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NICOLÁS GUILLÉN Y SU CANCIÓN PUERTORRIQUEÑA

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Por Manuel de J. González

Publicado: miércoles, 21 de junio de 2017

Visité a Nicolás Guillén en su oficina de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba un día de julio de 1972. Me acompañaba Flavia Rivera, jefa de la Misión de Puerto Rico en Cuba, y los tres nos sacamos una foto que ya perdí. El poeta estaba en medio de la foto, con sus brazos sobre nuestros hombros, exhibiendo una sonrisa que parecía genuina. Recuerdo que no podía esconder la alegría de estar junto a alguien que tanto había admirado desde que, a mis 19 años, descubrí su Sóngoro Consongo y, más tarde, su Paloma del vuelo popular. La foto la perdí, pero todavía guardo la edición del El diario que a diario (que me dedicó) “con simpatía cubana por su lucha puertorriqueña”. 

 Antes de la visita no le había dicho a Flavia que pensaba hablarle al anfitrión de su poesía advirtiéndole de algunas injusticias. Porque Guillén – el cubano, el bueno – se volvió famoso, no por ser parte de la Cuba revolucionaria, sino por el ritmo de su poesía y por hacer literatura sobre el negro antillano popularizando sus cantos. Era en ese momento y todavía es el más conocido, pero no fue el primero de quienes trabajaron esa particular expresión literaria. Antes que él hubo otro poeta que también fue grande, bien grande y, sobre todo, un gran exponente de lo que Mercedes López Baralt llama el “negrismo” antillano. Ese otro grande fue Luis Palés Matos, quien escribió sus versos entre Guayama y San Juan en las primeras décadas del siglo XX, cuando Puerto Rico estaba más aislado de lo que está ahora, que es mucho. Mientras Guillén viajaba por España en plena guerra civil, junto a grandes creadores literarios del mundo y frente a buena parte de la prensa mundial, Palés gastaba sus horas en la fría y atrofiante modorra del domingo, en aquel pequeño pueblo que se moría de nada. Voy a dejar que sea Mercedes López Baralt quien lo diga obviamente mejor que yo: “La soledad del vate guayamés, en parte fruto de la precariedad económica y cultural de su entorno, está irremisiblemente ligada al carácter pionero de sus aportes negristas… Esa precariedad cultural del entorno puertorriqueño – producto del colonialismo y el atraso económico - “insularizó” la gran poesía de Palés escondiéndola del mundo. Por eso Guillén, que era bueno por sí solo, reinó en solitario como el gran poeta antillano de la negritud. 

De eso pensaba hablarle a Guillén cuando lo visité en La Habana, pero no me atreví y el encuentro se quedó en puro turismo. Con foto y todo. Tampoco abordé un segundo tema que llevaba en el bolsillo que pudo haber creado un ambiente todavía más incómodo: el de su Canción puertorriqueña. Creo que fue a mis 20 años que descubrí el poemario La paloma del vuelo popular, que contiene este poema, que me aprendí de memoria de tanto leerlo. 

Para alguien que a sus veinte años estaba inmerso en la lucha por la independencia y el rechazo al colonialismo que había sido disfrazado de “Estado Libre Asociado”, leer aquellos versos resultó cautivante: ¿Cómo estás Puerto Rico, / tú de socio asociado en sociedad? ¿En qué lengua me entiendes/ en qué lengua por fin te podré hablar, / si en yes,/ si en sí. / si en bien /, si en well,/ si en mal, /, si en bad, si en very bad? Pero más adelante encontramos un verso que nos echa un poco de agua fría. Refiriéndose a nuestra lengua Guillén dice: masticas una jerigonza / medio española, medio slang…. 

La visión que se refleja en esos versos de Guillén - que los puertorriqueños habían sido asimilados y que su lengua española quedó desnaturalizada, convertida en un dialecto callejero - estaba bastante generalizada a mitad del siglo XX y lo estaría aún más en los años siguientes. (Guillén escribió el poema durante su exilio en Brasil en 1953 y lo publicó por vez primera en Guatemala al año siguiente. Más tarde lo incluyó en su libro La Paloma del vuelo popular, publicado en 1958.) El Nobel chileno Pablo Neruda también creía que a los puertorriqueños se les había despojado de su idioma.

En su Canto General, publicado en 1950, Neruda escribió:

“Truman a nuestras aguas llega

a lavarse las manos rojas

de la sangre lejana. Mientras, 

decreta, predica y sonríe

en la Universidad, en su idioma,

cierra la boca castellana,

cubre la luz de las palabras

que allí circularon como un

río de estirpe cristalina

y estatuye: “Muerte a tu lengua,

Puerto Rico”. 

