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Sobre Bishop y su “economía vibrante”

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 15 de mayo de 2018

Según Robert Bishop, el congresista por el lejano estado de Utah con poderes proconsulares sobre Puerto Rico, es necesario tener una “economía vibrante” para que la anexión formal a Estados Unidos pueda ser posible. La afirmación la hizo durante su última visita a nuestro país y, como venía a recaudar dinero para su campaña de reelección entre anexionistas adinerados, luego quiso matizar un poco lo dicho, pero no lo logró. 

Bishop es presidente del comité del Congreso con jurisdicción sobre Puerto Rico que, muy apropiadamente, se llama “Comité de Recursos Naturales”. Su mensaje fue claro: para que la anexión sea posible no puede haber asomo de dependencia económica. Eso es otra forma de decir que en esa futura economía, los $30 o $40 mil millones que las empresas estadounidenses sacan de aquí cada año tienen que estar asegurados, sin que sean necesarias ayudas federales para remendar los rotos sociales que provoca esa extracción de riquezas. De aquí para allá todo, de allá para acá nada. Esa es la ecuación, que sólo es posible con una “economía vibrante”. 

La afirmación del congresista por Utah echa por tierra la vieja consigna anexionista de “la estadidad es para los pobres”, porque Bishop les dice que sólo cuando aquí casi no haya pobres esa estadidad sería posible. Pero ese requisito de una “economía vibrante” representa un problema mucho más serio para el objetivo de los anexionistas, que prácticamente lo anula. Y es que una vez alcancemos ese estado de bienestar económico, en el que la dependencia del exterior sea mínima, Puerto Rico seguramente optaría de forma masiva por la independencia. La explicación para ese seguro desenlace está en una sola palabra: NACIONALIDAD. 

Para entenderlo mejor vayamos a un ejemplo, discutido varias veces en CLARIDAD, que nos permite ver cómo sería ese futuro puertorriqueño cuando alcancemos la “economía vibrante” que prescribe Bishop. El ejemplo viene de Europa y no es otro que el de Cataluña. 

Considerando las regiones o “comunidades autónomas” que ahora se integran en el estado español, Cataluña es la sexta en extensión geográfica y la segunda en población. Es, sin embargo, la que tiene el Producto Interno Bruto más grande, que ascendió a 223 mil millones de euros en 2016. Su economía es “vibrante” en prácticamente todos los sectores –agricultura, industria, turismo y finanzas– y su volumen supera el de muchos países que componen la Unión Europea. Portugal, Finlandia. Irlanda, Grecia, Hungría y la República Checa, entre otros, tienen economías de menor tamaño que la catalana. 

En otros países de Europa también existen regiones altamente desarrolladas desde el punto de vista económico que en cierta medida cargan o halan la economía del estado, como sucede entre Cataluña y España. También ocurre dentro del propio estado español donde la “comunidad de Madrid”, que goza de autonomía igual que los catalanes, tiene un PIB cercano al de Cataluña. 

En ninguna de estas regiones, sin embargo, han surgido movimientos de independencia (o “secesionista”, como le gusta decir a los gobernantes españoles) como ha surgido en Cataluña y no hay que hacer mucho análisis para concluir que la explicación para esta diferencia está en una realidad sociocultural llamada NACIONALIDAD. En lugar de una mera “región” o “comunidad”, allí se conjugan todos los elementos que configuran una realidad nacional. Tienen un territorio definido y demarcado, han acumulado una historia propia con dolores y victorias, tienen su propio idioma y esa historia compartida ha creado una cultura diferenciada. 

Cuando una nacionalidad definida resulta ser, además, viable desde el punto de vista económico, el único desenlace posible en cuanto a existencia política es la independencia. La realidad sociocultural impulsa el deseo de un estado propio y la viabilidad económica lo motoriza. 

Todo “pueblo” con rasgos culturales compartidos aspira a construir su propia vida, desligándose de interferencias de afuera. Ese imperativo, que podríamos llamar “natural”, se produce cuando el desarrollo histórico articula en ese pueblo lo que en la sociología se conoce como “nacionalidad”. Se existe como pueblo diferenciado y de ahí nace el deseo para seguir creciendo por ellos mismos. 

Pero en ciertas ocasiones a lo largo de la historia de ese pueblo, la realidad económica no hace viable ese objetivo. Existe el deseo y la necesidad de una vida propia y separada, pero se carece de los medios para hacerla posible. A las trabas políticas que de ordinario impone el poder exterior (o imperial) –que quiere impedir la independencia para seguir explotando y beneficiándose de ese pueblo políticamente sometido– se suman las dificultades de una realidad económica difícil. 

Cuando esa realidad económica cambia y el pueblo pobre deja de serlo o, al menos, comienza a desarrollarse de manera sostenida, la aspiración para una vida independiente se desborda. Esa es la realidad que no puede ver alguien como el congresista Bishop; o quizás la ve muy clara, pero como viene aquí a buscar donativos para financiar su campaña electoral, se abstiene de reconocerlo. Dado que nadie duda los puertorriqueños constituimos una nacionalidad diferenciada y definida (distinto a las actuales 50 estados de Estados Unidos) la “economía vibrante” que él reclama nos llevará directamente a la independencia.

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