Bookmark and Share Bajar en formato PDFComentariosVer foto galería

La marea de los muertos (novela por entregas Episodio 5

Ver foto galeríaVisita la foto galería (1)
Perfil de Autor

Por Francisco R. Velázquez

Publicado: miércoles, 14 de diciembre de 2016

Es la ruta del latido. 

Imbricados como estamos en este universo concéntrico avanzamos y retrocedemos en el tiempo, siempre de la mano porque somos desde el inicio y duraremos más allá de dios y la eternidad, por el tiempo que queramos; se presta todo a la confusión, falta una medida de coherencia a mis pensamientos y me sobresalta verme desde una perspectiva aérea  y yago sobre un lecho de leña seca y huelo a la mantequilla con que aceleran la combustión de los muertos; ardo y no siento absolutamente nada mientras la busco entre las gentes con la mirada, viéndola de pronto frente a la pira funeraria, titubeando como las niñas cuando saltan la cuica y entonces se lanza sobre mí, su sari en llamas pero parece no dolerle y sonríe: esto también pasará, dice; entonces, en medio de la hoguera, me besa largo y leve en los labios, nuestro primer beso en esta instancia singular desprendida de la otra, la del fuego purificador, ahora, cuando han regresado los equilibrios del universo.  

Tras de un momento el beso se sale de todo control y ella suspira, cierra los ojos e impulsivamente me besa los labios, los ojos, el rostro y veo con horror cómo sale del círculo, del vórtice que ocupábamos, y se ase de una brizna de realidad como el que se ahoga en un río turbulento y agarra el arbusto que está en la orilla y aunque la veo alejarse, siento su aliento; el beso ha sido un broche por el cual se ha escapado pero allí, en la intimidad de ese encantamiento que aún me estremece, nos hemos observado con especificidad científica, como se mira bajo una lupa a las mariposas atrapadas en un reguero ambarino, inmóviles, intactas, eternas...

–¿Sentiste lo que yo?

–Sí, murmura con serenidad.

 

Epílogo

De regreso, veo el resplandor de los faros de un automóvil que se acerca. Siento náuseas, me desplomo. Pierdo el sentido.

El conductor desmonta y me ayuda.  Ya he recuperado el sentido y me dejo subir al auto que en cuestión de minutos me deja frente al hotel.

Andrés, que así se llama el samaritano, llama a Francine que viene a seguidas. Ambos me llevan a la habitación.

Francine interroga a Andrés que es habitual del hotel. Este le dice:

–Cuando recobró el sentido dijo: “Esto no marcha, ¿Qué podemos hacer, tribadismo? Hemos compartido algo muy profundo”, parecía dirigirse a otra persona y allí no había nadie más. Supongo que deliraba.

–¿Qué es eso del tribadismo, Francine?, le pregunta tras una pausa.

–Morirse de amor, le contesta para salir del paso.

Llega el médico de la vecindad que diagnostica, grosso modo, tifus.

Francine llama al padre de Leslie que sale hacia el hotel inmediatamente.

 Leslie muere a la una y media de la mañana. La causa de la muerte ha sido un infarto fulminante, secundario a la contaminación con tifus.

Francine, que se ha pasado la prima noche secando sudores y frotando alcohol, le cierra sus ojos.

El médico aguarda por su colega, el padre de Leslie.  Este llega a las tres de la madrugada por causa del mal tiempo. Hablan en el balcón del hotel.  Entonces el padre pasa a la recámara donde Francine recién termina de bañar el cuerpo.

Tras de las manifestaciones de duelo, le muestra el cuaderno secreto al padre.

–Leslie repetía sin cesar, en su deliro, palabra por palabra, lo que hay escrito ahí.

El padre lee una treintena de páginas. Queda estupefacto. Se sienta al borde de la cama, una tinción de desconcierto en el rostro. 

Pregunta:

–¿Y la chica, dónde se encuentra?

–No había ninguna chica, solo en la imaginación de Leslie. Te juro que no me percaté de nada. Leslie estuvo encerrada en su cuarto la mayoría del tiempo a causa de las lluvias, explica Francine. 

–Curioso. Fíjate en las fechas. Llegó hace tres días y según las entradas, da cuenta de cosas que acontecieron a lo largo de diez o doce días, le señala el padre.

–Escucha esto: desde su llegada se comportó con la timidez de siempre. Ayer me sorprendió verla bailar sola un beguine en el dansant. Lo hizo tan bien que le hicieron rueda y la aplaudieron y ella sonreía, tan alegre, tan bonita con su vestido del rosetón azul. Aunque, de cierto, me pasó la sospecha que había tomado láudano, por la mirada errante, sabes. Después me pidió una Cortal y se la tomó con un litro de agua y se llevó otra botella para la habitación. No la vi salir al paseo de donde la trajo Andrés...

A seguidas, Francine comienza a sollozar. El padre la consuela.

–No ha sido culpa tuya Francine. De momento hay que quemar todo y desinfectar. Lo haré discretamente, no habrá problemas.

–El doctor me recomendó lo mismo. Hizo todo lo que pudo para salvar a Leslie. No encontré láudano, ni ron ni nada parecido en la habitación. 

–Fue tifus. Luego de nuestra conversación estoy seguro de que Leslie se contaminó en San Juan. Aunque en su caso se saltó las etapas iniciales de la enfermedad. Sólo tuvo jaqueca y mucha sed por un día y luego las fiebres intensas y el delirio. Pienso además que pudo haberse tratado de un episodio psicótico. Se puede vivir una vida ajena a costumbres y familiares en cosa de minutos. 

 Tras una pausa, el padre de Leslie retoma la palabra. Evita mirar a Francine,

–Especulo que esto ha ocurrido a causa de su juventud temprana y su debilidad, hablo del infarto del cual no pudo recuperarse. Tenía un soplo. El siguiente escalón en la infección, que la mayoría de las veces es el último, el estupor, nunca llegó. Los delirios de tiempo, de espacio, igualmente los sexuales, ve a saber, puede haber sido una sicosis aleatoria promovida por lecturas de un tenor tal que puedan incendiar la imaginación.

–Los arreglos funerarios... el doctor y yo nos encargaremos, interrumpe Francine a secas.

Tras un silencio pesado, el padre de Leslie pregunta:

–¿Quién más escuchó lo dicho?

–Nadie. Bueno... el médico que escuchó el delirio de los viajes por el tiempo. 

–Quema el cuaderno, por favor, Francine.

–De acuerdo. Y los libros también.

–No son míos, ignoro de dónde los sacó, dice con brusquedad.

Tras del sepelio privado, el padre de Leslie añade en la discreta esquela que se publica en el diario de la capital:

Decessit in albis.

Francine lo quema todo menos el cuaderno de Leslie que retiene para satisfacer una curiosidad que le da vueltas en la cabeza.

Entra al apartamiento donde, según el cuaderno, se hospedaba Fabienne.

Habiendo estado cerrado por varios meses, el alojamiento más caro del hotel tiene un aire de descuido que ahoga. Antes de salir halla la nota de Leslie en el suelo, quizá lanzada por una ventana que estaba abierta.

Al amanecer del día siguiente, toma la misma ruta descripta en el cuaderno.

 

  (0) Comentarios



claritienda El temor de los Imperios