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¡Lo logramos! Oscar está en su Patria

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Por Jan Susler

Publicado: martes, 6 de junio de 2017


Enfrentarse a situaciones en que las desventajas son abrumadoras lleva a la grandeza y la belleza.Malcolm Gladwell, David and Goliath: Underdogs, Misfits, and the Art of Battling Giants 

 

 

I-N-T-E-RM-I-N-A-B-L-E: así se me hizo el mes de enero de 2017. La agonía ante la incertidumbre de si el Presidente Obama conmutaría la sentencia de Oscar aumentaba cada día, sobre todo al tomar en cuenta el triunfo de Trump en las elecciones presidenciales. Pero “esperar” no era opción, asi que trabajamos, y trabajamos, y trabajamos aún más. ¿Qué más necesitaba el Presidente para decidirse? ¡Nos apoyaba el Papa! ¡Nos apoyaba el Presidente Carter, importantes uniones en los Estados Unidos, organizaciones de Latinos de mucha influencia, muchas organizaciones cristianas… el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas! La estrategia sería aumentar la presión: publicar opiniones editoriales más a menudo, solicitarles a miembros prominentes de la sociedad civil que inundaran de llamadas a los consejeros clave en la Casa Blanca, intensificar la cobertura en la prensa a nivel local e internacional, comenzar una solicitud en línea masiva en la página de la Casa Blanca, organizar una demostración en Washington donde se entregarían 100,000 cartas de apoyo adicionales. Insistir, insistir, insistir, sin escatimar esfuerzos, al compás del conteo regresivo. Lo de dormir se dejaría para después de la inauguración

Las conversaciones telefónicas con Oscar seguían como de costumbre, y su voz calmada y centrada siempre era un bálsamo en medio del trajín. La mañana del 17 de enero llamó para informar que se le habían dado instrucciones de presentarse a la oficina de la que maneja la unidad dónde esté asignado para recibir una llamada a las 3:30 de la tarde. “Tu siempre sabes sobre estas llamadas,” dijo. “¿De qué se trata?” “No tengo idea,” le respondí. Ambos sabíamos que esas llamadas generalmente eran entrevistas con los medios, pero “… por lo que sé, no hay ninguna entrevista pautada. ¿Por qué no me llamas después de las 3:30 y me dejas saber de qué se trataba?”

A las 12:30 de ese día, entré a la reunión semanal con los socios del bufete donde trabajo, y les dije descaradamente que no creía que iba a estar muy concentrada, por el conteo regresivo que tanto me consumía. A la 1:30, el recepcionista tocó tímidamente a la puerta, se disculpó por interrumpir la reunión y dijo “Jan, tienes una llamada.” “Estamos reunidos, por favor que dejen mensaje,” le dije. “Es el abogado de la oficina que otorga las conmutaciones,” contestó. “Cuando le dije que estabas reunida, dijo que creía que te interesaría contestar la llamada.” Con el corazón en la boca y los oídos resonando, corrí a mi oficina para atender la llamada. Iba a descolgar el auricular, cuando me di cuenta que tenía que tomar una pausa, respirar hondo, tener a la mano papel y bolígrafo – porque sabía que no iba a recordar lo que me dijera – y me dije a mí misma: “¡Actúa como la abogada!”

“Habla Jan Susler. ¿En qué puedo ayudarlo?” Acaso podría oír lo que me dijera el abogado, tomando en cuenta el zumbido en mis oídos por la aceleración de mi corazón. ¿Podría tomar notas con mis manos temblorosas? Se presentó a sí mismo y dijo que llamaba para informarme que el presidente Obama ordenaría la conmutación de la sentencia de Oscar a partir del 17 de mayo de 2017. “No grites,” me advertí a mí misma. “No llores. Mantén el control. ¡Actúa como la abogada!” De pronto escuché mi voz preguntar: “¿Hay condiciones para la conmutación?” “No,” respondió. “La sentencia termina el 17 de mayo.” Y entonces me escuché preguntar, “¿Y qué va a pasar entre ahora y el 17 de mayo?” El Buró de Prisiones estaba a cargo de ese asunto, explicó. Mi persistente voz preguntó entonces, “¿Y a quién debo dirigirme en el Buró de Prisiones?” Cuando me dijo el número del cuadro, le solicité su número personal por si necesitaba más información. “Su cliente estará en la oficina de la unidad a las 3:30, así que le puede informar sobre la conmutación,” y me dijo el número al que tenía que llamar. Me pidió que no hiciera expresiones públicas hasta tanto el Presidente anunciara la decisión, lo que sucedería a las 4:00 de la tarde, me felicitó y concluyó la llamada.

Entonces, ¿la llamada que esperaba Oscar a las 3:30 era mia? ¿¡Yo le daría la noticia a Oscar de que regresaba a casa!? Pero eran solo la 1:35… ¿cómo iba a esperar dos horas completitas para decirle? ¿Cómo iba a ser que yo tenía conocimiento de este notición y él no? ¿Cómo esperar hasta las 4:00 para decirle a su hija y al círculo íntimo?

Volví corriendo a la reunión, con la boca seca, el corazón a millón y una sonrisa de oreja a oreja, y recibí abrazos y felicitaciones de aquellos que habían apoyado mis décadas de trabajo con los prisioneros políticos.

