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Cuento: Al calor de la ausencia

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Por Domingo Dávila Torres

Publicado: miércoles, 21 de junio de 2017

Un cuento no es un cuento es trabajo. Es un frio empaquetado para recuperar el calor de la ausencia.

 

A María, que ha sabido ser amiga también.

A Rafah, que sabe de la extensión de la palabra

 

“Si uno pudiera quitarse un brazo, una pierna y

los huesos que más pesan, andaría aliviado.

Es mucho el esqueleto el que cargamos y cansa”.

 

 Miguel Ángel Asturia, El Papa Verde

 

 

1. 

Soy un enfermero diferente. Aunque, nuestro calendario de trabajo está muy cargado y los turnos además de agotadores, muchas veces son inhumanos; busco a pesar de ello el mayor espacio posible para conversar y darles alguna atención especial a aquellos pacientes que no reciben visitas ni de familiares ni amigos. En el progreso o deterioro de la enfermedad escribo un diario lo más fiel a las conversaciones, a sus anécdotas y a las experiencias que viven aquí. Las conversaciones y la escritura me sirven para mejorar la atención a otros pacientes a mi cargo y compensar en mis ratitos libres o de descanso, en mi casa, una frustración por el gusto de escribir. En otra vida seré escritor.

Hay pacientes que retan mis habilidades más que otros. Éste, de quien escribo, además de confundir mi emoción; ha exigido más de un talento que no poseo. Me ha llevado a un punto en la escritura donde no sé cuándo le soy fiel a sus palabras o cuando, en un arrebato de ilusión literaria escribo más bien de lo que pienso. El tiempo de narración y la persona se me han enredado tanto que mi zafacón está lleno de versiones; como si hubiera olvidado que escribía un diario y no un cuento. Irremediablemente, he transferido esa confusión al relato que sigue.

 

2.

Hace un año, mientras intentábamos entender la incomodidad del fracaso continuo de mis proyectos, le dije a un amigo: “Luis, pienso que estoy listo para vivir el fracaso como una tragedia más de la vida. Igual que he vivido con pasión el amor y la felicidad puedo soportar el límite y las consecuencias más graves de los errores cometidos.” Luego de escuchar atento, él comentó, “es muy importante lo que acabas de decir, estás poniendo tu ser a disposición del universo.” Luis es mi mentor espiritual, me hizo consciente de “la fuerza sanadora” de mis palabras. Y así es como, de aquel momento en adelante, he vivido con relativa tranquilidad los resultados de aquella pesadilla que fue ser un comerciante arruinado. He llegado a aceptar vivir, desde entonces, lo que llamo una ética de la pobreza, saber vivir con poco. 

Suicidarme, para no vivir la parte del sufrimiento que merecía o me tocaba no era posible. Además de que esa valentía no vino incluida en mi temperamento, para mí no es opción, la considero una cobardía. Me parece más noble vivir la tragedia del fracaso en toda su perturbación esplendorosa. Sólo que disfrutaré de ella, como una suerte de budista, en la ausencia y el vacío. Así desilusionado por completo.

Aquel día, que hable con Luis, tenía muchas razones para querer desaparecer. Estaba en ruinas, “que es un decir de mi vida”. Sonrió. Los acreedores aún después de la quiebra me importunaban, la familia se había ido en desbandada y caminaba la calle, comprensiblemente sintiendo miradas largas sobre mi espalda. Estaba más solo que nunca. Donde único encontré cierto refugio fue en escribir, siempre me ha gustado escribir. En estas condiciones, qué propósito podía tener la escritura ¿entretenerme? Si lo que escribía era incomprensible, los cuentos parecían que comenzaban todas las veces, no podía construir una trama que no fuera encerrándose en sí misma; buscaba adentro y adentro me quedaba, de la poesía para qué contarte, estaba cargada de inseguridades y mil dudas.

Ahí, como si fuera él quien me ponía una inyección, vi retratada mi lucha con la escritura. Era como escuchar el espejo al frente. Le interrumpí, me excusé y salí a visitar otro paciente. Debo vigilar los espacios para otras descargas, con otra inteligencia, pero descargas igual. La mañana siguiente, como si hubiéramos acordado una consulta y luego de las formalidades que justificaban mi presencia, retomó como si estuviera ante un siquiatra. Eso parecíamos, paciente y siquiatra. Aunque era yo quien anotaba, siento que el paciente era yo.

 

3. 

Era una mañana de ésas que lo exageraba todo. Final de agosto, cruel y deleitoso a la misma vez, filtraba por la ventana un calor insoportable y corría un fresquito de lluvia que era el cielo entre tanto ahogo. Entre la lluvia y la llovizna, la soledad era otra forma de estar ausente, era enternecedora y permitía un poco aliviar el calor. Hubiera faltado, (se atrevió a bromear), un fundillo musical y el banquete hubiera estado servido para honrar aquella ética de ser feliz más allá de las circunstancias. Sentía el regocijo de la frescura de la lluvia, esa forma de comulgar con los espíritus, a pesar del calor, sin embargo, mi mente estaba en otro lado.

