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Pedro Salinas en Santurce (III)

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Por Noel Luna

Publicado: martes, 16 de octubre de 2018

¿Qué propició la gran productividad intelectual del poeta español exiliado Pedro Salinas en su estancia en Puerto Rico entre 1943 y 1946? ¿Qué detonó la escritura de una de sus series poéticas más deslumbrantes, titulada “El contemplado” y escrita en Santurce? Es un lugar común de la crítica señalar que aquí el poeta exiliado reencontró su lengua materna. No falta tampoco quien se conforma con aludir a las bellezas incontestables de la isla. Creo, sin embargo, que el factor determinante para la gran productividad de Salinas en Puerto Rico hay que buscarlo en aquello que cristalizó en su escritura más intensa, la que trasluce de modo más logrado su actitud fundamental ante la vida. En ese “Mar de Puerto Rico” aludido en “El contemplado,” Salinas encontró un espejo en el que miraba el proceso de su propia trabajo como poeta. La tercera variación de “El contemplado” lo expresa claramente:

 

Desde que te llamo así,

por mi nombre,

ya nunca me eres extraño.

Infinitamente ajeno,

remoto tú, hasta en la playa

–que te acercas, alejándote

apenas llegas–, tú eres

absoluto entimismado.

 

Pero tengo aquí en el alma

tu nombre, mío. Es el cabo

de una invisible cadena

que se termina en tu indómita

belleza de desmandado.

Te liga a mí, aunque no quieras.

Si te nombro, soy tu amo

de un segundo. ¡Qué milagro!

Tus desazones de espuma

abandonan sus caballos

de verdes grupas ligeras,

se amansan, cuando te llamo

lo que me eres: Contemplado.

Obra, sutil, el encanto

divino del cristianar.

Y aquí en este nombre rompe

mansamente tu arrebato,

aquí, en sus letras –arenas–,

como en playa que te hago.

Tú no sabes, solitario

–sacramento del nombrar–,

cuando te nombro,

todo lo cerca que estamos.

 

La tercera variación es sumamente representativa en cuanto a la composición básica de una escena que se repite en “El contemplado”: la de alguien hablándole al mar de espaldas a la ciudad. Cada uno de los poemas que reiteran esa escena parecen ser el testimonio de un primer encuentro con el mar. Se trata de escenas que relatan el deslumbramiento. El propio Salinas evocaba una primera visión del mar en su famoso discurso “Defensa del lenguaje”, pronunciado en la graduación de la Universidad de Puerto Rico en el cuarenta y cuatro: “Cuenta el poeta catalán Juan Maragall que en cierta ocasión llevó a una niña de algunos años, que no conocía el mar, a la orilla del Mediterráneo, deseoso de ver el efecto que causaba en ella esa primera visión. La niña se quedó con los ojos muy abiertos y, como si el propio mar le enviara, dictado por el aire, su nombre, dijo solamente: ‘¡Mar, el mar!’ La voz es pura defensa. La criatura ve ante sí algo que por sus proporciones, su grandeza, su extrañeza, la asusta, casi la amenaza. Y entonces pronuncia, como un conjuro, estos tres sonidos: ‘mar’. Y con ellos, en ellos, sujeta a la inmensa criatura indómita del agua, encierra la vastedad del agua, de sus olas, del horizonte, en un vocablo. En suma, se explica el mar nombrándolo, y al nombrarlo pierde el miedo, se devuelve a su serenidad. Es eso, el mar, no es monstruo ni pesadilla; es, no puede decirse de otro modo más sencillamente grandioso, ‘el mar’. Esta niña de Maragall está afirmando su persona, su personilla principalmente, frente al paisaje marino, por virtud de la palabra. Está plantándose frente al mar, y diciéndole: ‘Tú eres el mar, yo soy una niña que te lo llamo’. Está, pues, cobrando conciencia de su ser en el mundo frente a las demás cosas.” Al igual que la niña de Maragall, Salinas cobraba conciencia de su ser ante un mar que aguzaba su mirada, educándola. La quinta variación revela en qué pudo consistir dicha educación de la mirada: “No quieres tú que te busquen / los ojos apresurados, / los que te dicen hermoso / y luego pasan de largo. / No ven. A ti hay que mirarte / como te miran los astros, / a sus azules mirandas / serenamente asomados.” Se trata de una mirada que no busca hacer presa certera sino más bien abandonarse a su objeto: “Con mi vista, que te mira, / poco te doy, mucho gano. / Sale de mis ojos, pobre, / se me marcha por tus campos, / coge azules, brillos, olas, / alegrías, / las dádivas de tu espacio. / Cuando vuelve, vuelve toda / encendida de regalos.” Esa mirada recomienza una y otra vez, ya sea mediante el catálogo de sus hallazgos o la figuración meticulosa de la visualidad como duración. Uno y otro caso traslucen la voluntad de figurar la mirada como contemplación, como morosa atención flotante que contradice la voluntad de dominio del sujeto del conocimiento moderno. El poema vindica un sencillo no hacer nada, un eclipsamiento del sujeto, un despilfarro o gasto improductivo que contradice los imperativos utilitarios y de eficacia de la razón instrumental. Más que como herramienta del conocimiento, la mirada aparece como una intensa objetivación del deseo: “El mirar no tiene fin: / si ojos hoy se me cerraron / cuando te raptó la noche, / mañana se me abrirán, / cuando el alba te rescate, / otros ojos más amantes, / para seguirte mirando.” Esa lógica del deseo, incompatible con la lógica del dominio que gobierna la producción social, le parecía a Salinas una de las cosas más necesarias para cualquier intento de rehabilitación de lo humano en la era de la bomba atómica. En su alocución a los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico en la graduación de 1944, Salinas señala: “El tiempo, como pura duración, el dedicado a la contemplación y al soñar, se considera como un despilfarro digno de odio… No hay clima más favorable al crecimiento normal y completo de la obra del espíritu que el tiempo libre y sin tasa, el tiempo natural.”