Me apresuré de nuevo a mi oficina, con el corazón todavía en saltos, y traté de marcar el teléfono de Alejandro [Molina] para pedirle que tramitara una llamada en grupo (conferencia telefónica) con el equipo…lo tuve que intentar varias veces, porque mis dedos temblorosos no estaban cooperando. “Alejandro,” le dije, en una voz ronca, “¡conferencia telefónica, necesito que tramites una conferencia telefónica!” Pasó un minuto antes de que entre balbuceos pudiera explicarle con quiénes necesitaba la conferencia telefónica. Cuando finalmente estuvimos todos conectados [el equipo de trabajo por la conmutación] pude por fin gritar a boca de jarro: “¡Lo logramos! ¡Lo logramos!” Ya no tenía que actuar como la abogada… ya podía unirme al momento en que todos lloramos sin disimulo. ¡¡¡Imagínense esa llamada!!! ¡Ese llanto colectivo de alegría y alivio!

¿Y ahora qué hacer hasta las 3:30? ¿Qué tal si tratando de averiguar qué pasaría entre ahora y el 17 de mayo? ¿En dónde fue que dejé el dichoso sombrero de abogada?

3:30, 3:30, dónde te metiste? Por qué tardas tanto en llegar?

¡Por fin llegó el ansiado momento! Marqué el teléfono que me había dado el abogado algo nerviosa, e inmediatamente me comunicaron con Oscar. Intenté no gritar y no llorar. “Lo logramos, Oscar. ¡Regresas a casa!” Milagrosamente, ya que he aprendido a canalizar toda la disciplina que Oscar ha demostrado y cultivado en mí, no creo haber gritado ni llorado. “Mañana es el cumpleaños de Clarisa. ¡Qué tremendo regalo de cumpleaños para tu hija!”. Reaccionó con aplomo. El se había preparado, de verdad, para lo que le deparara el destino: o regresar a casa, o pasar el resto de sus días tras las rejas carcelarias. Su respuesta calmada, centrada, humilde, con una cualidad cercana al zen, era cónsona con lo que es Oscar. “Ok,” dijo calmadamente. “Por favor hazle saber a todo el mundo lo agradecido que estoy por su solidaridad y por mi excarcelación.”

El siguiente fin de semana, Clarisa y yo viajamos a Terre Haute a la primera visita desde la noticia. Radiante, con un peso notable menos sobre sus hombros, nos acercamos para abrazar a este puertorriqueño que pronto saldría rumbo a su hogar, el hombre de brazos cortos, como a menudo se describe a sí mismo. Conversamos animadamente, cada cual aportando detalles sobre ese empuje final que nos llevó al desenlace añorado. Especulamos sobre el futuro, soñando y riendo juntos, negándonos a que nos arruinara el momento la interrupción del guardia para regañar a Oscar por acariciar el pelo de su hija. Cuando llegó el momento de despedirse, sentimos una sensación de liviandad nunca antes vivida cuando concluían las visitas. 

El fin de semana próximo, aunque no lo sabíamos en ese momento, sería la última visita a Oscar en prisión. El equipo, todos endilgados con los Converse ‘coloraos’ que nos regaló Clarisa (digo, excepto por el hermano [de Oscar] José, que como buen cascarrabias se negó) estuvo riendo, bromeando, llorando y compartiendo con Oscar. Tiene que haber sido la visita más alborotosa (y sin precedentes) presenciada por las paredes de esa prisión, que esta vez discurrió sin interrupciones ni regaños por parte del guardia.

Ya con el sombrero de abogada puesto otra vez, indagué en el Buró de Prisiones cuáles eran las opciones de cara al 17 de mayo y las discutí con Oscar y el equipo. Una de ellas era regresar a Puerto Rico al apartamento de su hija Clarisa, aunque bajo arresto domiciliario. Oscar decidió que ya no quería saber más de la prisión, tras 35 años de vivir en ella. Aunque seguiría bajo la custodia del Buró de Prisiones, ¡estaría en casa! Y aunque tendría que esperar al 17 de mayo para que le dieran el recibimiento de héroe que se merece, ¡estaría en casa! 

El Buró de Prisiones, no sin antes imponer estrictas condiciones respecto a la discreción, aceptó la decisión de Oscar. Le concedieron licencia, bajo la supervisión del congresista Luis Gutiérrez y el equipo escogido por Oscar, para regresar a Puerto Rico. Una vez allí, estaría sujeto a la supervision de la entidad privada con la cual el Buró de Prisiones tiene contrato, para el programa de restablecimiento a la libre comunidad residencial.

El 9 de febrero, a escasas tres semanas de haberse anunciado la conmutación, otra vez con nuestros Converse ‘coloraos’, nos dirigimos por última vez a Terre Haute. Ni la falta de sueño, ni el frío intenso, ni la carretera oscura y resbalosa por el hielo, ni el personal del Buró de Prisiones que nos recibió (por primera vez) portando armas largas, impidieron que nos abalanzáramos a la puerta de la prisión donde nos esperaba Oscar, resplandeciente, con un bulto envuelto en la bandera puertorriqueña que mantuvo consigo durante su encarcelamiento. Clarisa salió del auto, lo abrazó fuertemente y lo dirigió rápidamente hacia el auto, donde lo esperábamos con el corazón hinchado y los brazos abiertos. 

En el aeropuerto, con su característica calma y control, Oscar exploraba sus alrededores: los techos de cristal abovedados, los pasillos sin fin, tan en contraste con los limitados y estrechos espacios de la prisión, los baños con todo automatizado, los cientos de personas caminando libremente a su alrededor. Ya en el avión, sentado junto a Clarisa, pudo acariciar su pelo sin preocupación alguna.

No solo se dirigía a su hogar, se dirigía a su Patria, a la nación por cuyo futuro y libertad había invertido más de la mitad de su vida , a su gente, cuyo amor y solidaridad lo ayudaron a emerger de su suplicio con su integridad y su compromiso político más fuerte que nunca, y con su salud y su sentido del humor intactos. Y esta abogada se siente privilegiada de estar a su lado.

 

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