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¿Se desmantela una gran potencia?

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Por Manuel de J. González

Publicado: martes, 6 de junio de 2017

¿Cómo se desmantela una gran potencia? La pregunta la lanza el escritor venezolano Moisés Naím, en una columna presidida por este sugestivo titular, en la que afirma que Estados Unidos está “renunciando” a su “liderazgo mundial”. Concluye que la retirada unilateral de acuerdos comerciales internacionales y el limitado apoyo a entidades como la OTAN, el Banco Mundial y el Fondo Monetario, implican una “cesión de poder” y una “abdicación” por parte de la potencia norteamericana. Afirma que esta política de la administración de Donald Trump constituye un “regalo” a potencias emergentes y opositoras, como China, que rápidamente se han movido a llenar el vacío que deja Estados Unidos en el escenario mundial. 

Cuando se publicó el artículo de Naím, Estados Unidos aún no se había retirado del acuerdo de París sobre cambio climático. Tras ese último anuncio vimos cómo inmediatamente el primer ministro de China reafirmó su apoyo al pacto flanqueado por la líder alemana Ángela Meyer, lo que parecía confirmar la tesis de Naím. 

Entre las medidas que está impulsando el magnate neoyorquino hay una muy importante que no encaja con este análisis y nos lleva a preguntarnos si realmente Estados Unidos está renunciando a su papel hegemónico y prepotente en el mundo. Mientras ordena revisar el acuerdo de libre comercio con México y Canadá y cuestiona la inversión que su país hace en la OTAN, simultáneamente Trump aumenta el gasto militar hasta alcanzar la increíble cifra de $600 mil millones de dólares en un solo año. Nadie que estuviera pensando retirarse de los escenarios donde de ordinario impone su mollero, se dispone a aumentar de esta manera el gasto militar. 

Desde los comienzos de la Guerra Fría la política exterior de Estados Unidos se resume en una frase grotesca y despreciativa, pero que define muy bien su comportamiento: “carrot and stick” o zanahoria y macana, aunque tal vez la mejor traducción es “limosna y fuerza bruta”. En ocasiones, dependiendo del gobernante de turno, sus acciones se inclinan más hacia uno de los dos elementos de la balanza, pero ninguno de ellos nunca deja de estar presente en la ecuación. 

Ambos elementos se utilizan con esmero desde que la Segunda Guerra Mundial dejó a Europa en ruinas y a Estados Unidos como principal potencia militar y económica del mundo. El objetivo de esas políticas siempre ha sido el mismo: lograr que sus fuerzas económicas dominen en otros países. En la historia de la humanidad el dominio militar nunca ha sido un fin en sí mismo. Ningún pueblo domina a otro por el gusto de dominarlo, sino para la explotación y el beneficio económico del dominador. Así ha actuado siempre Estados Unidos. Cuando, tras el fin de la segunda gran guerra asumió el liderato del llamado “mundo libre” frente a la expansión comunista, nunca perdió de vista que realmente actuaba como líder y portavoz del gran capital.

Como señalé antes, en ocasiones varió el énfasis sobre uno de los dos elementos de la ecuación, dependiendo del gobernante de turno. Durante la década del ’50 del pasado siglo, la Casa Blanca estuvo al mando de un militar, Dwight Eisenhower, y el énfasis se puso en la macana. La guerra de Corea y el apoyo irrestricto a las dictaduras en América Latina (y de Europa como las de Franco y Salazar) son buenos ejemplos. Bajo John Kennedy siguió la misma ecuación, pero el énfasis estuvo en la “zanahoria”, ejemplificada en programas como la Alianza para el Progreso, la Agencia de Desarrollo y los Cuerpos de Paz. Con uno u otro el objetivo último –mantener el poder hegemónico necesario para la explotación económica– nunca varió. Así ha sido siempre. 

¿Representa Donald Trump el rompimiento de esa ecuación? El significativo aumento en el gasto militar sugiere un renovado énfasis en la macana, un poco olvidada durante los ocho años de Barack Obama. Pero en las políticas que impulsa el magnate hay un cambio que, si continúa acentuándose, implicaría un elemento nuevo que se añade a la ecuación. Me refiero a su belicosidad contra países y líderes que hasta ahora habían actuado del lado de Estados Unidos en su marcha hegemónica por el mundo. Trump ha empezado su presidencia peleando con amigos, que lo han sido no sólo de su país, sino más aún del gran capital que dice representar. 

En su marcha hegemónica a lo largo de los últimos ochenta años Estados Unidos no ha estado solo, sino que ha contado con la estrecha colaboración de un grupo grande de otros países. En Europa han contado con Gran Bretaña, Francia y Alemania como socios principales, en Asia ha estado Japón y América se ha apoyado en sus vecinos inmediatos, México y Canadá, y en ocasiones Colombia y Brasil. Estas alianzas han estado basadas en la existencia, con leves variaciones, de un mismo sistema económico en todos estos países donde la “libre empresa” y la circulación sin trabas del capital ha sido la norma. Hasta ahora Estados Unidos ha sido el líder de sus pares, no de sus opositores. 

A lo largo de los últimos veinticinco años, esa intensa actividad económica entre socios ha producido una estrecha imbricación entre capitales –eso que llaman “globalización”– donde hasta ahora el originado en Estados Unidos sigue siendo dominante, aunque tal vez no con la misma rotundidad del pasado. Ahora, debido a esa imbricación, ya no es tan fácil determinar cuál capital domina ni qué grupo realmente controla determinada rama. 

Esta reducción relativa del domino del capital estadounidense en el mundo globalizado es lo que molesta a un magnate de mente pequeña como Donald Trump, quien en medio de sus rabietas pasa por alto la realidad actual. No se da cuenta, por ejemplo, que cuando ataca a Alemania porque tiene un superávit comercial frente a Estados Unidos, entre las empresas beneficiarias de ese intercambio desigual hay muchas de capital estadounidense, ni que cuando pretende proteger a las empresas que invierten en Estados Unidos, entre ellas hay muchas con capital alemán o japonés. 

¿Continuará Trump acentuando sus conflictos con sus otrora aliados hasta afectar la función de su país como líder mundial del capitalismo? Los que más se perjudicarían con ese resultado serían los grandes capitalistas de Estados Unidos y es lógico esperar que actúen antes de que su nuevo líder les trasforme un mundo donde ellos todavía dominan. El incremento en el gasto militar que simultáneamente hace Trump, preparándose para su política de macana, no le resuelve al capital estadounidense –entrelazado con el europeo y el japonés– los problemas que provocaría el proteccionismo retrógrado que promueve el gobierno de Trump. A ver qué harán.

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