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Los domingos en el Roosevelt

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Por Juan R. Recondo

Publicado: martes, 16 de octubre de 2018

The waking dream of theatre, like dreaming 

 itself, is particularly well suited to this strange but 

 apparently essential process. Both recycle past 

 perceptions and experience in imaginary

 configurations that, although different, are 

 powerfully haunted by a sense of repetition and

 involve the whole range of human activity and its 

 context.

 Marvin Carlson, The Haunted Stage

 

Reality... what a concept.

 Robin Williams

 

 

El cine entrelaza la realidad y el sueño. Podemos afirmar esto del arte en general. Pero insisto en ir al cine. Este medio funciona dentro de un patrón de repeticiones evidentes en las fórmulas de Hollywood, en las diferentes tandas diarias que se ofrecen de la misma película y en la experiencia de ver cualquier filme un sinnúmero de veces desde una computadora. La repetición también se ve en cómo reconocemos “la actividad humana y sus contextos” (mi traducción de las palabras de Marvin Carlson) en la pantalla y la manera en que nuestra realidad se transforma en una gran película que protagonizamos. Vivimos nuestra vida a través del ojo de nuestra propia cámara. El cine no sólo “recicla,” sino que también “contamina” nuestra realidad. Los fantasmas que se proyectan en la gran pantalla nos persiguen a través de las calles oscuras (¿recuerdan en Heavenly Creatures [dir. Peter Jackson, Nueva Zelanda, 1994] cuando las niñas escapan aterradas del personaje de Orson Welles después que vieron Third Man [dir. Carol Reed, EEUU, 1949]?); nos enfrentan a nuestra ira mientras burbujea un Alka Seltzer en el agua (no se olviden de Travis Bickle en Taxi Driver [dir. Martin Scorsese, EEUU, 1976]); y tornan un inconveniente aguacero en una expresión de plena felicidad (quiero bailar bajo la lluvia junto a Gene Kelly en Singing in the Rain [dirs. Stanley Donen y Gene Kelly, EEUU, 1952]). El Cine Roosevelt en Hato Rey es el espacio desde donde reimaginé mis experiencias de juventud. 

El Roosevelt ha sido uno de los lugares más sagrados para mí, especialmente en la década de l980 entre mis diez y dieciocho años. No me crié en una familia religiosa y por esto mis domingos respondían a mi placer. Mi rutina dominical consistía en salir de mi casa en la Urbanización Los Maestros entre las nueve o diez de la mañana, correr bicicleta a casa de mis amigos que vivían en la Urbanización Roosevelt y pasar la tarde entera en lo que considerábamos nuestro cine. Ese día lento se llenaba de historias y nuevos personajes en el Roosevelt.

Este cine está localizado en la urbanización homónima donde predominan familias de clase media trabajadora. Transitar con mi ganguita de amigos por esas calles de casas dormidas no ofrecía posibilidades para nuestros espíritus aventureros. La inocencia preadolescente nos forzaba a añorar algún monstruo que vencer o alguna prueba sobrehumana que superar. El Roosevelt nos proveía un vistazo a todas estas experiencias desde la seguridad de una butaca en un ambiente oscuro y fresco. Con dos dólares, que para mí no eran fáciles de reunir semanalmente, tenía una taquilla. Y con cincuenta centavos más, se podía disfrutar del mejor popcorn que podía salir de una bolsa con cara de payaso. Quiero aclarar que de este momento en adelante, todas las películas a las que hago referencia, las vi en el Roosevelt. 

La primera película que recuerdo haber visto en el Roosevelt fue Star Wars (dir. George Lucas, EEUU, 1977). No tengo mucha memoria de este momento, aunque me acuerdo del horror que sentí con la entrada majestuosa del mal, Darth Vader. A mis seis años, muchas fueron las veces que me fuí aterrado a la cama por el diablo con espada roja y de profundo respirar que mató a Obi Wan. Mi memoria más clara del Roosevelt comienza en el 1980 con la película Popeye (dir. Robert Altman, EEUU). A pesar de que las actuaciones de Robin Williams como Popeye, Shelley Duvall como Oliva y el concepto de producción son magníficos, la película es un revolú espantoso en la brillante filmografía de Robert Altman. Pero las canciones, compuestas por Harry Nilsson, son una delicia que todavía me emocionan. Me acuerdo salir del cine tarareando “He Needs Me,” la canción que Oliva canta la noche en la que se da cuenta que Popeye la necesita. Esa noche de domingo tarareaba la melodía mientras caminaba al carro junto a mi mamá. La Urbanización Roosevelt se transformó en las calles de Sweethaven, la villa costera donde Popeye conoce a Oliva. La pobreza extrema que afecta los residentes de Sweethaven, y que evoca las vivencias de la depresión económica de los Estados Unidos durante los años 20, me movieron a reimaginar la precaria situación económica de mi familia y de algunos de mis amigos. No tuve muchos juguetes, pero podía reconstruir mi comunidad recordando la canción que escuché en el Roosevelt. 

