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Será otra cosa: La solidaridad del año de las papas perdidas

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Por Ana Teresa Pérez Leroux

Publicado: miércoles, 21 de junio de 2017

Irlanda es verde, escandalosamente verde, más verde que Puerto Plata, o el Yunque, si me pueden ustedes creer. Tiene inviernos muy suaves, al menos así lo consideran en el Norte del Atlántico. Posee también un peculiar ecosistema que incluye vegetación ártica, alpina y mediterránea. Los veranos son lo opuesto: ocupa el tercer lugar en el concurso de los veranos más fríos de Europa. Hay unos pocos días de sol, y el resto, lo que los residentes de allí llaman lúgubremente Irish weather, es decir, “clima irlandés”. 

Los irlandeses recuerdan su historia. Recuerdan bien el yugo y el esfuerzo de la independencia, la pobreza y la afluencia. Recuerdan que tenían idioma propio, y tratan de mantenerlo en vida. Los lingüistas irlandeses vigilan con amorosa preocupación cada subida y bajada de los datos demográficos del uso del idioma gaélico.

El chofer de la guagua de Barrat Tours nos va señalando lugares de interés, bordando el recuento con pedacitos de historia, geografía y bioestadísticas. Siempre que cabe el caso, apunta con cuidado cuando una observación se aplica a ‘La república de Irlanda”, o a “Irlanda del Norte, que está bajo el dominio del Reino Unido”. Como turista, debes esperar que te pregunten que si tienes familia irlandesa. Como los caribeños, los irlandeses tienen larga experiencia de diásporas. Una gran porción del turismo consiste en descendientes de irlandeses, desperdigados por el mundo, que regresan a trazar las raíces genealógicas en la superficie gris y mohosa de una cruz de piedra, a pisar las aldeas de los abuelos y a beber cerveza en el bar que comparte el nombre familiar.

Se deleitan en su unicidad, sin olvidar la universalidad de la experiencia humana. No hay serpientes en Irlanda. Excepto, por supuesto, los políticos, te explican con cara seria y sonrisa en los ojos. Aman su historia. Visitan con igual afecto el castillo del rey John, en la ciudad de Limerick, como el dolmen funeral de Poulnabrone. Se trata de un portón hecho de tres lajas enormes de piedra, en la cual enterraban los huesos de los fallecidos. Orientado hacia el oeste, ocupa un lugar prominente, en el medio de un campo pedregoso en la región del Burren. Un desierto de piedras, dicen los residentes locales. En el medio de estos campos están las erráticas, unas rocas gigantescas que se originan a centenares de kilómetros, arrastradas por un antiguo glacial. Las erráticas son ésas, nos dice el guía, que están ahí paradas, en el medio. No son como las otras piedras; llaman la atención.

En ningún momento se olvidan los irlandeses de los millones que murieron en la hambruna de las papas. No olvidan que el país había producido otras cosechas y que los terratenientes las habían exportado por ganancia. Tal indiferencia al sufrimiento ajeno, tal callosidad en la textura del alma, no logran perdonar. En County Clare hay un hermoso y triste monumento en bronce a las víctimas de la hambruna. Un niño con la mano extendida, llamando al portón de la entrada al orfanato. El niño, pequeñito, un escuincle. El portón enorme y amenazador.

Pero hay otro monumento, que expresa otro sentimiento, colocado en el medio de un parque en Middleton, County Cork. Nueve plumas plateadas, gigantescas, curveando hacia los cielos. Conmemora un inmenso acto de humanidad, cuando un grupo de la tribu Choctaw se reunió, en marzo de 1847, para realizar una donación de fondos de ayuda para los irlandeses.

Los Chocktaw fueron forzados a evacuar sus tierras ancestrales en Alabama por el presidente Jackson, también descendiente de irlandeses. Solo dieciséis años antes habían caminado la marcha forzada a Oklahoma que les costó miles de habitantes, víctimas de malnutrición, enfermedad e interperie. Uno de los primeros episodios de lo que luego la historia bautizó con el poético nombre de ruta de las lágrimas. Los Chocktaw sintieron afinidad por los irlandeses, en cuya situación reconocían una experiencia familiar: los pesares de la supresión cultural, la perdida de la tierra, la migración forzada y la falta de alimento. El morir de hambre en un mundo de abundancia, donde las conquistas de unos son los duelos de los otros. Esa generosidad de los más pobres entre los pobres la vimos también hace poco cuando una escuela de niños haitianos mandó una donación a las víctimas del desastre de Fukushima. En el curriculum vitae de la humanidad, estos actos son lo que nos redimen.

La semana pasada, miembros de la tribu Blackfoot ocuparon el Parque de la Reina en Toronto. Queen’s park es un parque en forma de óvalo que ocupa el espacio entre el parlamento provincial, y la facultad de música de la Universidad de Toronto. Es hermoso, con un par de monumentos militares, y una hermosa arboleda de arces y cedros, repleta de ardillas. Es lo que cruzo yo cada día para ir de mi oficina hasta el departamento de estudios hispánicos. Davyn Calfchild, jefe hereditario de la Nación Siksika, hace un ayuno de trece días en el medio de este parque central, en llamado de atención a las penurias de las comunidades indígenas. En el medio de la celebración del 150 aniversario de la nación, las tribus de las primeras naciones observan con consternado silencio cómo Canadá prefiere acoger refugiados del mundo, antes de atender a los domésticos. En una carretera en Nova Scotia, un letrero nos pide que recordemos la historia completa: “Canadá, 150 años. Los Mikmaks: 13,000”. Antes de la construcción del hermoso Dolmen de Poulnabroune, estas tierras de las Américas eran ya cuna de civilización. 

Pongamos en medio del ruido cotidiano, la siguiente idea errática, a ver si se nos tropiezan los periódicos y noticieros. La idea es simple y vertical, como las rocas levantadas por los hombres de la edad de hierro. En estos años de las papas perdidas, no nos salvarán ni los grandes, ni los poderosos, ni el petróleo ni el dinero. Sólo la rosa blanca, que en junio como en enero, nos da el amigo sincero: nos tiende una mano franca.

 

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