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Publicado: martes, 15 de mayo de 2018

Áurea María Sotomayor

 

 

I

Mi madre dice que oía gritar a mi padre en la cama, 

donde estuvo postrado tres años de su vida,

diciendo: “Mi nombre es Carlos Sotomayor Rodríguez,

casado con Confesora Miletty Soto, nacido en Ponce

en mil novecientos veinte, hijo de Carlos Sotomayor Thillet

y Aída Rodríguez Castaign, primogénito de un matrimonio de trece, 

abogado y notario público de la isla de Puerto Rico”.

 

Esto decía con los ojos desorbitados, dice mami,

mientras Viviana lo limpiaba, lo bañaba y le daba baby food,

además del líquido dulce que los desacostumbra 

del esfuerzo al tragar.

No tenía Alzheimer, estaba completamente lúcido 

pero continuaba postrado mirando alrededor, 

mientras que las ventanas de su cuarto

fueron oscureciéndose hasta no ver el limonero.

 

Estuve en casa con Dafne Almar a un lado y René Alejandro al otro,

una semana antes,

mami en el fondo escuchándolo, siempre a su lado.

Fue la última vez que lo vi. Quiso ponerse los zapatos, ir a comer helado 

y dar un paseo por el Viejo San Juan, aunque fuera en carro,

dar el “paseo del pendejo” en auto, como cuando éramos pequeñas 

y no queríamos caminar, mi hermana Carmen y yo. 

Lo escuchamos diciendo: 

“Mi nombre es Carlos Sotomayor Rodríguez, 

casado con Confesora Miletty Soto …” 

muy quedo, mientras nos miraba

con aquellos ojos acuosos y muy tristes,

fijos siempre más allá de sus órbitas, probablemente

recordando el mar de la costa de Ponce.

 

 

II.

 

Mientras mi madre lo escuchaba gritar conmovida

y relataba su llanto tempestuoso que amainaba

toda la música que perdió al ensordecer, 

ésta, mi madre, plena de una lucidez

que nunca ha tenido ningún miembro de la familia,

bueno, quizá mi abuela, seguía moviéndose

entre un lugar y el otro y escondiendo la otra cama

de posición en un lugar de la casa cuya llave 

sólo ella guardaba, perdida entre cientos de llaves

corroídas, inútiles, transformadas

en piezas de anticuario para maletas de diversos usos.

 

Nunca accedió a dormir con él en aquel cuarto hecho para la muerte.

Se movía entre un lugar y el otro recordando otros

escenarios juveniles donde se sentó uno que otro verano.

Allí la veo recordándolo todo, justo en la posición

donde la encontró mi hermana para levantarse,

en esa posición de levantarse con los ojos abiertos,

muy abiertos. Después nosotros tratamos de desentrañar ese escenario

en el que ella, fijaba los ojos en “Las lágrimas de San Pedro”, colgado

en una pared que apenas dos meses antes yo pinté con mis manos

y un cuarto higiénico, blanco y azul, para que no la molestara 

la decadencia del entorno. Fija su mirada en otro sitio y se asombra,

quién sabe si se muere de miedo pensando que llegaba su hora

de morir sola y sin música lejos de nuestras manos, nuestros ojos. 

Siempre quedará esa duda, ese dolor, por qué el asombro al levantarse, 

si el merodeo de los otros por el patio 

le infundió temor y acaso quiso levantarse para confrontar

el ruido de los pasos, mientras el perro ladraba hasta morir.

 

Su valentía era extremada; afrontó la guerra de la soledad cotidiana 

y de vez en cuando se asomaba a mirar a las cotorras estremecer el cielo

o conversar con algunos vecinos que querían asilarlos a los dos 

como pacientes. Ella caminó hasta ya no poder, con su cadera dislocada

mientras miraba a los vagabundos asomarse entre las rejas de su terraza

y afuera los plátanos, las guanábanas, el limonero, las rosas, el jazmín.

 

 

III.

 

Ahora están juntos en este texto, en este mantel blanco 

a donde vuelven líricos aunque un poco agobiados

mas siempre insobornables, lúcidos, amables sin sosiego

vuelta su luz hacia la felicidad y la generosidad sin cálculo.

Ahora vuelven. Ambos escogieron cuándo irse.

Papi dejó de comer, mami no quiso postrarse. 

Ninguno quiso irse conmigo a otro país.  

Mamá murió en una cama ancha sin barandillas, 

y el espacio está impregnado aún de toda su presencia.

Papi todavía yace en ese cuarto lleno de dolor.

Lo siento al entrar, ese dolor, siempre esperando que alguien

se asomara a la puerta, tratando de escuchar, 

siempre con muchas ganas de dormir

humillado por su propio cuerpo devenido en un fardo a lavar, 

convertido su musculoso cuerpo en huesos muy pesados.

Tengo que liberarlo, abrir el cuarto para que salga volando

y huela el limonero y encuentre la luz de mi madre esperándolo

en el próximo cuarto. 

 

El pajarito se hallaba recluído cuando llegamos de su entierro

mientras mi madre disponía la mesa una vez más para cenar.

El pajarito vuelve todos los días y no encuentra a mi madre

que salió disparada, y todavía la busca. 

Aquí se encuentran. ¡Viva!

 

 

IV.

 

Pero esto aún no es una tumba programática

es tan solo un deseo de que vuelvan a andar juntos

a cantar Carlos, Flor,

“los dos del mismo tamaño

bajo las estrellas altas”.

 

 

viernes, 10 de julio 2015

San Juan

 

 

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