-playable charaters hay dos vigilantes y tres funcionarios de información: una mujer enorme que viste una túnica dorada, un hombre joven de mirada amable y una señora de cara aburrida. En un cartel se advierte que para “dudas, preguntas y preguntitas” hay que hacer la fila larga. Entre los jugadores identifico los siguientes: La madre joven; La mujer con acento dominicano; El del oxígeno; El argentino y su hijo, el Flaco; El surfer que estudia para su examen de español; El joven que trabaja de noche; La pareja de ancianos; El padre joven con el niño incordio; El gordo amable que regaña al padre joven por quejarse de su hijo de dos años. (Los niños son del Señor, dice con tono sapiencial.); Las madres jóvenes que les sirven coca cola a sus niños; El bebé vestido de señor que pelea por el iphone para ver a Peppa Pig; La señora seria que toma nota en las fila. 

Cerca de las tres empiezan a acelerarse los turnos y adquieren una inusitada velocidad. Todos se sorprenden y se alegran. El ambiente adquiere un carácter de algarabía. Nos vamos despidiendo según logramos el trofeo: el plastiquito deseado por el que hemos sacrificado la jornada de trabajo. Lo batimos en el aire al saludar adiós, adiós, a los compañeros de juego.

La señora seria que toma notas soy yo y al final del día habré conseguido el premio como los demás. En este real ID que terminé sacando, por si acaso y para no regresar hasta dentro de cinco años, tengo una expresión triste, como de derrota, como si hubiera perdido algo. Pero yo sé que es mentira, y pasé un día jugando a que tenía un país que a veces se parece demasiado al infierno.

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