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Publicado: miércoles, 22 de noviembre de 2017

Hugo López Cabral / Especial para En Rojo

 
 

Camino. Veo un armadillo cruzando la calle. Hago señas a los conductores. El armadillo cruza, suspicaz. Llega a lugar seguro. Se detiene. Oigo un golpe sordo. Al otro lado de la calle, en sentido contrario, un auto acaba de golpear a otro armadillo. El primero mira la escena un instante. Se aleja corriendo en dirección al pantano que aparece como una foto mal puesta en Landstar Boulevard. Miro al segundo armadillo. Herido. Trata de caminar. No puede. Me quedo en la acera opuesta. Los conductores retoman la marcha. Yo hago como el primer armadillo. Sólo que en dirección a la casa en la que me hospedo. Unos 30 minutos trotando.

 De regreso pienso que los buitres que esperan pacientemente sobre los postes de luz bajarán a hacerse cargo de lo que quede del animal. Cuando vuelva a pasar por allí sólo quedará una mancha oscura en la carretera. Todo regresará a su limpieza. La normalidad urbana al borde del pantano lleno de vida salvaje. 

Eso es Florida. Y soy parte de la diáspora. No el exilio judío fuera de la tierra de Israel. Tampoco el peregrinaje palestino, pueblo al que, paradójicamente, quieren expulsar del territorio que ocupan para que regresen a su lugar de origen, que es precisamente el lugar que ocupan. Me refiero, más bien, a la dispersión de mi pueblo, Puerto Rico, a través del mundo. Es, y no exagero, una de las mayores dispersiones de población en el planeta. Cuatro millones de habitantes en la isla de Puerto Rico y unos cuatro millones y medio fuera de la isla. El éxodo ha sido parte de nuestra sociedad y ha incluido ciudades como New York y Chicago. Hoy el espacio del deseo y la esperanza es la Florida Central, Orlando. Aqui vive Mickey Mouse en su Reino Mágico donde los niños asisten a la fantasía. En otro parque vivía Tilikum, una ballena asesina. Literalmente asesina. Había eliminado a dos entrenadores y a un curioso, pero entretenía a los espectadores. This is Orlando. 

Aquí hay orden y concierto. Limpieza. Eso se logra con un equipo de trabajo paisajista fenomenal. Quizás ayuda algo que en esta parte del mundo está prohibido alimentar a los desamparados. Sí, en Florida, donde decenas de miles de personas han perdido sus hogares es ilegal darle comida a los vagabundos. Sin embargo no estaría fuera de ley alimentar buitres o armadillos. Orlando Magic.

Mi país, es decir, la isla que es el lugar de origen, es más democráticamente desordenado. Podemos alimentar vagabundos. Ser golpeados en las marchas. Habitar salvajemente lo urbano con un auto por cada dos habitantes. Celebrar la reaparición del chupacabras, ese animal, mitad vampiro, mitad charlatanería, que parece un fantasma de la crisis. Podemos arrollar un perro realengo o elegir a los buitres para la legislatura. O no elegirlos, sino aceptarlos como Junta de Control Fiscal. Y comer mierda y llamar al control supervisión. Quizás por eso la escapada, la migración, la relocalización. Y la tierra del ratón miguelito y los parques de diversiones proveen ese paisaje indiferenciado que calma la tensión. Eso a pesar de que ocupa la séptima posición entre las ciudades con más crímenes violentos en EEUU.  Sólo en asesinatos la isla supera a Orlando. 

Un cuarto de millón de puertorriqueños ha escapado hacia la Florida Central en la última década. Más de cien mil desde que pasó el huracán María. Allí justo donde hay cerca de 200,000 propiedades a punto de ejecución hipotecaria. ¿Por qué el sueño del theme para y el deseo de encontrarse con los personajes de Disney es más atractivo que vivir en la isla del encanto, la joya norteamericana del Caribe? Pienso en estas cosas mientras miro los vuelos disponibles. Pienso en el sentido que tienen hoy las palabras quedarse o marcharse, ser y estar. ¿Tendremos que inventarnos un reino? ¿Tendrá que ser mágico?

 

López Cabral es  maestro de español Ha publicado La interpretación de los sueños de Freud (poesía).

 

 

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