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El que se fue

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Publicado: martes, 15 de mayo de 2018

Gretchen López

 

Al que se fue. Por lo que no he dado.

A la que lo acompañaba. 

 

Más bien Janice la había visto antes y nos dio el aviso. Andaba dejándose atrapar en el monte por un amiguito o una amiguita cuando se topó con ella. Le amarraba los ojos y luego se le acercaba semidesnuda. Pero nunca le quitaba la venda porque era profano verla en cueros. Janice, que coleccionaba potecitos de arena y potecitos de caracoles y cosas viejas, imaginó que la casa era un castillo abandonado. Era un sábado en la tarde y los sábados en la tarde no hay nada que hacer en una universidad que cierra los sábados. Y nosotros vivíamos dentro. Y a nosotros nos cerraban con ella. Entonces Janice nos contó de la casa y yo creo que era con Enrique que la había encontrado pero el no decía nada porque entonces sabríamos que era él el último amiguito o amiguita con el que retozó. Y aunque muchos tuvimos los ojos tapados, ninguno se atrevía a decirlo. 

Nos montamos todos en la pickup de Manuel. Dijimos que íbamos al pueblo a cantarle coritos a los deambulantes y nos dejaron salir. Siempre es permitido salir si es a hacer La Obra Misionera. La casa ubicaba en un sector mansiones bien, de gente bien. Allá arriba en el cerro, pasando el pueblo. Nos estacionamos en una propiedad antigua, pero bien cuidada. Vestigio del siglo pasado. Con sus balcones amplios y sus arcos y sus murallas de trinitarias como tentáculos floridos. Había varias casitas alrededor de la propiedad todas verdes. De madera. Abandonadas y pequeñas al punto de ser devoradas por la maleza. La última de ellas era la que buscábamos. Como si la tierra misma intentara esconderla, un abrazo de yerba le halaba un costado y la inclinó un poco. Tuvimos que ayudarnos para subir. Balcón ínfimo. Puerta abierta y desprendida de la bisagra superior. El piso crujía como un doliente. El comején subía y bajaba senderos dejando ese olor a lluvia dulce. 

La casa estaba abierta, se los juro. La casa estaba abierta y había restos de clandestinidad empapelando el suelo de madera, las paredes de madera. Recuerdos untados en lluvia e intemperie. La casa estaba abierta en sus puertas y ventanas y en su techo sobre lo que debió ser la sala. Y en su piso en lo que debió ser el cuarto. 

Un gato no lo sabía que ya afuera era adentro y al revés. Porque todavía seguía allí. Entró primero que nosotros o tal vez nunca entró sino que no salió nunca. De haberlo sabido, no estaría casi muerto de hambre, sobre lo que debió ser la cama de quien se fue.

Quien estuvo, no quería ser notado. Dejó libros y una hoguera que hizo un hueco en el piso y que ya era tiesto para una maleza profusa y preñada. Por la pared del fondo subía una inquieta enredadera que se enlazó a un macramé. 

Bajo el camastro había un pequeño baúl rojo. La tapa estaba ligeramente hundida en el centro como si hubiese sido utilizado para sentarse. Janice fue quien lo abrió. Un reloj de muñeca, un cepillo con el cabo roto, un par de lentes una camisa de mangas largas manchada de sepia y una mariquita que Janice tomó con cuidado y luego de dejarla pasearse por entre sus dedos, la dejó escapar al pie de la ventana. Se quitó su camisa sin miramientos, con esa inocencia de niña insestuada que aterraba. Se puso la camisa del baúl y los lentes. Manuel y yo nos dedicamos a hojear los documentos que intentaron ser quemados en el suelo. Propaganda revolucionaria en su mayoría. Supongo que la intención era quemar la casa entera. Pero alguna lluvia o una brisa repentina apagó la hoguera y dañó los planes, porque los documentos estaban casi todos intactos. Sin embargo, el fuego afectó la madera del piso que ya era más ligera que el papel. No se cómo nos sostuvo.

En una esquina se apiñaba una pequeña colección de libros. Los Pensamientos de Marx, el Manifiesto Comunista, una biografía del Che, El Príncipe; Hostos, Baudelaire, Benedetti. Los que estaban sobre la pila quedaron arruinados por la lluvia pero el resto se conservaba en buenas condiciones. Me detuve a absorber su olor a memoria. Dejé, sin querer, mi beso rosado en la página 73 del Volumen de Marx.