“El contemplado” propone, más que una vuelta al sujeto romántico que se siente eclipsado ante la desbordante magnitud de lo sublime –el mar, digamos–, una reconstitución de la capacidad sensorial y creativa del sujeto, en oposición a la enajenación y cosificación progresivas que caracterizan la experiencia subjetiva moderna. Mirando el mar, el sujeto no confirma la omnipotencia de su voluntad de conocimiento, que es voluntad de dominio, sino que redescubre el valor de su deseo como potencia vital. La décimo segunda variación, con su descripción de la ciudad enemiga de los negocios que conspira a espaldas del sujeto que mira al mar, le sirve de marco a esta propuesta de rehabilitación de la mirada y de las facultades creativas del sujeto. Todo el poema desemboca en el verso final: “Y de tanto mirarte, nos salvemos.” De lo que se trata es de una reformulación de la vida, no de una mera propuesta estética. Es en ese sentido que podemos hablar de “El contemplado” como magnífico ejemplo de poesía moral. La salvación aludida en ese último verso no es, como en el caso de Benjamín, una categoría teológica, sino histórico-filosófica. La mirada y la lengua que la dicen buscan proponer una forma alterna de existencia, no sólo una propuesta estética. Como si “El contemplado” contestara a la pregunta cómo hay que vivir, y no sólo cómo hay que escribir. Salinas añade al respecto: “La lengua escrita es la que nos tiende la mejor magia para superar lo temporal. En el lenguaje el hombre existe en su hoy, se vive; se siente vivo en su pasado, hacia atrás, se retrovive; y, más aún, se juega su carta hacia el futuro, aspira a perdurar; se sobrevive. Visto así, el lenguaje ya es mucho más que una actividad técnica, práctica, un medio de comunicación que termina en cuanto logra su cometido circunstancial; es una actividad trascendental, es un hacer de salvación.” Esa era la actitud de Pedro Salinas en el momento que resultaba posible, por primera vez, la destrucción de la humanidad.

 

Postdata de 2018: Lo anterior surge de las notas preparatorias para varias clases, conferencias y charlas que ofrecí en Estudios Generales y en Humanidades de la UPR de Río Piedras en 2007. Su valor es esquemático. Quien ha estudiado las implicaciones y los matices de la estancia de Pedro Salinas en Puerto Rico con mayor rigor es Lena Burgos-Lafuente, profesora de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook, a cuyo excelente ensayo “Tiempo de isla: Pedro Salinas y los trópicos típicos” remito, así como a su libro “A la escucha del destiempo: poéticas de la posguerra en el Caribe trasatlántico”, que se publicará este año.

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