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10 personajes en busca de un Lugar común

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Publicado: martes, 6 de junio de 2017

Eugenio Ballou

 

El poema es un lugar común

Servando Echeandía

 

En tiempos de cambios vertiginosos, como los que vivimos, en los que el pasado se aleja aceleradamente, y el presente parece devorarlo todo, los jóvenes se enfrentan con urgencia a una violenta encrucijada de retos y posibilidades. En ese momento decisivo los capta la pieza Lugar común, presentada recientemente por la compañía de teatro universitario La Bicicleta, en la Casa Ruth Hernández de Río Piedras. Parafraseando las palabras que Jota (Jafet Ortiz), el protagonista, utiliza para describir sus pinturas, podríamos decir que Lugar común es “una colección de momentos fugaces” en la vida de los personajes, cuyas historias individuales apenas logramos atisbar. El foco de atención solo se desvía del presente inmediato lo suficiente como para dejarnos entrever algunos rastros de lo que ha quedado atrás, y la violencia que ha provocado su ruina. Diez jóvenes viven o transitan por los tres apartamentos de un edificio. El espacio se asemeja por momentos a un albergue de refugiados que han llegado allí huyendo de la desintegración de la familia tradicional, que sirve de referente real y también como metáfora de la sociedad. Las palabras que nombran ese mundo que desaparece velozmente son, a su vez, fragmentos de una lengua muerta. Palabras tan centrales a la cultura como “padre” y “madre”, nombran ahora una institución rota que es necesario reinventar, y en la que los personajes solo encuentran violencia, soledad, e incomunicación. Esta obra explora las relaciones entre hermanos, pero al hacerlo las redefine como formas de convivencia en las que los lazos de sangre no son determinantes. El reto para los personajes será construir las formas de convivencia que junto a un nuevo lenguaje les permitan sobrevivir el caos y articular sus deseos como posibilidad de un mundo nuevo. El peso de este reto es enorme, como también lo son las posibilidades que ofrece.

Lugar común es producto de un tipo de trabajo colectivo conocido como dramaturgia actoral. La participación creativa de los actores, en colaboración con el director, puede consistir tanto de la escritura del texto verbal como la del texto escénico (que incluye, entre otros elementos, la gestualidad y el movimiento), dejando generalmente al director -en este caso el profesor Heriberto Feliciano- la creación de las condiciones favorables a dicho proceso, así como la tarea de constatar la organicidad de la obra, su efectividad como un todo. En el caso que nos ocupa, el resultado de este tipo de dramaturgia que permite en su proceso la improvisación, el tanteo, y el error, ha sido una obra que nos habla con inteligencia e imaginación de nuestro presente, a través de personajes y situaciones que reconocemos por su absoluta actualidad.

La obra está organizada alrededor de una entrevista en off (lo que escuchamos es una grabación) en la que un periodista (Jorge Alexander) interroga a Jota sobre la próxima apertura de su primera exhibición. Entre los fragmentos de la entrevista con la que comienza y termina la obra, se encuentran intercaladas las escenas de la misma. El recurso de la entrevista nos permite asomarnos a la interioridad del personaje y, tal vez de manera demasiado explícita, a la génesis de su arte. El primer fragmento de la entrevista introduce el crucial asunto del lenguaje. Cuando el periodista le pregunta por la importancia de las palabras, Jota responde: “me pregunto si es necesaria”. En la escena que sigue, sabemos de inmediato que Jota padece una “dificultad con la articulación”, según declara Laura (Noelia Loiz), su terapista y futura pareja. Esa dificultad no es resultado de la afasia ni de trauma físico alguno. Los padres de Jota no se hablaban, y podemos imaginar una infancia en silencio. Tan pronto Jota y Laura se encuentran solos en el apartamento, él comienza a dibujarla, y ella comprende como, al parecer, nadie antes lo había hecho, no solamente que la pintura es su principal medio de comunicación, sino que Jota ha desarrollado un lenguaje propio como artista, basado en el conocimiento de su mundo interior y en la apremiante necesidad de comunicar los sentimientos que ese mundo encierra.

En el primer piso del edificio viven Inés (Pó Rodil) y Clara (Melissa Orsini), su amiga imaginaria. Inés es la mejor amiga de Jota, único otro personaje que puede “ver” a Clara. La respuesta de Inés a la realidad ha sido el rechazo y el encierro en un mundo personal que funciona como extensión de la infancia. A ella, como en menor grado sucede con otros personajes, la sociabilidad se le hace imposible, y como consecuencia se ha forjado un mundo imaginario que habita al extremo de integrarlo sin costuras a la realidad. Como Jota, ha creado un poderoso lenguaje propio, pero no así un arte, un lenguaje que busca abrirse al otro. Conocemos el mundo de Inés cuando la visita su hermano Claudio (Ian Robles). Claudio es el personaje que con mayor fluidez y espontaneidad transita de la realidad a la imaginación, como si fueran dos lenguas que hablara parejamente. Sin embargo, sus esfuerzos por traer a su hermana a la realidad fracasan. Ante la insistencia de Claudio para que Inés lo acompañe a visitar a su padre enfermo, ella insiste, a su vez, en los juegos infantiles que han repetido toda la vida: la merienda imaginaria y el viaje en la nave espacial LK-27 en misión de rescate. La imaginación infantil es su lenguaje común, un vínculo vital pero insuficiente, marcado por el violento rechazo de Inés hacia el padre. En una escena entre ellas dos, Inés le dice a Clara: “lo mejor que hice fue no crear un papá para ti.”