Confieso que fui la primera en sacar las cosas de la casa. Fue un impulso. Esa no era la intención inicial. Pero vamos, la casa estaba abierta, y si no era yo, sin duda serían otros o la lluvia o el sol o las polillas. O el tiempo. Paco, se quedó velando afuera para avisar si alguien venía. Yo que lo conozco bien, sé que era miedo. Para mi que lo marcó tanta película de horror que veía de niño. Los viernes cuando sus padres se acostaban al llegar del culto de jóvenes, Paco cometía el doble pecado de encender el televisor en las horas sagradas para ver películas de endemoniados y psicópatas. Por eso siempre ha vivido como a la expectativa. Por temor a los psicópatas y a los endemoniados, pero más por temor al ojo escudriñador de su madre evangelista. Lo llamé para que subiera los libros mientras yo recogía unos cuantos más. 

Para cuando volví a la casa ya Janice y Enrique se habían cansado de la aventura y estaban retozando entre las malezas. Enrique tenía la cara tapada con la camisa sepia. Janice otra vez estaba en cueros. Para ella había escogido el macramé y las tacitas de porcelana. Lo guardó todo en el baúl rojo. Enrique tomó unos cuantos afiches. El más hermoso era el que rezaba Todos con Sandino. Tuve que explicarle a Enrique quién era Sandino, y Trotsky, que aparecía en otro afiche más pequeño. Me acerqué al único objeto que quedaba en las paredes. Una bandera bastante raída y la tomé. Mientras, Manuel recopilaba y organizaba los periódicos clandestinos, las actas, las hojas informativas. Fue entonces cuando me pasó por la mente la posibilidad de quién había sido el que se fue. Entonces arranqué la bandera y le dije a los demás que era mejor irnos. El gato que siempre se mantuvo inmóvil sobre el catre nos siguió el paso. Como si al salir le hubiésemos despertado de un encantamiento. Fue lo único que Paco cargó consigo. 

Por el camino no dije nada mientras los otros especulaban sobre el desaparecido inquilino. El gato lamía los dedos de Janice. Al llegar al internado, todos juramos por Dios, no decir nada sobre la casa. Con eso era suficiente para asegurarnos el silencio. 

Ese fue mi último semestre en la universidad. Llegué a ser adulto como llega el chubasco a las tres en aquella ciudad. Se sabe que viene, pero siempre a las tres estás afuera, sin sombrilla. De pronto administraba una chequera, pagaba tarjetas de Sears, negociaba términos de contrato con mi landlord. Janice se fue también. Supe que estaba de misionera en una aldea de yanomamis en la Amazonia de venezolana. Paco salió del closet, pero se guarda cuando llega a casa de madre. Enrique fue el último en dejar la universidad. No he sabido nada de él. 

 A Manuel, no lo pude salvar de su adicción al ska y lo dejé varios meses después, cuando se desapareció sin avisar por que se fue de gira con los Pies Negros. Supe luego que en esa gira conoció a Café Tacuba. Envidié su despreocupada libertad. Ese fue un año intenso de luchas. El proyecto Young, la venta de la telefónica. Ese año marché en Guánica. A todos lados llevé la bandera.

Pero, las cuentas de Sears y la del Dish, la American Express, se me fueron apiñando. Me ha crecido la maleza en el vacío que crearon los años y me ha amordazado la pasión de los días mejores. Estos tiempos de ahora reclaman la bandera. Y la entrega y la juventud que ya no puedo darles. Estos tiempos me han traído a la memoria la casa abandonada de paredes untadas de vida clandestina. Y me pregunto si hay marcha atrás a tanta cuenta, si algo que pueda hacer. Un lugar desde donde pueda sacar esta bandera y romper algo o quemar o arrebatar lo que nos han quitado. Y he pensado en el que se fue con prisa. En que dejaba pedazos de sí mismo en cada casita abandonada. Pero, ¿no es así como vivimos todos en esta colonia doliente, dejándonos a nosotros mismos en una diáspora inútil, añorando lo que se ha perdido e imposibilitados de recuperarlo? En estos tiempos, todos andamos de prisa, sin domicilio permanente. 

Por eso he venido hasta aquí. Al lugar donde descansan sus restos y al que no había venido porque andaba pagando deudas. He venido a preguntarle si fue usted el que se fue y si es suya esta bandera. 

 

 

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