Es cierto que el “decreto” que menciona Neruda fue emitido, no en la presidencia de Harry Truman sino mucho antes, cuando tras la invasión de 1898 se quiso matar la lengua castellana de los puertorriqueños imponiendo el inglés como idioma vehicular de enseñanza y de la administración pública. Pero cuando ambos poemas se escribieron los puertorriqueños no hablaban la jerigonza que nos endilga Guillén, ni la han llegado a hablar nunca. Cuando Truman nos visitó en 1948 nuestra lengua, en lugar de muerta, estaba muy viva. 

La imposición del inglés fue parte de un deliberado proceso de “americanización” que comenzó con la invasión de 1898. A los doce días de haberse izado la bandera estadounidense en La Fortaleza, sede del Gobierno, se aprobó una resolución estableciendo que “la educación universal debe ser implantada basándose en los mejores sistemas de Estados Unidos.” En 1905 se aprobó la “Política Lingüística de Falkner” (por Ronald Falkner, comisionado de Educación enviado por el presidente Theodore Roosevelt) que oficializó lo que ya era la norma, que el inglés sería el vehículo de enseñanza en las escuelas. Esta política técnicamente estuvo en vigor hasta 1949 cuando mediante una orden circular el Comisionado de Educación Mariano Villaronga dispuso que el español sería el vehículo de enseñanza. En 1990 la orden circular de Villaronga finalmente se incorporó a la Ley Orgánica del Departamento de Educación, aprobada por la Asamblea Legislativa de Puerto Rico. Allí se establece con claridad que el castellano es la lengua vehicular de la enseñanza pública. 

 La orden circular de 1949 del comisionado Villaronga no hizo otra cosa que reconocer lo que era una realidad: que aun cuando la política oficial establecía el inglés como lengua vehicular, tal cosa nunca ocurrió en la práctica. Por mil vías distintas los puertorriqueños se rebelaron contra la pretensión oficial de despojarlos de su vernáculo. La última ola de protestas de estudiantes y maestros se produjo en la década del ’30 del siglo XX, pero antes de esas protestas públicas, múltiples acciones pequeñas en las escuelas y en la calle sentenciaron la ineficacia del plan imperial. 

Más de un siglo después de que se intentara convertir a los puertorriqueños en angloparlantes, el propio US Bureau of the Census reconocía en 2010 que menos de una cuarta parte de la población residente en la Isla puede efectivamente sostener una conversación en inglés. Tres cuartas partes ni siquiera pueden hablar ese mínimo.

Hay una cita del escritor español Pedro Salinas, pronunciada en la Universidad de Puerto durante los ejercicios de graduación de 1949, que nos da una idea bastante clara del estado de la lengua de los puertorriqueños en ese momento. Salinas recién había llegado a Puerto Rico procedente de Estados Unidos y dice:

“Cuando se siente uno rodeado de su mismo aire lingüístico, de nuestra misma manera de hablar, ocurre en nuestro ánimo un cambio análogo al de la respiración pulmonar, tomamos de la atmósfera algo, impalpable, invisible, que adentramos en nuestro ser, que se nos entra en nuestra persona y cumple en ella una función vivificadora, que nos ayuda a seguir viviendo. Sí, he vuelto a respirar español, en las calles de San Juan, en los pueblos de la isla. Y he sentido una gratitud, no sé a quién, al pasado, al presente, a todos y a ninguno en particular, gratitud a quienes me dieron mi idioma y al nacer yo, a los que siguen hablándolo a mi lado. “ 

Como vemos, alguien de la profundidad cultural de Salinas, tan conocedor del idioma castellano, tan pronto llegó a San Juan en 1949 procedente de Estados Unidos, volvió “a respirar español”. Obviamente, lo que escuchó hablar a su lado en las calles no fue un “slang”, sino que se sintió “rodeado de su mismo aire lingüístico”. 

De modo que cuando a principios de la década del ‘50 Guillén denunció desde Brasil que la maldad gringa redujo la lengua de los boricuas a un mero “slang”, en realidad los puertorriqueños hablaban un castellano tan bueno como el de los españoles, según apreció un perito como Salinas. 

Cuando visité a Guillén en La Habana pensaba hablar de todo eso. Quería decirle al poeta que se había equivocado, añadiendo que para los puertorriqueños el bizcocho es bizcocho y no “cake”, como dicen en Cuba. Pero no me atreví hablarle de esa forma al poeta y, como ya dije, me limité a sacarme la foto y a recibir el librito autografiado. Después de todo, hablarle de esa manera hubiese sido una falta de consideración, para decir lo menos, y un acto de poco agradecimiento para quien entendía que nos defendía cuando, en medio de su exilio, escribió su Canción puertorriqueña

 

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