En el segundo piso vive Alegría (Amarilis Santiago), nombre que resulta irónico, pues en la vida de este personaje la alegría no existe. Ella ha llegado al edificio huyendo de una crisis familiar que se ha tornado violenta y caótica. Su existencia es la de una refugiada, sin presente ni futuro inmediato. Necesita la soledad para encontrarse, y rechaza la convivencia. Pero en el mundo de estos personajes, un espacio no compartido es una especie de utopía efímera. Muy pronto llega a su puerta Canito (Gabriel Alfredo), su hermano de padre, quien también huye de la creciente violencia familiar. Alegría rechaza inicialmente a Canito, consciente de que convivir con alguien supone darle entrada también al mundo de esa persona, es decir, a la familia de la cual ella huye, y las amistades que no quiere conocer. Canito es un personaje en tránsito, como muchos de su generación. A diferencia de Alegría, que no tiene ninguna proyección futura, él aspira a irse a Orlando y ser cantante. No bien le prohíbe su hermana las visitas y los “pari”, llega Claudio, quien, ahora sabemos, es amigo de Canito y hacen música juntos. En una escena entre ellos dos los vemos ensayar: Claudio al teclado y Canito rapeando. Claudio, que tiene un conocimiento poético de la botánica, interrumpe a Canito y le dice que está cantando como una planta que tiene agua, pero no tiene luz. Entonces, logra transformar la interpretación de Canito haciéndolo imaginar que está en el Madison Square Garden, frente a un público que corea su nombre. Claudio es un mago prudente. Ya lo habíamos visto en sus juegos con Inés, y ahora lo confirmamos con Canito. Él sabe determinar perfectamente las porciones de realidad e imaginación que corresponden a cada momento. Ese conocimiento será su forma de sobrevivir.

Entonces llega Luisa (Janilka Romero). Ella es poeta y vende pasto y rolas para pagarse la maestría en literatura. La visita a Canito es su primera venta y, visiblemente nerviosa, deja caer el bolso con las pastillas, que ruedan por el suelo. El público se ríe porque reconoce al personaje en sus propias vidas. Luisa tampoco tiene experiencia en el amor, pero ella y Claudio se enamoran a primera vista. El beso que Claudio le roba furtivamente, es el primero. Inmediatamente comienzan a nombrar lo que tienen en común - no saben poner temas de conversación, no les gusta mucho la gente-, pero sobre todo (ambos son artistas), comparten la búsqueda de un lenguaje propio para llegar al otro. Luisa también es un personaje en tránsito. En una escena posterior entre ambos, le dice a Claudio que se va del país. Ellos se declaran su amor y aceptan la separación, pero queda en el aire un peso, un desgarramiento que la lucha por la supervivencia ha impuesto. El único momento “romántico” de la obra se da en el contexto de una despedida, situación que nos obliga a seguir pensando en qué consiste el lugar común.

En el caso de Jota, la que llega pidiendo asilo a su apartamento del tercer piso es su hermana Abril (Génesis Ayuso). Jota hereda de un abuelo que fue pintor, el espacio de galería donde exhibirá sus obras. De niños, él y Abril pintaban juntos, pero ese vínculo estrecho no sobrevive la adultez. Abril es un personaje sin búsqueda. Su vida se consume en el intento por controlar la realidad en todos sus detalles banales y cotidianos. Esto incluye controlar la vida de su hermano. Jota se queja de que Abril es incapaz de reconocer que él y ella son personas diferentes. Ella perdió el lenguaje que la podía unir a Jota y a los demás, y vive atrapada en sus obsesiones. Cuando Jota la echa del apartamento, ella le reclama la responsabilidad que tiene como hermano. Pero esos lazos no constituyen ya un vínculo indisoluble. La salida de Abril, su expulsión, dramatiza las serias consecuencias que enfrentan aquellos que no han logrado establecer una forma de convivencia.

La historia de Nil (Deddie Almodóvar), amante de Jota, repite en lo básico la de Abril. Suponemos que fue esto lo que inicialmente atrajo a Jota. Ellos se conocen en una galería en el momento en que Nil aspira a convertirse en artista. Pero cuando nosotros la conocemos, ella modela para Jota sin haber logrado su sueño, y confiesa sentirse “estancada”. Roto el vínculo del lenguaje común, a Nil solo le queda el resentimiento. Su partida es predecible. 

Al final, llegamos al momento de la exhibición. A través de la entrevista, sabíamos que Jota se inspira en la teoría del color de Kandinsky para la expresión de las emociones, y en la obra de Basquiat para la representación de la violencia. Para Jota (según le dice al entrevistador), el arte no es respuesta sino búsqueda. En su poética, como en la vida de los personajes, el conocimiento profundo de las emociones, es decir, la búsqueda de un lenguaje que les dé voz propia, es lo que nos permite conjurar el caos y abrir un posible lugar común para la convivencia. La obra termina con una apología al amor. Pero el amor significa ahora una desesperada y hermosa manera de convivir. Habrá quien diga que siempre ha sido así. 

Felicitamos a Heriberto Feliciano y a los miembros de La Bicicleta por un trabajo convincente y necesario para entendernos.

 

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