Esa mañana venía de cruzar la noche entera, desvelado otra vez. Las horas de desvelo habían hecho triza la posibilidad de disfrutar, a cabalidad, la lluvia tan afín a mi ser. La lluvia cuando es así tierna en su caída, perezosa, y si con alguna neblina, aquí o allá, si en el campo de Cayey, ya es el colmo del gozo. Nada, ese día, sin embargo, me despertaría, siquiera gotas de amor, a hermosura alguna. El cuerpo tramaba su reclamo por abandono. Me había acostado con la impresión de una herida en el pie diabético. Tan pronto amaneció, miré el pie de nuevo: esto se jodió, me dije. Cero Condado Plaza hoy, que era mi contención principal, en aquel día. ¿Para que ir a estorbar a la protesta? Esto luce y huele mal, mejor voy al podiatra.

 

4.

–Sí, buena, es para saber si el Dr. García me puede atender hoy. Creo que es una emergencia.

–¡Hay bendito!, es imposible. 

–Es una emergencia.

–Lo entiendo, pero estamos llenos hasta febrero. Este año no estamos cogiendo citas nuevas.

–Yo no soy un paciente nuevo, el doctor ya me ha atendido anteriormente.

–Lleva mucho tiempo sin venir y las citas se llenan.

–Si con ustedes tengo que esperar hasta febrero para que otro podiatra me atienda tendré que esperar a agosto del año que viene, a esta misma fecha, con suerte.

–Caramba lo siento, pero inténtelo.

–Maldita… me enganchó.

Estaba que echaba chispas. Me quedé pensando unos minutos. Observo bien el pie y vi que estaba bien hinchado. Los dedos y alrededor de la herida estaban amoratados y salía un olor desagradable de la herida. La herida lucía fea. Comencé a vestirme. Listo ya, sin desayunar nada, cojeando caminé al tren. Me presenté por mis pantalones a la oficina del podiatra.

–Entienda por favor, el doctor no me permite añadir más pacientes.

–Es una emergencia, déjeme entonces hablar con él.

–Voy a hablar con él para complacerlo. Pero ya sé la contestación.

–Dígale que no me voy de aquí sin cita para mañana por lo menos. 

–(Luego de consultar). Lo verá a lo último. Él se tiene que ir a la una. Si tiene espacio antes de la una, lo atenderá.

–Me arriesgo, qué se va a hacer.

Mejor, pensé, ser mal atendido en la esperanza, que bien atendido en lo irremediable.

 

5.

Jamás una espera se me hizo tan larga. Ni cuando Camila retrasaba su llegada y el tiempo se me hacía una eternidad. Miraba el reloj, desesperado, como si fuera un malhechor que quería torturarme a paso lento e indiferente en su avance. Ver llegar aquel reloj marcando las 12:15pm y que aún quedaran tres pacientes antes que yo, me tenía como olla hirviendo. Suerte que ese día no había nadie hablando en contra de la protesta en Condado Plaza pues creo que me hubiesen sacado con camisa de fuerza de allí. No sabía qué hubiera sido peor, que la gente hiciera comentarios del derecho del otro, para que le permitieran entrar al hotel, el silencio que prevalecía en la sala de espera o el maldito reloj aquel a paso amargado hacia la una.

–Hay bacterias, la herida huele muy mal. Limpie la herida, le dice a la enfermera, y lo venda. Ese pie, dirigiéndose a mí, tiene que estar vendado todo el tiempo. Le dejo un referido para una radiografía. Si la bacteria llegó al hueso, me temo que perdió el pie.

–Vamos a ser optimistas doctor.

–(Como si no me escuchara, algo molesto), Úntese esta crema, dos veces al día. Compre este antibiótico. ¿Tiene medicina su plan?

–No.

–No importa, lo hay genérico. Tenga la receta. Cuando tenga los resultados de la radiografía lo veo en diez días.

Se quitó la bata y se fue como alma que lleva el diablo.

 

6.

Así comencé a desaparecer. Se llevaron mi pie derecho y me dejaron un dolor inmenso en el hueso. El dolor era lo suficiente intenso como para probar mi resistencia al dolor y mi motivación para seguir viviendo. Tenía una teoría sobre el dolor que me vino muy bien en la recuperación: si el dolor es tan fuerte que no lo puedas resistir es seguro que te desmayas, como sucedió. Si no te desmayas, el dolor entonces no es tan fuerte que no lo puedas resistir. Así me pasaba comparando cuándo dolía menos y cuándo más. Inspirado en Procol Harum, le llamo a esta teoría: un blanco, más pálido que el blanco. El pálido era cuando me desmayaba.

Lo que más me sorprendía, según las noticias de mi condición empeoraban era que me gustara y hasta disfrutara la idea de estar conciente según iban mutilando o amputando partes de mi cuerpo, poco a poco. No fue eso lo que le quise decir a Luis cuando le manifesté que estaba listo para vivir el fracaso, pero sí, ésa me parecía, más fiel, la tragedia que estaba viviendo. 