Me gustaría decir que cuando vi Gandhi (dir. Richard Attenborough, Reino Unido/India/EEUU, 1982) en el Roosevelt, mi vida cambió por completo. Honestamente, lo más que recuerdo de ese día fue que, mientras esperaba en la fila para comprar popcorn, un señor me enseñó un truco con los dedos que no muchas personas pueden hacer. En ese momento tenía aproximadamente once años y no sentía afinidad por la independencia de la India. Aunque me tocó profundamente el momento en el que asesinan a Gandhi, me emocionó más la muerte de Mickey (Burgess Meredith), el entrenador de Rocky, en Rocky III (dir. Sylvester Stallone, EEUU, 1982). Me parece que fue la primera vez que lloré en una película. El filme me afectó tanto que un amigo y yo nos matriculamos en el gimnasio de Castro, un cubano fortachón que me llamaba Choqui y que todos conocíamos de la urbanización. De paso, esto no demuestra que quería ser atleta. Nunca disfruté de ningún deporte, pero las películas sobre deportistas que sobrepasan los obstáculos más monumentales para triunfar, logran manipularme emocionalmente. Una película como Hoosiers (dir. David Anspaugh, EEUU, 1986) me energizaba. Y no era por el baloncesto como tal, sino por un personaje como Shooter (Dennis Hopper), el atleta que brilló en su juventud, pero que al perder un juego importante, terminó alcoholizado y derrotado. El entrenador del equipo (Gene Hackman) le da una oportunidad para que los dirija en un juego y Shooter brilla por su talento. Estas historias de héroes venidos a menos me calaban profundamente, pero tan sólo por un instante. Me visualizaba demostrándole a todo el mundo quién era en la cancha. Durante una semana, me la pasé planificando las horas de entrenamiento que le dedicaría al baloncesto. En mi imaginación ya me había vuelto el jugador más valioso de la escuela. Pero todo acababa el próximo domingo, cuando regresaba al cine y una nueva película proponía otra vivencia. 

Encontré muchas películas con las que me identifiqué por mi constante búsqueda de aventura. Sería fácil mencionar Goonies (dir. Richard Donner, EEUU, 1985), un clásico para niños que vi en el Roosevelt a los catorce años. Aunque ya era mayor que muchos de sus personajes, la búsqueda de sus protagonistas (el tesoro escondido del pirata One-Eyed Willy) fue una invitación a identificar mi propia búsqueda de algo perdido. Pasé muchos fines de semana tratando de encontrar algún tesoro. Muchos años más tarde me di cuenta que el punto no es el cofre lleno de oro, sino escapar de los Fratelli, la familia de criminales que amenazaban sus vidas. Ellos representaban la pérdida de la inocencia, tanto como el cuerpo del muchacho muerto hacia el cual se dirige la pandilla de preadolescentes en Stand by Me (dir. Rob Reiner, EEUU, 1986). La adultez que llega como el tren del cual huyen los chicos en esta última, fue un tema constante al cual me enfrenté en el Roosevelt. De hecho, en Cloak and Dagger (dir. Richard Franklin, EEUU, 1984), Davey Osborne (Henry Thomas) es un niño que literalmente enfrenta el asesinato de su niñez. Davey se envuelve en una red de espionaje incitado por su amigo imaginario, Jack Flack. En un momento, un matón le apunta con una pistola al niño y Flack logra salir mágicamente para distraer al pistolero, que lo acribilla sin pena. Con esto se fue el poder de Davey de reimaginar su entorno para enfrentar la realidad tal cual, la frustrante moraleja de la película. El Roosevelt me bombardeó con estas historias, preparándome para la incómoda llegada de la adultez al final de los 80. 

