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Entrevista a Juan Forn: “Cualquier persona que escribe, distorsiona”

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Publicado: martes, 16 de octubre de 2018

Para Juan Forn lo importante es que una historia esté bien contada. Cuánto de verdad tenga, resulta “relativo”. Entrevista con el escritor y editor argentino, uno de los invitados a la Feria Internacional del Libro de Barranquilla, Libraq, celebrado en septiembre de este año.

Juan Forn (Buenos Aires, 1959) es un escritor y editor que está más cerca de la calle que del claustro de la academia. Amante de las historias con voz, más allá de qué tanta veracidad haya en ellas. Un lector que escribe en vez de ser un escritor que lee. 

El creador del suplemento cultural Radar Libros del diario argentino Página/12, autor de cuentos célebres como Nadar de noche y de la novela María Domecq, considerada su obra cumbre, dejará por unos días a su “pueblo de la playa”, Villa Gesell, para venir por primera vez a Barranquilla, que celebrará su I Feria Internacional del Libro, Libraq. 

Antes de que eso ocurra, hablamos con Forn sobre unas de sus más grandes obsesiones: el oficio de leer, escribir y editar historias bien contadas.  

 

P. De joven usted fue un “rockerito” del mercado editorial, ¿qué recuerda y que guarda de esas épocas?

R. Cuando empecé a escribir, tocaba la guitarra y mis dos sueños eran jugar en la Selección Argentina o tocar en una banda de rock, pero no era lo suficientemente bueno jugando y aparentemente tocando la guitarra tampoco porque me echaron de esa banda. En ese entonces escribía las letras de las canciones, luego escribí poemas y ahí decidí convertirme en un “poeta maldito”, cosa que tampoco logré. Con el tiempo fui descubriendo que lo que me gustaba era contar historias y que me contaran historias. Así comenzó mi verdadera relación con la literatura.

 

P. Entonces fue una fortuna haber fracasado…

R. Eso dicen. Dicen que la literatura es aquello que a uno le va cuando no le queda nada más que hacer (risas).

 

P. ¿Y qué busca en la literatura?, ¿Qué espera de un texto?

R. Lo que más me gusta cuando leo es descubrir una voz. Cuando un escritor me envuelve con su voz, me da casi igual lo que me está contando porque ya me ganó. El proceso que trato de hacer cuando escribo es similar. Una vez le leí a García Márquez que hay que escribir con los cinco sentidos porque uno lee con los cinco sentidos y si uno hace eso, apela al lector de una manera más atractiva que si intenta hacerlo solo intelectualmente.

 

P. ¿Qué lee por estos días?

R. Estoy leyendo la autobiografía de Yi-Fu Tuan, un geógrafo chino de 88 años. El libro se llama Quien soy. Luego de criarse en los primeros años de la china comunista de Mao, este hombre logra escaparse y llegar a Australia, de allí a Inglaterra y se convierte en geógrafo, hasta descubrir una rama desconocida: la topofilia, que estudia las connotaciones emocionales de los lugares. Él dice que “no tengo una buena memoria, ni una vida particularmente atractiva, pero lo que siempre he tenido es un sexto sentido para descubrir el relieve emocional de cada lugar”.

 

P. ¿Le interesa mucho las biografías, no? … las vidas de los escritores chinos, rusos, europeos, latinoamericanos, ¿por qué?

R. (Risas) Es que me gusta escuchar la gente que cuenta su vida o que sin darse cuenta la está contando. Me parece que las mejores lecciones de vida se aprenden así.

 

P. De la suya, ¿qué lecciones le pesan?

R. Una de ellas es que no somos una sola persona. Estamos habitados por al menos una docena de personas en nuestro interior e incluso somos distintas personas a lo largo del día y de los años. Lograr una relación más o menos armónica entre esas personas es lo intento hacer. Lo otro es que a los 40 años tuve un coma pancreático que me mandó al hospital y del que sobreviví casi de milagro. Eso me obligó a reformular mi vida. Pasé de ser un bicho de ciudad que trabajaba hasta las 3 a.m. en un diario y que se alimentaba exclusivamente de adrenalina, a vivir a un pueblo de la playa y ser padre jornada completa. Eso me permitió tener un contacto conmigo mismo que antes no tenía.

 

P.¿Qué es lo que más extraña de una redacción?

R. Lo más lindo que tenía una redacción y que hoy con las redes sociales ha desaparecido es precisamente estar codo a codo con la gente más diversa e ir descubriendo en el viejo redactor de economía una pasión secreta por los tangos. Lo más lindo también eran las horas muertas, cuando después de cierre abrían los cajones y sacaban las botellas de whisky y comenzaban las buenas conversaciones. Hay una imagen muy hermosa de las viejas redacciones. Cuando cada sección terminaba, se levantaban las máquinas de escribir e ir viendo como todas iban quedando en posición vertical era maravilloso.

 

P. Sobre el oficio del editor. Al enfrentarse ante un texto ajeno, ¿qué es lo que más cuida?

R. Siento que tengo la facilidad para leer un texto desde adentro. Entiendo la voz del que lo escribió y mi labor está en señalarle los lugares en los que fue infiel a sí mismo, cuando está por debajo de su propio nivel. Es como si el texto estuviese escrito en otro color y lo noto. Lo peor que se puede hacer es pensar “¿cómo lo resolvería yo?”, hay que preguntarse lo contrario “¿qué es lo que él no resolvió?”.

 

P. ¿Qué espera de los nuevos autores, de los escritores jóvenes?

R. No sé si es una nueva manera de escribir, pero veo una soltura, un desparpajo, una manera muy fresca de publicar de los escritores jóvenes y sellos independientes. Eso le da vitalidad a la literatura. Siempre estuve en contra de los “mandarines de la literatura” y de la idea canónica de la academia. Me parece que siempre debe renovarse desde abajo y los costados.

 

P. Usted decidió abandonar la ficción, pero qué tanto le interesa apegarse a la “verdad”?

R. Cualquier persona que escribe, por más que defienda la objetividad y meticulosidad por lo real, siempre termina inventando, distorsionando, deformando. En ese sentido, lo que más me interesa a mi es una historia bien contada, cuánto tiene de verdad es un poco relativo.

 

Tomado de El Heraldo. 16 de septiembre de 2018.

 

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