Imagino que ésa hubiera sido la enfermedad ideal del Marqués de Sade. Ver vivo como el cuerpo se lo van desapareciendo a uno no es una oportunidad que todo el mundo tiene. El pie no está ahí, pero yo sigo aquí. El pie está más allá de mi presencia y como esos muertos que adoramos no me abandona, vivo su ausencia. Entre la soledad y el abandono de los seres queridos uno se va convirtiendo con el tiempo en un observatorio de ausencias más que un ser vivo. Así al calor de la ausencia uno va preparándose cada día para desaparecer, pero que dentro de esa cotianidad vayamos constatando como el cuerpo va desapareciendo antes que uno como que no es fácil de asimilar. Esa sensación de que el pie está aún ahí es como si el espíritu se olvidara que sobrepasó el límite del cuerpo y regresase confundido. Los espejos entonces son una pesadilla, te recuerdan lo que quieres olvidar.

 

7.

–La circulación en esa pierna es mala. Supongo que le debe doler.

–Bueno doctor, mientras tenga dolor sé que la pierna está ahí. Cuando no me duela más, me va a doler en otro lado y ahí van a estar ustedes, listos para resolver.

–Si así lo quiere entender, pues sí, aunque suene duro, es cuestión de estar vivo o muerto.

–Vivo para quién, doctor. Muerto para quién.

Yo estaba presente en el intercambio. Ahora era él, quien estaba molesto. El doctor no le pudo decir; para su familia pues nadie iba a visitarlo. Se limitó a decirle: “Tenemos que ser agradecidos con la vida.”

Ése y varios días más se quedó callado. En aquel silencio extenso como su mirada perdida vio desaparecer su pierna. El llanto, también, era parte de su alivio en secreto, los ojos rojos lo delataban cuando me acercaba a tomarle los vitales. El muñón en la rodilla tenía que dolerle como para que lo drogáramos, pero no aceptaba más allá de una pastilla de Percocet, porque la morfina o cualquier otro medicamento fuerte decía le creaba vicio y lo adormecía como un bobo. “Si no vas a vivir el sufrimiento, suicídate.” Me dijo con esa actitud estoica que le distinguía de los demás pacientes.

Uno de aquellos días que tenía que estar doliéndole hasta el pelo, me habló pausado. ¿Quieres que te diga la verdad? No sabía lo que decía cuando le dije a Luis que estaba listo para vivir la tragedia. Nadie está listo para este dolor. Cuando te van amputando, ya no sabes si es la vida o es la muerte quien es caprichosa. ¿Qué será lo próximo que la vida dejará ir; qué será lo próximo que la muerte vendrá a buscar? Y en el centro, esta consciencia desposeída de toda vitalidad para continuar o terminar. 

 

8.

–Tienes cáncer en la piel. Esa mano tiene que irse, si queremos salvar el brazo.

–No, no doctor, cómo va a ser. Llévese el brazo de una vez. Así me economiza un dolor que tan caro me salen en estos días.

–Ciertamente, usted me sorprende.

–Quiero ver el espectáculo completo, haga lo mejor doctor para que esta alegría de verme sin mi cuerpo, no desaparezca.

–Cálmese, que aquí nadie va a desaparecer.

No sé porque le dijo, cálmese. Él estaba muy calmado. Cuando siguió hablando sí que lo vi un poco agitado y tanto a mí como al doctor nos confundió.

–¿Cuándo viene por el otro brazo y la otra pierna? Voy a necesitar aprender la clave Morse. La pistola de Johnny al lado de la mía será de agua.

–¿La pistola de quién?

–Nada doctor, son chistes negros a lo Dalton Trumbo; cosas de intelectuales.

El doctor, se notaba que resintió la ironía y estaba hasta un poco herido en su orgullo. Así que decidió cambiar el tema.

–¿Está orinando bien?

–Ese sí que no, ese desaparece conmigo.

El doctor no tuvo más remedio que reírse.

 

9.

Cuando le llegó el turno a la otra pierna, sus órganos estaban comprometidos. 

–No vale la pena otra operación. Vamos a darle de alta. Prepárelo para salir. (Y se fue.)

La torpeza del doctor merecía un premio al más bruto. Él estaba despierto. Me hizo señal que me acercara. En lo que llamo, un momento de lucidez; de esos que suelen ocurrir con muy pocos pacientes, me habló. Le acerque el oído y me dijo:

–Dile a ese tonto que hace tiempo que morí. Sólo que pedacito a pedacito. Estoy con lo que de mí se ha ido. Que se lleve el resto que no me hace falta. Mi corazón late en otro lado. Nada me duele. Dile, que no soy ya un observatorio de ausencias. Ahora estoy abrigado al calor de la ausencia misma.

Ese día me faltaban tres horas para terminar mi turno, hasta las doce del mediodía. Cuando vi desaparecer la camilla que lo llevaba, fui directo y les dije a los compañeros, que me iba que no me sentía bien. 

Llevo dos días sin ir a trabajar, escribiendo, tratando que las notas que poseo de mi diario tengan sentido.

 

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