Las películas que vi en el Roosevelt me dieron herramientas para combatir las tristezas y frustraciones de mi adolescencia. Una de mis épicas favoritas, Empire of the Sun (dir. Steven Spielberg, EEUU, 1987), cuenta la historia de Jim (Christian Bale), un niño que se queda solo en Shanghai justamente cuando los japoneses invaden la región y expulsan a los británicos de China durante la Segunda Guerra Mundial. Jim es capturado y condenado a un campo de concentración japonés, junto a su amigo Basie (John Malkovich), un vividor estadounidense que sabe sacarle provecho a toda persona para sobrevivir. Jim enfrenta una diversidad de vivencias terribles sin nunca perder su imaginación ni la valiente compasión por los que lo rodean. Su profunda sensibilidad es lo que salva a Jim. Es un personaje que relaciono con Jerry Mitchell (Casey Siemaszko), el protagonista de una de mis películas favoritas sobre adolescentes, Three O’Clock High (dir. Phil Joanou, EEUU, 1987). Jerry es un estudiante de escuela superior que se enfrenta a uno de los peores “bullies,” Buddy Revell (Richard Tyson). Jerry hace de todo para escapar de Buddy, que le ha dicho que lo esperará fuera de la escuela a las tres de la tarde para darle una escalpisa. Durante toda la película, Jerry trata de escapar del encuentro. La película utiliza el modelo del Western para demostrar cómo el choque final entre el héroe y el villano que lo atormenta es la esencia misma de la adolescencia. Muchos de mis amigos imitaban al Maverick (Tom Cruise) de Top Gun (dir. Tony Scott, EEUU, 1986), pero siempre preferí a Jim y a Jerry. Todavía recuerdo cuánto me hicieron pensar sobre mi vida estas dos películas. Vi ambas solo y no olvido la caminata de regreso a casa. Un domingo, crucé la Avenida Hostos recordando el momento en el que Jim se reunió con sus padres al final de Empire of the Sun; otro domingo, subí por la Calle Hijas del Caribe pensando en el respeto que Buddy desarrolla por Jerry cuando descubre su valentía al final de Three O’Clock High; y un domingo cerca del 1989, sentado en el parquecito de Los Maestros, me prometí nunca perder mi humanidad por los miedos que me acecharían. La promesa de nunca rendirme nació en el Roosevelt.

En el 1989 cumpli dieciocho años y en agosto entré a la Universidad de Puerto Rico, el espacio que me abrió los ojos al mundo. Ese año también descubrí Cine Arte, un cine que ya no existe y que estaba localizado en la Avenida Ponce de León. En sus salas, vi por primera vez un cine muy diferente al del Roosevelt. Allí experimenté The Cook, the Thief, His Wife, and Her Lover (dir. Peter Greenaway, Países Bajos/Reino Unido/Francia, 1989), cuyo uso de colores para definir cada espacio es de los más alucinante que he visto; y Cinema Paradiso (dir. Giuseppe Tornatore, Italia, 1988), con la cual volví a soñar con la lluvia, el amor y Ulysses (dir. Mario Camerini, Italia/Francia/EEUU, 1954) (busquen la escena en Cinema Paradiso, es mi favorita). Aunque seguí yendo al Roosevelt, su enfoque en el cine comercial de Hollywood me empezó a aburrir. Todavía me tiraba la caminata uno que otro domingo, pero para revivir un pasado que ya no estaba. El Roosevelt ha cambiado mucho. La sala con la pantalla inmensa fue dividida en dos más pequeñas. Aunque entiendo la decisión para competir con otras salas y generar más dinero, para mí fue doloroso este cambio. También les confieso que me dolió mucho cuando pintaron por encima del mural de los taínos ahogando a Diego Salcedo. La pintura incluía el verso de Juan Antonio Corretjer: “¡Mataréis al dios del miedo; sólo entonces seréis libres!” A pesar de estos cambios, siempre le agradeceré a los dueños del Roosevelt que me dejaran aparcar mi bicicleta en una esquinita del lobby para que no me la robaran mientras veía la película. El espacio cambió, pero espero que siga contaminando con sueños la realidad de algún otro niño de Roosevelt. Cada calle de Roosevelt desemboca en una nueva historia gracias a mi primera escuelita de cine. 

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