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CON-TEXTOS: El Discreto Encanto de la Novedad: un debate incómodo pero necesario

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Por Reinaldo Pérez Ramírez

Publicado: martes, 12 de diciembre de 2017


… me pregunté a mí mismo sobre el presente:

 cuán ancho era, cuán profundo, cuanto de él era mío para quedármelo…

Matadero Cinco, Kurt Vonnegut

 

Un fantasma recorre el país desde la inmediatez de la realidad que enfrentamos todos. Es el fantasma de la incertidumbre, que sobrevuela los espacios vacíos que esperan por iniciativas que los llenen, para bien o mal. Aunque suene arrogante, los independentistas tenemos un rol protagónico en el esfuerzo urgente que se necesita para romper el silencio sordo, confuso y tentativo que habita hoy ese espacio de discusión pública. Los contornos de la marca “el independentismo” han sido configurados por la decantación del efecto acumulado de luchas y sacrificios centenarios que el puertorriqueño respeta y admira. Hoy nos toca reconocer, no obstante, que esa imagen, sobre todo la de las organizaciones que han asumido el extremadamente difícil rol de liderarla, organizarla y proselitizarla, está lacerada. Entre otras razones, está marcada por la pátina inmisericorde del paso del tiempo durante el cual hemos seguido utilizando los mismos códigos discursivos, el mismo lenguaje, las mismas plataformas, algunas decimonónicas. Incluso parecería que ha perdido vigencia, como una melodía cansada que se escucha con el corazón, o como una pintura desgastada a la intemperie en un zaguán sin salida. Sí, nos motiva y nos reafirma, pero al mismo tiempo, ha dejado de ofrecernos respuestas.

Lo anterior puede decirse en números. Cada vez somos menos. Me refiero a los independentistas. Los que lo nieguen, viven en Transfalmadore, un planeta fuera de esta galaxia creado por el escritor del epígrafe, en el que existían cuatro dimensiones, todas falsas. Los que sobrevivimos al vuelo del fantasma, por más que intentemos negarlo, nos vamos quedando a la sombra de la historia reciente que nos acucia y nos pasa por el lado con alarmante rapidez, dejándonos al margen.

Eso es lo que plantea gente diversa, con la mejor intención (por qué dudarlo) y alguna razón. No todos arrastran historias personales de lucha. Iconoclastas irredentos otros, apenas acaban de comprar el boleto a un debate que antes se escribió con sangre, valor y sacrificio, algo que parecen no reconocer y tampoco (tal vez leí mal, no sé) respetar. Si bien todo planteamiento crítico debe ser bienvenido –sobre todo en un momento como este– algunas de las afirmaciones que lo provocan están plagadas de un atroz sincretismo simplista. ¿Acaso no ocurre que no importa lo que hagas, sencillamente el otro puede ser más poderoso? 

Hemos enfrentado como país la ocupación militar desde finales del siglo XIX. Ya estamos en la culminación de la primera cuarta parte del siglo XXI. Nuestros compatriotas han sobrevivido todas las variaciones de las imposiciones de la metrópoli y las han resistido desde la óptica del que persigue sobrevivir. Somos la única colonia en el mundo en que esa sobrevivencia cotidiana ha estado siempre condicionada por el aspecto material y matizada por un discurso que refuerza la dependencia sin que hayamos tenido los medios para combatirlo. Nos conquistaron. Crearon una economía de enclave que saca más de lo que invierte. Finalmente, hoy, después de Promesa y de María, se nos humilla con una metadependencia absoluta, totalizante, metaforizada en un rollo de papel toalla lanzado por el presidente psicópata de la metrópolis a una muchedumbre imbecilizada en presencia del Gobernador de la colonia. FEMA y la Junta de Supervisión Fiscal estarán aquí pautando la economía y repartiendo dinero por al menos diez años más.

Cierto. Hay que inventar un proselitismo que prescinda de repetir el discurso cansado con el que nos intoxicamos, respirando el mismo aire narrativo en cuartos cerrados. Pero resulta injusto catalogar de “fracasos” o “derrotas” las estrategias utilizadas con inmensa valentía y conciencia del momento histórico, mucho menos cuando se proclaman desde cómodas atalayas. Los proponentes de nuevo cuño en la mayoría de los casos nunca antes han asumido riesgo alguno. Los que antes pusieron las joyas de la corona en el torno, la mayoría sin aspiraciones de protagonismo, tienen –tenemos todos– la obligación de llenar el espacio vacío de la incertidumbre. Pero nunca podemos perder de vista que Puerto Rico es único y complejo en extremos que no tienen comparables en el mundo. Asumir nuestra responsabilidad no puede deslegitimar la historia responsabilizándonos de la hiperrealidad de dominación que ha avasallado a nuestra gente desde el primer día, desde la cotidianidad de todos los días, desde todos los flancos, desde todas las vertientes y dimensiones, donde lo que es real no es visible, y lo visible no es real. 

La tenemos bien difícil. Es como salir del planeta Transfarmadore, en el que la realidad simplemente no existe. Duele aceptarlo, pero como al personaje de Vonnegut, nos han despojado de casi todo, al punto de que ni siquiera sabemos hoy cuánto del presente es realmente nuestro. El discreto encanto de la novedad no nos garantiza nada. 

 

Comentarios a: rei_perez_ramirez@yahoo.com  

 

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