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Voluntad de ser

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Por Ricardo Alegría Pons

Publicado: martes, 6 de junio de 2017

Opiniones sobre el sentido de la libertad hay muchas, pero quizás pocas tan precisas y concisas como la del escritor francés Paul Nizan cuando expresa que, “la libertad es un poder real y una voluntad real de querer ser uno mismo”. (Paul Nizan, Aden Arabia, Ediciones Paradigma, Barcelona, 1991, p. 103).

Ignorando, o quizás por el contrario muy consciente de la conocida dicotomía de Benjamin Constant entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos –que llevó a Rousseau a lamentarse de que “los hombres políticos antiguos hablaban de las buenas costumbres y de la virtud continuamente; los nuestros no hablan más que del comercio y del dinero.” (Ver Umberto Cerroni, Introducción al Pensamiento Político, Ed. Siglo XXI, 27 ed., México, 2004, p. 10); y a Francisco Umbral, a preguntarse si el individualismo es una conquista o una perversión de la cultura (Francisco Umbral, Mortal y Rosa, ed. Destino, Barcelona, 1975, p. 120); lleva al autor de Aden Arabia a inquirir si el hombre no será nunca otra cosa que un personaje histórico: 

“Siempre se me ha dejado creer que los hombres tenían espesor; creo que hay algo que les impide ser opacos como auténticos hombres, como esos de los que se habla, por ejemplo, en la Historia, en la poesía. Por lo tanto, ¿el hombre no será nunca otra cosa que un personaje histórico?” (Nizan, op cit. p. 137)

Ahora bien, soslaya Nizan, que el sujeto al cual se refiere en su ensayo Aden Arabia, no es cualquier hombre, es un hombre colonizado. Y para un colonizado, la libertad lejos de ser la voluntad de querer ser uno mismo, es justo lo contrario, el deseo de convertirse en su némesis.

Albert Memmi, en su Retrato del Colonizado, afirma que: “La primera tentativa del colonizado es cambiar de condición cambiando de piel”. Y añade que “Para [el colonizado] asimilarse, no es suficiente despedirse del propio grupo, es preciso penetrar en otro: entonces encuentra el rechazo del colonizador”. (Retrato del Colonizado, Ed. de la Flor, Buenos Aires, 1973, pp. 126 y 129).

J. A. Obieta Chalbaud, ha definido como alienación étnica, al fenómeno por el cual una persona o grupo pierde consciencia de su propia identidad étnica y de su pertenencia a un pueblo determinado. (El Derecho a la autodeterminación de los Pueblos, Ed. Universidad de Deusto, Bilbao, 1980, p. 41).

Este rechazo al colonizado por el colonizador se hace más evidente en la medida en que lo considera un extraño que no comparte su mismo idioma, cultura e idiosincrasia. El aspirante a la asimilación debe ser consciente de que “una cosa es lo que uno piense que es y otra cosa es la idea que los demás tienen de nosotros”. (Joaquín Blanco Ande, El Estado, la Nación y la Patria, Ed. San Martín S.L., Madrid, 1985, p. 270).

Esto necesariamente nos retrotrae al fenómeno de las dicotomías tan omnipresentes en una situación colonial, donde el hecho formal es sobrevalorado y el hecho material obviado. Así ocurre que la Nación, construcción natural surgida y desarrollada al calor de los anhelos y desvelos de generaciones de puertorriqueños, es contrapuesta a una ciudadanía impuesta en 1917. Así por ejemplo, en un plebiscito, un ciudadano norteamericano en Puerto Rico - independientemente de su origen, identidad y compromiso con Puerto Rico es considerado sujeto legítimo para elegir el futuro destino político de la nación puertorriqueña. ¿Sería ilógico pensar hacia quién estaría la lealtad de un ciudadano norteamericano naturalizado en una elección entre la anexión o la independencia? 

Rafael Garzaro lo expone con meridiana claridad:

“Los únicos verdaderamente interesados y conscientes de la situación que se les consulta son los que la están viviendo. Los que la siguen de lejos o que la viven a cierta distancia porque no son parte natural de esa población, no tienen la misma consciencia que los directamente afectados por los resultados… la adquisición artificial de derechos plenos (naturalización) tampoco impregna a los individuos de ciertos elementos que solo los nativos poseen. Aunque las leyes establezcan una paridad entre naturales y naturalizados las diferencias profundas subsisten. Por ley, se puede adquirir la ciudadanía, pero no la nacionalidad” (“Plebiscito y Referéndum” - 50 Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico, 1989, p. 7).

A diferencia de una ciudadanía por naturalización, una Nación no es el resultado de un contrato o de una convención. Ya desde la Antigüedad quedó establecida la diferencia entre la sustancia (en este caso la Nación) y el accidente –que no forma parte de la sustancia. Al imponérseles a los puertorriqueños la ciudadanía norteamericana en 1917, en contra de la voluntad de sus legítimos representantes (Cámara de Delegados y Comisionado Residente) ya la Nación Puertorriqueña estaba formada.

No hubo consulta a los puertorriqueños en 1898, en 1917 se conculcó el deseo expreso de sus legítimos representantes, en 2016 se nos impuso unilateralmente el régimen PROMESA y ahora se impone el territorio como supuesta opción en un plebiscito que irónicamente se titula “Ley para la Descolonización Inmediata de Puerto Rico”.

Tratándose en rigor el derecho a la autodeterminación de “un derecho humano colectivo, cuyo sujeto directo e inmediato es el Pueblo en cuanto colectividad”, y siendo “pues el Pueblo como tal, y no cada una de las personas que lo constituyen, el que posee el derecho de autodeterminación” (J. A. Obieta Chalbaut, op. Cit, p. 89). ¿Cabría una generación dada el derecho a la disolución de una Nación? Y si como afirma Paul Nizan, “la libertad es un poder real y una voluntad real de querer ser uno mismo, ¿Se obtiene la libertad renegando de nuestra nacionalidad? ¿Intentando cambiar de piel como dice Memmi? 

En definitiva, no podemos concebir la descolonización como desnacionalización.

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